domingo, 8 de junio de 2014

Los domingos que pasé bajo la lluvia ( II )

Las caricias furiosas de las ramas en la ventana me han sacado de mi ensoñación. La noche está frenética; a lo lejos veo relámpagos que la violan indiscriminadamente, y un instante después el tambor de su rugido llega a mis oídos.
Sigo aquí, con las manos sobre mi escritorio; papel y pluma y tinta negra. Mi gato, Gato, gime enfadado desde debajo de la cama; al contrario que a mí, a él nunca le han gustado las tormentas. Odia el cielo que se estremece y se rompe en pedazos oscuros y se precipita hacia la tierra. Odia la efervescente llamarada de la nada explosionando en millones de ruidos diferentes. ¿Puede la nada ser otra cosa, aparte de nada? Me llevo la taza de café a los labios, más azúcar que líquido en realidad, como la pobre Alicia que no consigue beber té, y sigo recordando; porque estoy olvidando y en el olvido de la vida recordar es forzoso e inevitable.


Nos subimos al pick up de Danny, sin pensarlo, porque no era momento de pararse a darle vueltas a nada; en ese momento había algo mucho más grande que el universo dándonos vueltas a nosotros. Seguía lloviendo con fuerza. La lluvia besaba la luna del cielo y la luna del coche y en la parte de atrás nos agitábamos frenéticos y bailábamos al ritmo de una música que solo nosotros podíamos oír.


— ¡Somos tan afortunados! — Gritó Ruby desenfrenada—. ¡Jodeos, pueblo de mierda! ¡Nosotros somos libres!
— Somos esclavos de nosotros mismos — murmuró Vivian, que habría de ir recuperando su natural estado de melancolía poco a poco, durante aquella eterna noche.


Nos estábamos empapando, se nos había mojado la vida misma, parecíamos gatos mojados. Caras de plátano maduro olvidado, ojeras negras como moras. Danny y Dylan iban delante, en la cabina. También Ruby, que se había resguardado de la ventolera,  después de mirarnos mientras la lluvia jugaba a fundirnos poco a poco las cortas camisetas en el pecho; llevaba el pelo rubio caóticamente peinado en un nido de huracanes. Iba a entrar, pero ella y Dylan habían empezado a meterse mano y preferí seguir fuera, en el viento. Estaba demasiado colocada como para que me importase; sin embargo debí poner aún más cara de gato mojado, porque Greg me vio y soltó un gruñido de satisfacción que bien podría haber sido una carcajada.

Danny conducía guiado por algún punto fijo e intangible en el frontal de su mente. Era, de normal, un conductor violento, pero cuando se metía, aquella violencia se multiplicaba por mil. Por un millón. La aguja del cuentakilómetros temblaba alrededor del 150, presa del miedo que deberíamos estar sintiendo los demás, inconscientes, inconsecuentes.

Spencer estaba justo detrás de Vivian, rodeándola con los brazos, apoyado en los bordes granates del coche, aullando a una luna llena que era imposible distinguir entre las vibrantes gotas. Parecían un lobo enajenado y un pequeño pajarillo acurrucado entre sus brazos; se bebían con mirada vidriosa las luces tintineantes de las farolas que estaban cada vez más lejos. Brillaban como velas perdidas en la noche que intentaban en vanos esfuerzos expandirse hasta el máximo para conseguir ser reencontradas, pero que una y otra vez eran entorpecidas por el cielo. Entre la lluvia veíamos como se iban haciendo cada vez más pequeñas, aunque igual de difuminadas y brillantes. Era la única conciencia real que teníamos de la distancia. Habíamos perdido los sentidos, estábamos solos en nuestras propias islas, pero juntos en nuestros inalcanzables universos.


— ¿No te molesta?
— ¿Cómo?
— Lo de Dylan y Ruby.
— ¿Y a ti no te molesta Spencer?
— ¿Por qué iba a molestarme?
— Pues porque estás loquita por Danny; tampoco es un secreto que intentes guardar demasiado bien.
— Bueno, pero eso no importa.


La voz de Vivian era débil, como un arroyo que muere; propia de alguien que no tiene muchas cosas que decir, o que no disfruta en absoluto compartiendo su mente con los demás. Todavía hoy la escucho en mi cabeza, y la boca se me llena de sabor a aceitunas. La droga la hacía más accesible.


— ¿No te importa en absoluto?
— No. Yo sé que Danny no me quiere. Solo se acostó conmigo. Volvería a hacerlo, pero eso es todo. Somos muñecos para él. Todos. Y Spencer me trata con cuidado, creo que hasta con cariño. Nadie había hecho eso por mí antes.


Recuerdo cuándo conocimos a Vivian. Ruby la encontró; literalmente. Estábamos en el centro comercial, un día, uno cualquiera, uno de muchos. A veces íbamos allí porque cualquier sitio era bueno para dejarnos consumir, y de vez en cuando cambiábamos el sitio en el que abandonar nuestros segundos.
Estaba pasando la vida cuando Ruby me pidió que la acompañase a una tienda, para el ritual. Ruby era la única anoréxica que yo haya conocido que disfrutaba mirándose desnuda en el espejo. Siempre que comíamos algo y podía, buscaba un espejo y se desnudaba frente a él, palpándose el vientre, plano, cóncavo incluso, con los dedos, maravillada por los no gramos de la no comida que había tomado aquel día.
Íbamos a entrar en uno de los vestuarios cuando escuchó un gemido del que estaba inmediatamente al lado. Vivian estaba allí. Ya desde el primer momento parecía un pájaro con las alas rotas. Estaba colocada. Colocadísima. Entre Ruby y yo la sacamos fuera y, sentada en uno de los bancos, esperó a que hiciese efecto no sé qué mierda que Danny le había dado.


— Dylan no me trata con cariño. Supongo que por eso no me importa. Aún así le quiero. Sé que él a mí también. Es que no sabe hacerlo mejor. Y con todo, es el mejor cariño que me han dado.
— Deberías hablar con él.


Una nube sombría y verde oscura cruzó mi vista, desde dentro de mi cabeza, y me lleno el cuerpo de un veneno también verde oscuro.


— Deberías meterte en tus asuntos.


Vivian sencillamente se encogió de hombros, con naturalidad, dando a entender que no había sido un consejo fruto de la preocupación. A ella le daba igual cómo me sintiese. Probablemente les daba igual a todos. Cuando me di cuenta me sentí más sola y más pequeña que nunca, en mi diminuta isla del minúsculo universo que yo habitaba. El coche aceleró de repente. Caímos unos encima de otros en una orgía de cuerpos y reímos, y me abandonó aquel espectro de melancolía momentáneo.


— ¿Estáis todos bien?


Era la voz de Danny desde la cabina, acompañada de las ebrias risas de Dylan y Ruby, y de unos cuantos suspiros.


En la lluvia volvimos a reír, y desde dentro se escuchó otra carcajada de respuesta. Teníamos momentos como aquellos, risas enfermizas, histéricas, eufóricas, vivas pero a la vez dolorosamente muertas. Vivian fue la primera en ponerse en pie; vimos el pañuelo azul que llevaba al cuello desatarse y salir volando, perdido para siempre en la profunda complejidad oscura de aquel momento.


Un frenazo en seco. Danny se apeó del coche y encendió las largas.


— Bueno, damas y caballeros, ¡contemplen la maravilla! ¡Ya hemos llegado! ¡Bienvenidos a El Refugio! ¡El secreto mejor guardado hasta el momento y del que esta noche os invito a disfrutar!


Danny se ponía como muy director de circo cuando se excitaba de verdad; cuando una situación le excitaba y la droga le excitaba. Se producía el milagro, su voz se volvía pegajosa y sus ojos se fundían como miel que se derrite. Era de verdad algo escalofriante. Me helaba la sangre.


Ante nosotros se encontraba una finca cadavérica; un edificio que parecía un cuerpo descompuesto.

Entramos dentro, hipnotizados, paranoicos.