miércoles, 28 de mayo de 2014

Los domingos que pasé bajo la lluvia ( I )

Aún hoy soy capaz de recordar, con paranoico detalle, aquellas doscientas treinta y una noches. Fueron 33 domingos; amargos, delirantes y enajenados domingos. Lo recuerdo hoy, desde la seguridad de mi techo y mis paredes, sobre el cálido muelle de mis zapatos y bajo el abrazo denegrido de una taza de café. Lo recuerdo hoy, con el cuerdo convencimiento del que sabe que va a morir.

Mas cómo podría llamarlo recordar si no es un recuerdo, es una tortura. No es algo que evoque gustosa ni algo que anhele rememorar. Ha aparecido hoy, igual que viene apareciéndose desde el principio. No es un recuerdo, es la agonía de no poder ampararse en el olvido. Yo era joven, era tonta.

Para mí la vida fue más una trampa que una oportunidad. O igual yo fui mi propia trampa. Hoy el cielo está igual que aquella primera noche de muchas. Por eso sé que hoy se acaba todo, que hoy me acabo.

Cuando Dylan me dijo que lo hiciera, que no iba a pasarme nada, que todos lo habían hecho ya alguna vez, le hice caso. Estábamos en el bajo de casa de Ruby; sus padres se habían ido de viaje a ver a la familia y ella, alegando una semana llena de exámenes, se había quedado en casa. La oí reírse justo en ese momento, por encima del ruido de los truenos.

—Y me dijo "llámame si hay algún problema, y cuídate mucho y pórtate bien, te quiero". ¡La muy idiota! —Y siguió riendo, y como todos rieron con ella yo me giré y me uní a sus carcajadas.

Lo cierto es que yo también odiaba a mi madre. Todos allí odiábamos nuestras familias. Por suerte nos habíamos encontrado; éramos siete. No éramos muchos, pero no todo el mundo estaba de acuerdo con las cosas que hacíamos. Ni todo el mundo estaba de acuerdo con las cosas que teníamos que hacer para ser uno de los nuestros. Yo tuve que chupársela a Danny mientras Greg lo grababa y lo compartía por internet. Fui el cotilleo general durante semanas. Pero Vivian o Spencer tampoco lo tuvieron fácil; ellos fueron los únicos que entraron detrás de mí.

Vivian era la más pequeña, de cuerpo diminuto, pelo negro y lacio y unas ojeras tan profundas como su amor por Danny. Danny era el jefe del grupo, el que repartía, él decidía qué se hacía o se dejaba de hacer y normalmente conseguía el mejor material o las entradas para los pubs porque era el único mayor de edad. Luego estaba Dylan, pelirrojo, guapísimo, el segundo después de Danny, el más carismático. Salíamos juntos desde hacía unos meses, aunque a veces también se tiraba a Ruby, pese a que ella era lesbiana. Lo sé porque una noche en la que iban todos pasadísimos menos yo, que solo fumaba maría, se acercó a mí y empezó a besarme y a sobarme; y porque la noche en la que Vivian se unió al grupo tuvo que hacer con ella lo mismo que yo había hecho con Danny, y vi en sus ojos verdes, entre su larga melena rubia, la sombra de la excitación; crispó los puños sobre el pelo de Vivian mientras ahogaba un gemido. Spencer, que era bastante tímido y vivía con su padre desde los ocho años, cuando su madre se había suicidado, apenas hablaba. Al parecer su madre había dejado una nota en el comedor, pero cuando Spencer la encontró, con la cabeza sobre la mesa y la pared de detrás salpicada en viscerales fuegos artificiales, la nota se había ahogado en una roja y pestilente masa sangrienta. Greg me daba miedo; había estado en el correccional por pegar a su novia, Rebeca, una paliza. Íbamos juntas a clase en el colegio, Rebeca y yo. Yo soy Ophelia; o era Ophelia, ya no lo sé. Mi padre me puso el nombre por una canción de Zella Day que le gustaba. También yo le gustaba a mi padre. Le gustaba tanto que por las noches venía a mi cama y me tocaba; desde que tenía 7 años. Por eso odio mi nombre, lo odio tanto que todos me llamaban Holden, por el protagonista de El guardián entre el centeno, que es mi libro favorito. Ahora mi padre está muerto; lo mató mi madre, cuando al fin se cansó de todas las palizas y las humillaciones. Actualmente es alcohólica. Creo que aquella noche no sabía dónde estaba. Al día siguiente era mi cumpleaños.
— Venga Hold, tienes que probarlo; todos lo hemos probado. Mañana cumples diecisiete. No puedes tener diecisiete años y no haberte metido ningún pico.

Ese era Dylan. Todos se apresuraron a secundarlo en cuanto abrió la boca. Rompieron en ovaciones y aplausos cuando dije que sí. Rebeca me miró con ojos profundos de pantano y tuve que estremecerme. Nunca me había drogado. Nada más allá de la inocente maría. No sabía si iba a gustarme estar fuera de mi propio control. Pero aquella noche a mí también me apetecía olvidar.
Me remangué la camisa de cuadros y cerré el puño, bombeando suficiente sangre como para hacer visible una torrencial y purpúrea vena. Dylan me miró a los ojos.

— ¿Preparada?

Apreté los labios y asentí. La aguja era fría, podía notar su sabor metálico en la boca, pero de repente todo desapareció, la corporeidad dejó de tener sentido, la gravedad parecía de súbito ilógica. Notaba corrientes eléctricas de éxtasis por mis venas, un enorme río de océanos de vida; todo el amor que no había sentido jamás. Debieron estar metiéndose ellos también, porque cuando me di cuenta habíamos abandonado el chutódromo del bajo de Ruby y corríamos gritando hacia la calle, por la carretera, las botellas de ginebra empuñadas como símbolos alegóricos de la batalla que pensábamos ganar aquella noche. Ahogados en las promesas ebrias del crepúsculo.

— Llueve. Está empezando a llover.
— Es verdad, está lloviendo.
— ¡Está lloviendo, está lloviendo! —Todos a coro, riendo, levantando las barbillas al cielo dando vueltas, abriendo los labios a la lluvia.
— ¿Dónde coño vamos a ir ahora? —Rebeca reía más alto que nadie, más alto que nunca. Incluso Vivian reía.
— Tengo una idea. —Las ideas de Danny eran más bien edictos, pero a todos nos pareció fabuloso dejarnos llevar entonces.

Aquel fue mi primer domingo de infierno.   


martes, 20 de mayo de 2014

La noche más larga

El tren iba deprisa; dejaba rápidamente atrás casas, árboles, parques, recuerdos, soles, tardes, noches… En el hilo musical se oía, de manera casi imperceptible, Belle & Sebastian. Él llevaba en la mano su billete, de ida. Lo movía y lo giraba sin parar, nervioso; las lágrimas aflorando a sus ojos. Cuando le comenzaba a temblar el labio lo atrapaba con sus dientes, entre reproches, como un niño al que acaban de pillar con las manos en la masa. De un súbito parpadeo dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Eran lágrimas de mar, calmadas pero que vaticinaban pronta tormenta. Las enjugó con el dorso de la mano libre, mientras en la otra el maltrecho billete perdía su paralelismo y se iba convirtiendo, poco a poco, en un fútil papel arrugado. Para cuando llegó el revisor, la angustia había dejado paso al desasosiego, y no comprendió el porqué del indecible billete. El hombre, con su oscuro y sobrio traje de revisor, se quedó mirándolo: sus ojeras, que acentuaban sus ojos marrones, los cuales yo juraría haber visto verdes en alguna ocasión, el pelo negro y desordenado, la camiseta de The Velvet Underground, arrugada como resultado de pasar días en el fondo del armario. No hablaba; se le había roto la voz. Al no saber eso, el revisor lo halló especialmente antipático. Él siguió su camino, tren arriba, como cada día; y dejó al joven de los ojos tristes solo. Otra vez. Apoyó la mano en la ventana. El cristal estaba insultantemente frío. Recordaba que al dejar el andén caía sobre los hombros un sol ardiente. Ella no había aparecido, aunque tampoco lo había esperado. La semana anterior no los separaba nada. Ahora lo hacían un par de pueblos. Dentro de unos días sería un océano entero y los infinitos segundos entre aquel momento y su último adiós. Es curioso, pensó, cómo un instante puede resultarnos tan real y tan cercano y que sin embargo no vaya a repetirse jamás. Es curiosa la consciencia que tenemos de desplazarnos en el espacio y sin embargo el humillante desprecio que sentimos al pasar impasibles por el tiempo. Hace apenas una hora estaba en Valencia, en la estación. Lo recuerdo; ha pasado. Pero se ha acabado. Existía pero ya no volverá a existir. E, igual que este, todos los instantes que quedan por llegar los dejaré atrás. El tiempo se marchita. Estamos abocados, de forma insalvable, a la nada; a ser el eco de recuerdos en el tiempo y desaparecer después, cuando hayamos caducado. Un momento pasa y se pierde para siempre, y yo no puedo hacer nada; se recriminó en silencio; no pude hacer nada. Pero ya no hablaba del tiempo, sino de ella, la que había sido el amor de su vida y no volvería a serlo más.Conforme fue cayendo la noche fueron cayendo los abanicos de sus pestañas y a Jorge le arrastró lejos de la corriente de sus pensamientos un sueño infinito.

Años más tarde, cuando el pasado había caído en el olvido sin oportunidad de ser rescatado, Jorge abrió la ventana de su entonces nueva y más tarde vieja casa a las afueras de Yorkshire. Lo saludó una fría mañana bañada de colores y el exultante aroma que tenía la Nada. Besó a Hellen, su mujer. La había conocido tiempo atrás, poco después de su llegada a Reino Unido, en el hostal en el que él se alojó y donde ella trabajaba. Ahora Jorge era Community Manager y, como ganaban suficiente dinero, Hellen por fin se había decidido a montar un restaurante. También besó a los niños, que seguían profundamente dormidos. Apenas acababa de amanecer, pero el trabajo estaba lejos y Jorge prefería coger el tren. Le encantaban los trenes. A su primera novia la había conocido en la estación, cuando él volvía de un viaje cargado de maletas y ella, que era activista de cruz roja, no tuvo ningún miramiento en pararle en mitad del andén, incluso aunque estuviese cargado y mantuviera el equilibrio con gran dificultad. También se despidieron allí por última vez, aunque ya nunca pensaba en eso. Era temprano cuando llegó a la estación, lejos del centro y lejos de su casa y lejos de cualquier sitio que pudiese ser catalogado como “sitio”. Pese a estar en mitad de la nada, Jorge la prefería. El silencio no existe. Es un invento, un refugio metalingüístico para los que temen a la nada. Porque el silencio no es más que eso, Nada. Y la Nada, aunque suela negarse, es algo. Y a Jorge le gustaba ese ruido al que todos llamaban silencio. Llegó el tren, levantando ventoleras y haciendo alborotar a las palomas; consiguiendo que los hombres que esperaban apretasen su maletín con fuerza y diesen un paso atrás, sin pararse por un segundo a contemplar la belleza de aquel momento de la madrugada. Casi todos tenían un móvil en la mano. Jorge pensó que se estaban perdiendo muchas cosas, que probablemente pensasen peor, o como mínimo que pensasen menos. Se sentó y cerró los ojos, y mecido por el tren llegó al centro de la ciudad. Hubo alguien sentado en los bancos de enfrente de la estación que, de repente, le llamó la atención. No fue alguien, fue su vestido rojo, sus zapatos rojos y su bolso rojo. Fue ella.
—Hola.
Lo dijo con la misma boca de fresa que besó la última vez en un recuerdo que había olvidado.

El silencio existía, y era atronador.