domingo, 18 de agosto de 2013

Él y su profundo paroxismo

Cuando Jean-Françoise abrió los ojos se vio devorado por una oscuridad fría y espesa, y enseguida lo envolvió un olor rancio, a orina y heno mojado. Sólo se escuchaba su fatigada respiración. Inhalar. Exhalar. Inhalar. Exhalar. Sentía magullado todo el cuerpo, estaba incómodo, como si no encajase. Una ficha de puzzle perdida o quizás olvidada. Sus ojos, una vez se acostumbraron a la penumbra, le descubrieron dentro de una jaula, en alguna habitación. La realidad no tardó en ahogar a Jean-Françoise cuando fue consciente de ella. Estaba encerrado en la jaula de Sauvage, el tigre de Bengala con el que trabajaba. Al ruido silbante de su respiración se le unió ahora el furioso latir del corazón del domador. Jean-Françoise tenía miedo.

Estaba empezando a hiperventilar- notando su mandíbula desmesuradamente pesada- cuando alguien introdujo una llave en la cerradura de la puerta. Era hora de pedir ayuda; las explicaciones ya vendrían después. Cogió aire y se preparó para un poderoso grito de socorro, llenando sus pulmones con aquel olor sucio y pútrido, pero de sus fauces únicamente escapó un temible rugido. Su corazón sonó aún más fuerte. Estaba inútilmente asustado, girando sobre sí mismo, sin entender nada.

Al fin la puerta se abrió con un chirrido, y dejó entrar todos los sonidos del Cirque des sens. En ausencia del alboroto regular de público y animales podía oírse claramente la canción de Madame Butterfly, así que sin duda era el turno de Monique y sus dagas. Se escuchaba bien porque todo el mundo estaba en absoluto silencio. Incluso lentre las fieras reinaba una absoluta tensión. El joven calculó que debían ser aproximadamente las 8 de la tarde, el pase de Monique era de los últimos en empezar. Por unos instantes su mente se alejó de aquella jaula y se puso nervioso, pensando que era el siguiente.

Alguien encendió la luz, devolviéndolo a aquella inexplicable y novedosa existencia encarcelada. Durante unos segundos Jean-Françoise quedose cegado por el fogonazo. Se removió en la jaula, aterrado, dio una vuelta. Otra más. Cada movimiento le resultaba nuevo, desconocido. Y al fin se vio a si mismo. Apoyado en el margen de la puerta, medio cuerpo aún en las sombras. Jean-Françoise, el que se encontraba dentro y no fuera de la jaula, se estremeció. Jamás pensó que fuera a verse así, él mismo a través de los ojos de otro. Dio un paso atrás, encontrando los fríos y ásperos barrotes de su prisión. Hubiese palidecido de no ser porque, al mirar tras de sí, no encontró piel alguna que empalidecer, sino únicamente un brillante manto rojizo bañado por unas solemnes rayas negras. Agitó la cola. Era Sauvage.

Miró de nuevo a su carcelero. Llevaba su ancha blusa blanca, bien metida por sus pantalones negros y cubierta por su chaleco rojo de botones dorados. La fusta, esa que él tantas veces había utilizado, estaba ahí. Jean-Françoise, el humano, el tangiblemente humano, se acercó a la jaula. Sus manos se aferraron a los barrotes y sus dedos los apretaron con tanta fuerza que los nudillos perdieron el color. Por su frente rodó una gota de sudor perlada, probablemente fruto de la excitación. Jean-Françoise, el tigre, miró a los ojos del domador, y descubrió en su denso iris amarillo aquella mirada obscena y violenta que él ponía tan a menudo.


- Tienes miedo ¿Eh, gatito? Parece que fue ayer cuando era yo el que estaba ahí dentro... ¡Vaya, pero si fue ayer! ¿No lo recuerdas, gatito? Claro que no... -El domador hizo una pequeña pausa dramática, saboreando su recién adquirido lenguaje, y Sauvage profirió un profundo lamento, tan asustado y aterrido se encontraba-.


- ¿Qué dices, gatito? ¡Oh, claro! ¡Cómo ibas a acordarte! Tú, con tu ginebra en la mano, bebiendo como un cerdo, torturándome en este agujero, acariciando con tu fusta los barrotes de aquello que antes era mi casa, creyéndote valiente ahí fuera -Y mientras lo decía sacó la fusta, repitiendo un movimiento mil veces antes realizado y perdiendo el control, cada vez más rabioso pero cada vez más libre. Gritando y danzando sin parar alrededor de la jaula, frenético, victorioso. Todas sus pasiones locamente desatadas.


Jean-Françoise -Sauvage- se removió nervioso, a cada segundo más animal y menos persona. Aunque quizás, en el fondo, había sido así siempre. El domador retomó su monólogo, más calmado. Madame Butterfly dejó de sonar. Llegaron los aplausos. La función de Monique había terminado.


- Pero eso se acabó, gatito. ¡Oh! Que bien suena decirlo después de haberlo estado escuchando durante tantos años... Gatito, gatito... Han cesado los aplausos -e hizo una reverencia en el aire, quitándose un sombrero que no llevaba- ya es nuestro turno, Jean-Françoise, ¡Qué dé comienzo el espectáculo!


El que una vez fue humano oyó su nombre y apenas lo reconoció. Su única respuesta fue un lamento gutural que emergió del fondo de su alma y le arañó la garganta. Sauvage, el tigre, estaba furioso. Jean-Françoise sonrió, fue una sonrisa aviesa, sonrisa de aquel que ha conseguido lo que ansiaba. El tigre soñó con ser humano y el humano olvidó lo que significaba serlo. El público recibió a la pareja con un sonoro aplauso y una lluvia de vivas.


Jean-Françoise entró en su nuevo camerino usando sus nuevas piernas después de la función. Sauvage se había quedado gruñendo en su jaula, a todas luces lejos ya de cualquier atisbo de humanidad. La sala olía a dulce, una dulzura muy suave, apenas perceptible. Probablemente fuera lavanda, pero eso Jean-Françoise era incapaz de saberlo. Se dejó caer en la silla de piel negra, ya ajada, y pasó las manos por sus costuras añejas. Tacto. Era algo que desconocía hasta entonces. Se quitó las botas negras, sudadas, y movió los dedos de los pies como nunca antes lo había hecho. Todo el camerino estaba bañado por la luz azulada proviniente del tocador. Era un sitio pequeño, con lo justo: una letrina, una escudilla llena de agua, una percha donde colgar las ropas después del número, una mesa recogidita, la silla en la cual se sentaba, un espejo... Se giró para contemplarse en él, mientras acariciaba su recién adquirido rostro. Su anhelado rostro humano. Tacto.

- Por fin lo has logrado Sauvage, por fin has escapado de tu jaula. Tanto tiempo deseándolo y ahora, ¡mírate! Qué caprichosa es la fortuna, que tan pronto da como quita... ¿Qué vas a hacer ahora? Tu vida te fue robada, estaría bien que salieses al mundo a recuperarla, sin embargo alguien debe cuidar de él. Podría matarlo, podría haberlo matado hoy, pero que fin más rápido, más benévolo, para aquel que lleva años vejándome... No, tengo que aprender, tengo mucho que aprender, tengo que... -Y el hilo sonoro de sus pensamientos fue interrumpido por una aguda voz.

- ¿Jean-Françoise? Jean-Françoise, ¿estás ahí? -una cabeza rubia, delicada, de nariz respingona y ojos enormes y azulados se asomó por el quicio de la puerta. Tenía los ojos llenos de pena-. Por fin te encuentro, Monique me dijo que habías estado perdido toda la tarde.

- Hola Michelle -era su esposa, la del Jean-Françoise que dormitaba en la jaula, lo sabía por las fotos colgadas en el espejo y por las incontables visitas a lo largo de los años

- ¿Qué quieres?

- Es más bien qué no quiero Jean -y su voz se perdió en un murmullo-. No quiero que vengas a casa hoy, ni mañana. No quiero que vengas más.

Cuando Michelle pronunció esas palabras algo se rompió dentro del domador. Algo que era suyo, pero que seguía siendo un poco del animal que ahora dormía en su jaula. Un bramido se abrió paso a través de la noche, desde la zona de las fieras. Si alguien lo hubiese descrito, habría dicho que sonó a algo parecido a un tango suicida.

- ¿Qué?

- Ya es suficiente Jean, llevamos meses así. No es que no pueda más, es que ya no quiero más. Puedes pasar a recoger tus cosas cuando quieras. Aproveché estos días que te quedaste en el circo para embalarlas, ya está todo demasiado hablado; hasta entonces -y tan rápido como había aparecido se fue, con sus ojos de pena, difuminándose entre la noche, siendo al final sólo el eco de su voz en el camerino-.


Jean-Françoise se sentó de nuevo. Se había levantado en su aturdimiento. No sabía que era aquello que sentía, como un dolor muy fuerte en el pecho, una mano gélida que le apretaba el corazón y forcejeaba para sacárselo por la garganta. La palabra que estaba buscando era desamor. La hubiera usado si la hubiera conocido. Giró la banqueta y se miró de nuevo en el espejo. ¿Dónde iría ahora? El circo no le daba para vivir más allá de dos comidas calientes al día...No conocía nada; volvía a estar atrapado, una nueva jaula azulada con olor a lavanda.


3 comentarios:

  1. La primera vez que entré a leer por aquí leí un discurso de narración precioso. Y ahora esto. Definitivamente me estaba perdiendo mucho.
    Escribes genial, y siempre me quedo con ganas de más. Y además acabo de ver las (muy buenas) recomendaciones de la semana. Aunque Las ventajas de ser un marginado me gustó más el libro (sueno muy pedante diciendo eso? jajaja).
    Lo dicho, hasta pronto (espero) :)

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  2. Muchísimas gracias -y perdona por la tardanza en contestar- realmente es un placer saber que por lo menos hay una persona que disfruta leyendo lo que tú disfrutas escribiendo, de verdad que sólo por eso ya merece la pena :)
    Voy a ver si le sigo metiendo caña a esto :D
    (No, nada pedante, jajaja, de hecho probablemente pensaría lo mismo si me lo hubiera leído -está en pendientes, lo juro!!-)

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