Escribir es un gesto de resistencia; te agarras al bolígrafo para agarrarte a la vida. Escribir es la ley que permite la transgresión.
sábado, 9 de marzo de 2013
La peonza de Lidia.
Sabíamos que algún día la peonza se pararía; no podía girar eternamente. Vivíamos con ese miedo acechando siempre, en las sombras. Se escondía entre los libros de las estanterías, detrás del espejo cuando nos cepillábamos los dientes, bajo nuestra cama mientras dormíamos. Aquel día amaneció nublado, con ruidos de tormenta que parecían gritados por las montañas y una fina lluvia que pronto impidió que se viera nada más allá de las siluetas recortadas de los edificios del bloque 33.
lunes, 14 de enero de 2013
Madera, río y limón.
El
aire olía a algas y a sal. El leve viento, que soplaba del norte,
traía consigo el recuerdo breve de verdes árboles y musgo fresco.
Sentada en un tronco viejo y carcomido veía el mar romper contra las
rocas. Entre ellas se veían, por aquí y por allá, pequeños
cangrejos que comían el limo resbaladizo y húmedo de las piedras.
Gotas saladas se estrellaban en mis piernas y en mis pies; entonces
me estremecía.
Centré
toda mi energía en conseguir llorar. Quería llorar. Tenía que
llorar, porque las lágrimas, agolpadas en mis ojos, me ardían.
Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza. Cerré los ojos y recordé
su cara, que había visto por última vez hacía menos de dos horas.
Recordé que tenía algo en la comisura izquierda de su boca, recordé
que el sol hacía que sus ojos fueran verdes y que su pelo, rizado y
negro, estaba alborotado, y que llevaba barba de tres días y que me
pareció que era perfecto. Oí su voz, dulce, segura y culpable,
intentando no hacerme daño. Quizá porque tenía muchas cosas que
decir siempre hablaba atropelladamente, chafando unas sílabas con
otras, y eso, que era algo que odiaba, en él me parecía precioso.
Me
pasé la lengua por los labios, resecos a causa del mar, y el viento,
que había cambiado de dirección, trajo consigo el olor de Arnau. Un
olor intenso, sublime, que olía a madera y a río y a limón. Abrí
los ojos y al fin las lágrimas bañaron mis mejillas y, en lo que
intenté que fuera un sollozo, se me escapó una carcajada. Me sentía
ridícula, y casi podía notar como la gente que pasaba por el paseo
empedrado sabía que me sentía así. Volví atrás e intenté hacer
una sucesión de los hechos.
Primero
me dijo que era guapísima, y entonces supe que pasaba algo, y me
dijo que teníamos que hablar. Que miedo me dio aquel tenemos que
hablar. Al día siguiente lo esperé en el portal durante once
minutos, vestida para ir a correr, dando a entender que no pretendía
desperdiciar ni un solo segundo.
Sé
que cuando me vio supo que lo sabía. Bajó de la moto y besé su
mejilla, con una sonrisa en la cara que llevaba horas practicando
frente al espejo. No sé bien qué dijimos. Sólo sé que el discurso
que me había preparado murió en mis labios en cuanto los abrí, y
que no dijimos nada de lo que queríamos decirnos. Sé que, cuando me
pidió que le abrazase y olí su cuerpo, era consciente de que lo
hacía por última vez, y sé que todo el rato estuve conteniéndome
las lágrimas.
-Lo
siento -me dijo, realmente apenado.
Me
hubiera gustado decirle que más lo sentía yo. Lo único que quería
en ese momento era besarlo, pero no lo hice. No hice nada. A los diez
minutos me alejaba corriendo del lugar. No volví la cabeza ni
una sola vez. Corría más rápido de lo habitual, con una fuerza
imprimida por la rabia y el dolor. Corría tan rápido que la gente
se paraba a mirar. El corazón hacía que la sangre me palpitara en
las sienes, y dos lágrimas rodaron camino abajo por mis mejillas.
Las limpié con el dorso de la mano. No era el momento de llorar. Aún
no. Dos borrosas lagunas adornaron mi cara.
Así
corrí hasta el pueblo de al lado, y no paré hasta llegar al muelle.
Llevaba la música puesta, pero el bramido del mar era más fuerte y
sólo alcancé a escuchar la voz de la cantante pidiéndole a su
amado que no se fuera antes de dejar los cascos sobre la arena.
Diez
minutos largos me quedé allí sentada, hasta que, a la par que una
pareja joven que se acercaba caminando, decidí volver a ponerme en
marcha. Pero ya había desaparecido la rabia, y así fue como había
llegado al tronco viejo y carcomido, donde finalmente me deshice en
lágrimas.
Las
lágrimas eran saladas como el mar.
Al
final emprendí el camino de vuelta, andando poco a poco, mientras
mil imágenes me venían a la cabeza. Arnau y yo besándonos por
primera vez en aquel camping lejano. Arnau y yo patinando sobre
hielo. Arnau y yo yendo de concierto. Arnau viniendo a recogerme por
sorpresa un domingo por la mañana. Arnau y yo, Arnau y yo, Arnau y
yo...
Llegué
a mi casa acalorada y entre sudores, buscando excusas que
justificaran mi retraso. No hicieron falta. Me escabullí hacia la
ducha, haciendo una bola con la ropa y metiéndola en la bolsa de
deporte rápidamente, antes de que mi abuela tuviera tiempo para
decirme que la recogiera.
El
agua ardiendo me dio de lleno en los hombros y en la cabeza. Levanté
la cara hacia la alcachofa de la ducha, al tiempo que giraba el grifo
para que saliera más templada. Dejé que el agua bajara por mis
hombros y descendiese por mi espalda, recorriendo todo mi cuerpo. Me
froté los ojos e intenté que el líquido, ahora frío como el
hielo, me despejara la mente.
Salí
de la ducha sin haberme enjabonado si quiera. Me enrollé una toalla
y dejé que el agua del pelo se deslizase por mis hombros, hasta el
suelo, y las huellas de mis pies crearon algo parecido a la estela de
un barco en el mar.
Me
arrodillé en la cama y, en un arrebato infantil, comencé a hacer
pompas de jabón por la ventana. Las pompas subían y bajaban
empujadas por el viento en el patio interior del edificio. Las
esferas reflectaban la luz del sol y, maravillada, miré fijamente
como se alejaban hacia él. El cielo poblado de pompas me pareció
precioso.
La
imagen reflejada en la ventana de enfrente atrajo mi atención. Era
pelirroja. Tenía los ojos casi marrones, casi verdes. Su piel era
blanca, sin pecas. El pelo corto solía ser rizado, aunque ahora le
caía húmedo a ambos lados de la cara. Era yo. Me sentí fea. Me
sentí la más fea entre las feas.
El
sonido de mi móvil me sobresaltó y me sacó de mi aturdimiento. Lo
cogí. Era un mensaje. Un mensaje de Arnau.
Me
dejé caer sobre la almohada y cerré los ojos, y en esa oscuridad de
párpados cerrados caía,
caía,
caía...
caía...
domingo, 13 de enero de 2013
La vida de Teseo
Ariadna se paseaba nerviosa por los
pasillos del palacio. Cada paso suyo se multiplicaba por mil entre
las múltiples estancias vacías, que otrora dieron cobijo a las más
refinadas damas, a los más famosos escritores y a los mejores
músicos de toda Grecia, junto con cientos de criados que caminaban
todo el día de arriba a abajo encendiendo fuegos, arreglando
jardines, sirviendo mesas... Pero toda esa opulencia se había
marchitado a la vez que lo hacía su una vez joven y apuesto esposo,
Teseo.
Tras liberar al pueblo de Atenas del
yugo del minotauro prisionero en el laberinto de Dédalo, su padre,
el rey Minos, les había dado permiso a ella y a Teseo para marchar a
Macedonia, donde casarse y formar una familia. Una vez allí, Teseo
fue tratado de héroe y agasajado con los mejores regalos, pues su
hazaña había recorrido ya todo el territorio de grecia, y hasta el
mismo Zeus conocía y halagaba su mérito.
Fue entonces cuando, desde el Olimpo,
los dioses se pusieron de acuerdo y decidieron nombrar a Teseo
semidios, otorgándole el nombre de Teseo el ingenioso, que poco
después pasaría a ser conocido como Teseo el Dios del Ingenio.
Hizo el joven buenas migas con
Dionisio, que también hacía poco que residía en el Olimpo y el
cual no dejaba de narrar, una y otra vez, como había dado muerte al
enamorado Orfeo.
El liberador de Atenas comenzó
entonces, con ayuda de su nuevo amigo Dionisio, favorito del rey
Midas desde que le dio poder para transformar en oro todo lo que
tocara, a montar las mayores bacanales que se hubieran conocido jamás
en toda Grecia, con ríos de vino fluyendo en los jardines, comida en
abundancia repartida por todas las mesas de cada uno de los salones y
mujeres y hombres que nada tendrían que envidiar a Afrodita y a
Apolo corriendo desnudos por los corredores, amándose sin pausa
contra los tapices que adornaban las paredes representando historias
tales como la creación del universo, Cronos devorando a sus hijos o
Zeus repartiendo la manzana de la discordia y que ahora estaban
manchados de alcohol, lujuria y otros excesos.
Mientras tanto, la bella Ariadna, que
había sido criada en un ambiente sobrio y refinado, como era el de
Creta, se sentía extraña en palacio, una extranjera dentro de su
propio hogar. Se pasaba las noches en vela, llorando por su juventud
que se acababa, añorando los bucólicos paisajes en los que jugaba
con sus hermanas cuando era pequeña, imaginando como hubiera sido su
vida si algo hubiera cambiado, cualquier mínimo detalle, echando de
menos al hombre del que se enamoró y con quien comenzó una vida,
mientras el nombre de éste era gemido por muchachos y muchachas
durante horas.
Ariadna se asomaba a la ventana y veía
a lo lejos las cosechas, cultivadas sin descanso por campesinos que
apenas tenían para comer, mientras su cama estaba llena de colchas y
cojines tejidos con las más finas telas. Desde allí los miraba y
pensaba que aquellos campesinos no tenían nada y lo tenían todo y
ella, que lo tenía todo, no tenía en realidad nada.
Así transcurrieron varios años hasta
que la joven, que ya se había dado cuenta de que Teseo no iba a
brindarle la felicidad que le había prometido, decidió buscarla por
su propia cuenta. Escapó una noche, a caballo, proveída únicamente
de la luz de las estrellas que el cielo había derramado, mientras a
lo lejos se perdía el murmullo de las interminables fiestas de los
dioses del ingenio y el vino.
Pasaron días hasta que Teseo se dio
cuenta de que la hermosa Ariadna había huido sin decirle nada, en un
intento de recoger las flores que quedaban de su juventud, y cuando
por fin estuvo seguro de que Ariadna se había ido, montó en cólera.
Tal fue su ira que, encendido, golpeó al rey Midas, el cual a la vez
tocó a su hija, que acabó convertida en una estatua de oro.
Todo sucedió muy rápido a raíz de
ésto. Midas lo marginó socialmente. Su amigo Dionisio lo abandonó
entonces en busca de nuevos ríos de vino que no fueran a secarse.
La gente dejó de tratarlo como a un dios, y poco a poco su casa se
vació.
Cayó entonces Teseo en una terrible
depresión que lo tuvo en cama semanas, y sin apenas poder
alimentarse, enfermó mortalmente.
La noticia llegó hasta Frigia, un
lugar de doradas arenas pues Midas se había deshecho de su poder
lavándose las manos en el río Pactolus para devolver a su hija a la
vida. Casualmente allí había ido a parar también Ariadna, quien
había formado una familia con un cretense llamado Ícaro, al que una
vez todos creyeron ahogado en el mar.
Y así es como Ariadna, hija de Minos,
esposa de Teseo y amante de Ícaro había vuelto a recorrer de nuevo
los pasillos de palacio, ahora yermos y fríos.
Se acercó por fin a la habitación que
una vez compartió con Teseo. Tocó suavemente la madera con las
yemas de los dedos, acariciándola, recorriendo los tallados que la
adornaban, y entonces la empujó suavemente. La puerta se abrió con
un chirrido.
Allí estaba el joven, consumido,
perdido entre sus sábanas, con los pómulos hundidos y las manos
huesudas y afiladas, con una mirada que, al ver a Ariadna, volvió a
ser la del joven que había entrado años atrás en aquel laberinto
de Creta, con un sueño en la cabeza y un amor en el pecho.
La chica se sentó a su lado, acunó
sus manos en su regazo, le besó la frente y, cuando ya las lágrimas
se desbordaban de sus ojos, Teseo, cuya voz no escuchaba desde hacía
mucho tiempo, abrió los labios y suspiró más que dijo:
-Tempus fugit, amada mía, tempus
fugit.
Y así murió, arropado por Ariadna,
creyendo que volvía a ser un joven a las puertas de un laberinto y
que volvía a tener toda la vida por delante.
miércoles, 9 de enero de 2013
Cafés y zapatos
Ella
salía con prisas, como todos los viernes, cuando se entretenía
tomando un café en el bar de la facultad después de su última
clase.
Él
tenía la cabeza en las nubes desde que faltó su abuelo y pensaba
que era miércoles, sino no hubiera estado en aquel lugar en aquel
momento.
Ella
se había enredado ojeando unos papeles mientras se tomaba su
expreso, con mucha espuma, porque era así como le gustaba, y los
llevaba todos mezclados mientras corría hacia la estación, en busca
de un metro que ya se iba.
Él
cargaba una Gibson acústica a su espalda mientras volvía de un
ensayo que no tenía, pues tocaba en un grupo desde hacía bastante,
y pensaba en como habían cambiado las cosas en tan poco tiempo
mientras se miraba la punta de los zapatos.
Ella
cruzaba rápidamente por viveros.
Él
seguía mirándose la punta de los zapatos al andar.
Ella
se dio cuenta demasiado tarde de que iba a arrollarlo.
Él
no se fijó en ella hasta que se chocaron.
Ella
levantó la vista y vio a un chico castaño, más bien alto, con el
pelo despuntado, ojos verdosos, una leve barba y una camiseta granate
que se adivinaba debajo de su camisa de cuadros; tendría veinte
años.
Él
levantó la vista y vio a una chica pequeña, con el pelo casi rubio
recogido en un moño improvisado, grandes ojos castaños y un vestido
corto de golondrinas; tendría dieciocho años.
-¡Oh,
lo siento! ¿Estás bien? -Dijo ella azorada, ahogando un grito en la
garganta, al tiempo que se levantaba y comenzaba a recoger todos los
papeles que habían quedado esparcidos por el suelo.
-Si,
si, yo estoy bien. Vaya, perdona, te lo he tirado todo -Contestó él
agachándose a la vez para coger aquella orgía de apuntes que se
extendía bajo sus pies.
Ella
notó como sus manos se tocaban.
Él
también lo notó y se quedó inmóvil.
Ella
rompió a reír a la vez que echaba la cabeza hacia atrás en un
gesto de total felicidad.
Él
entornó los ojos, molesto por el sol que le daba de lleno en la
cara, y la miró con incredulidad mientras sonreía.
-Pensaba
que estas cosas sólo pasaban en las películas -Rió ella
irónicamente.
-¿Estas
cosas? -Inquirió él, que seguía sonriendo y ya no se miraba la
punta de los zapatos.
-Si,
ya sabes. La chica y el chico que se chocan y tiran todos los papeles
al suelo -Fue su respuesta.
-Ah,
ya veo. Y en una película, ¿Qué pasaría ahora? -Preguntó de
nuevo él, de forma socarrona.
-¿No
es obvio? -Dijo ella ingenua- Nos gustaríamos, pero tú tendrías
una novia y no podría ser. La dejarías y sería genial pero luego
pasaría algo y discutiríamos y parecería que todo ha terminado.
Entonces, en el último momento lo arreglaríamos y seríamos
felices.
Él
se rió muy fuerte.
Ella
pensó que tenía una risa preciosa.
-Parece
que sabes mucho de películas -Observó él sin dejar de reír.
-Bueno,
ya son muchos años dando teatro -Replicó ella sagaz, encantada con
la conversación.
-¿Teatro?
Pues mira, ahora mismo estaban haciendo una obra en la Casa de la
Cultura. Vengo de ensayar. Bien, técnicamente tendría que ensayar
si hoy fuera miércoles, pero no lo es, es viernes -La informó él,
trabándose con las palabras al final, nervioso por haber reconocido
en voz alta que no sabía en que día vivía.
-Pues
si, no es miércoles desde hace dos días ya -Y obvió amablemente su
tartamudeo final-. Precisamente iba para allá, que tengo ensayo en
cuanto termine. ¿Tocas la guitarra?
Él
movió la cabeza en señal de afirmación, contestando una pregunta
que sabía que no necesitaba respuesta, pues la Gibson seguía ahí,
colgada de sus hombros.
-Así
es. Tenemos un grupo montado unos amigos y yo desde hace bastante
tiempo. Belice, nos llamamos. El fin de semana que viene damos un
concierto, aunque llevo un tiempo sin practicar -y le enseñó
tímidamente una cicatriz que recorría su mano izquierda, desde el
pulgar hasta la base de la mano, en forma de media luna-. Un
accidente de tráfico -Dijo, como si necesitase darle aquella
información.
-¡Vaya!
-exclamó ella realmente sorprendida, mostrando a su vez otra
cicatriz muy similar que llevaba en la mano derecha-. Me la hice de
pequeña, no sé muy bien cómo -e ignoró lo del accidente, quizás
a propósito, quizá no.
-¡Menuda
casualidad! ¿Crees que tiene algo que ver con todo este rollo del
fin del mundo? Igual cuando llegue el día veintiuno solamente nos
salvamos los de la cicatriz...¡Los elegidos! -Bromeó él.
Ella
se rió muy fuerte.
Él
pensó que tenía una risa preciosa.
Ella
miró su reloj.
Él
entendió que iba con prisa pero deseó que no tuviera que marcharse.
-Uff,
se me ha hecho tarde -suspiró ella-. Tengo que irme ya si quiero
llegar a tiempo a teatro.
-Claro,
claro -dijo él con fingida indiferencia.
-En
fin, suerte con el concierto ¡Adiós! -Se despidió ella con pesar.
-Si,
si, lo mismo digo...Osea que, adiós a ti también -Murmuró él.
Ella
fue escaleras abajo, hacia el metro.
Él
siguió andando, mirándose la punta de los zapatos.
Ella
sonreía.
Él
también.
Toma de contacto
Vaya, quien me iba a decir a mi que, sin motivo ninguno, un miércoles por la noche me iba a dar por hacerme un blog...
La verdad es que no sé ni por donde empezar, supongo que será como todo, cuestión de práctica y, bueno, puede que, cuando te pasas la vida escribiendo cosas en el word y enseñándoselas a tres o cuatro personas cercanas a ti para ver que les parece (cuando en el fondo desearías que todo el mundo pudiera leerlo) es inevitable que acabes aquí.
Puede también que, sin darme cuenta realmente, de verdad esté cumpliendo los utópicos propósitos de año nuevo. Y no, en realidad no tenía pensado empezar ningún blog (esa idea tan genial se la debo a mi queridisisímo Jelly, que me la acaba de dar) pero si que había fantaseado con publicar mis tres o cuatro relatillos en alguna parte...
En fin, me conformo con que disfrutéis leyéndome la mitad de lo que voy a disfrutar yo escribiendo.
Feliz 2013, y felices propósitos nuevos.
La verdad es que no sé ni por donde empezar, supongo que será como todo, cuestión de práctica y, bueno, puede que, cuando te pasas la vida escribiendo cosas en el word y enseñándoselas a tres o cuatro personas cercanas a ti para ver que les parece (cuando en el fondo desearías que todo el mundo pudiera leerlo) es inevitable que acabes aquí.
Puede también que, sin darme cuenta realmente, de verdad esté cumpliendo los utópicos propósitos de año nuevo. Y no, en realidad no tenía pensado empezar ningún blog (esa idea tan genial se la debo a mi queridisisímo Jelly, que me la acaba de dar) pero si que había fantaseado con publicar mis tres o cuatro relatillos en alguna parte...
En fin, me conformo con que disfrutéis leyéndome la mitad de lo que voy a disfrutar yo escribiendo.
Feliz 2013, y felices propósitos nuevos.
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