Ojos negros como pozos infinitos
mirada descarriada de locura amarga
sobre tus hombros una enorme carga
y tú y yo aún más distintos
Ebrios vapores de la noche enfurecida
a los que te abrazas con desidia
te acunas en su fermentada caricia
en una entrega de tu mente desmedida
Y por las mañanas el mundo se deshace
y por las tardes el mundo te acobarda
y por las noches otra vez ojos negros de azabache
Asustado ante el universo que se agranda
deja de vagar por sendas kamikazes
vuelve a aquel recuerdo que te extraña
Escribir es un gesto de resistencia; te agarras al bolígrafo para agarrarte a la vida. Escribir es la ley que permite la transgresión.
domingo, 12 de mayo de 2013
HISTORIAS ATRAPADAS EN UN CHARCO DE LLUVIA
PELDAÑOS (II)
Quebraban albores y una luz mortecina
de sábado ceniciento recorría curiosa y juguetona cada recoveco de
mi habitación, incluso el más secreto, dotándolo todo de una
atmósfera etérea que amorataba las paredes blanco hueso del cuarto;
las cortinas de color verde oliva bailaban al ritmo frenético de la
brisa caprichosa.
Me erguí sobre un codo y contemplé
algo que bien podía resumir como Caos: Caos en los apuntes que
dormían abrigando el escritorio, Caos en la amalgama de ropa que
invadía la butaca de la esquina, Caos en las mochilas, bolsas y
zapatos que cubrían -y casi escondían- un suelo de parqué, Caos en
las constantes cruces que llevaban la cuenta de los días en el
calendario... Las vistas eran buenas, muy buenas de hecho, había que
reconocerlo. No tanto como las de aquella casa de Ashbourne, o esa
otra en la que estuvimos sólo un par de semanas desde la que se
veían el mar y un imponente y protector faro, ¿Dónde estaba? ¿A
Coruña? Creo que si, la Torre de Hércules se llamaba; pero en fin,
estas tampoco estaban nada mal. Mi ventana se convertía -sobre todo
a estas horas enturbiadas de la madrugada- en un mirador que mostraba
tímido todos los encantos de Isle of Skye, montañas enteras
luciendo sus majestuosas capas verdes e infinitas y un cielo gris
tormenta que por las mañanas le mordía a una las mejillas. El
colegio más cercano estaba a tres cuartos de hora en autobús,
aunque después de más mudanzas de las que quería recordar había
decidido estudiar en casa. Mamá decía que era lo mejor. Yo lo
dudaba, pero estaba cansada. Cuándo bajaba al comedor a reclamar por
mi vida social, atrofiada y agonizante, ella se escondía detrás de
sus copas de cristal de bohemia importadas desde Italia y murmuraba,
-Rebeca cielo, deja de revolotear y
sube a cambiarte, van a llegar los señores Murray y quiero que todo
esté perfecto.
Y así zanjaba el tema; siempre había
unos señores Murray o Romero o Cuicchi para los que todo tenía que
estar perfecto; aunque en el fondo todo estuviera desmedidamente
imperfecto. Mi padre no tocaba el tema. Haz lo que prefieras, decía.
Nunca estaba en casa, y cuando lo estaba era sentado en aquel sillón
granate con aire de suficiencia que había recorrido medio mundo. Se
dejaba caer, suspiraba, un suspiro profundo cuya finalidad era
alejarse del día, y se escondía detrás de un periódico que le
dejaba los dedos manchados de tinta. Cuando venían los señores Tal
de turno, se lavaba las manos y, despistado y dócil, se dejaba guiar
por las manos expertas de mi madre, que le anudaban la corbata
caldera, preparaban diestramente la mesa y azuzaban con fiereza a la
pobre Pancha Gómez, que defendía su cocina. Pancha era la señora
del servicio, era sudamericana, siempre eran sudamericanas. Había
llegado a escocia hacía más de treinta años, pero su acento era
pésimo y cuando hablaba -tanto en inglés como en castellano- su
barbilla temblaba compungida por la edad y sus ojos brillaban con la
sabiduría de diez lustros. Me caía bien esta Pancha. Me atrevería
a decir que incluso mejor que mi madre. No la quería más pero me
caía mejor. No soportaba a mi madre, de veras.
Napoleón, un gato callejero tiznado de
negro que había encontrado durante un paseo extraviado que me llevó
al Trastevere, en la época que pasamos en Roma, se desperezó a los
pies de mi cama de sabanas eternas. Adoraba ese gato. Todo cambiaba,
no parábamos, era una desconocida en cualquier sitio, pero Napoleón
siempre seguía a los pies de cualquiera de mis camas, desperezándose
por las mañanas con una boca que anhelaba la fauce del león. Le
llamé Napoleón porque tenía problemas de estómago, como dicen que
le pasaba al emperador -al parecer ese era el verdadero motivo de que
saliese con la mano reposando en el abdomen en casi todas sus
pinturas-. Lo tomé en brazos y me levanté, y las sábanas eternas
resbalaron por mi cuerpo y cayeron al suelo, contribuyendo un poco
más a aumentar el caótico caos.
Dejé que las cortinas siguieran
danzando y taché con un rotulador verde el día 21. Aquel mes todos
los días eran verdes, y el mes anterior y el anterior. No solía
pasar con frecuencia, un trimestre entero tachado con el mismo color.
Acostumbro a cambiar de rotulador cada vez que nos mudamos, y así
consigo un esquema cromático bastante exacto. Es por eso que mi
calendario termina siempre pareciendo los restos desordenados de una
lucha entre arco iris.
Bajé descalza las escaleras, con el
gato en brazos, sólo porque sabía que mi madre lo detestaría.
Quizás así consiguiera algo más que un “Rebeca recoge tu
habitación que va a llegar el señor Atchinson y quiero que esté
todo perfecto”. El señor Atchinson era mi profesor de piano; venía
todas las mañanas de sábado y pasaba conmigo dos horas tempestuosas
en las que me taladraba con su acento escocés. Mi madre -aquella que
apenas me daba un beso de buenos días por las mañanas- se había
empeñado años atrás en que aprendiese piano, al parecer era algo
refinado y de muy buen gusto. Así que bajé y allí estaba Adela, mi
madre, con su melena rubia, polioperada, ojos zafiro y aquella bata
de seda rosa que tanto le gustaba.
-Rebeca cielo, mil veces te he dicho ya
que te pongas las zapatillas para estar por casa, ¿Qué va a pensar
Pancha de ti si te ve así? Por el amor hermoso Rebeca cielo, ¿Dónde
va a pensar que te has criado?
-Buenos días a ti también mamá. ¿Y
papá?
-Está leyendo el periódico, no le
molestes hija -efectivamente ahí estaba mi padre, hundido en su
sillón y enfrascado en la lectura-. Por cierto -e hizo una breve
pausa dramática muy típica en ella- hoy no viene el señor
Atchinson.
-¿Y eso? -me estaba poniendo un poco
nerviosa, mi madre era con los horarios de un riguroso exquisito-.
-Tenemos que hablar de unos asuntillos,
nada serio, un par de asuntillos.
Se me vino el mundo encima. Un par de
asuntillos. Cada vez que mi madre decía esa frase la casa se
envolvía en un frenesí que significaba que nos volvíamos a mudar.
Me quedé lívida, blanca como la luna. El silencio debió ser tan
tenso que Pierre, mi padre, asomó su cara engalanada con bigote
francés por un lado del periódico y se vio obligado a concretar,
-Nos volvemos a mudar hija; han salido
negocios importantes en Alemania, así que nos vamos.
Lo sabía. Tenía que pasar. Demasiado
tiempo llevábamos ya aquí, ahora que me estaba acostumbrando, y que
medio conocía a unas cuantas chicas del taller de corte -si, mi
madre también pensaba que la costura era algo refinado y de muy buen
gusto-. No me dolía dejarlas a ellas, pero me había supuesto un
esfuerzo tan grande acercarme a hablarles ¡Romper mi círculo de
marginada era algo que me costaba! Pero a ella le daba igual. Suponía
que si se había casado con papá era por eso. Él era jefe de
distribución: proveía hoteles, perfumerías particulares... No
paraba, su casa era el mundo, y el mundo lo entendía y lo respetaba,
y mamá adoraba ser adorada allá dónde pisaba, se comía con la
mirada cada salón en cuanto llegaba, se los metía en el bolsillo,
le encantaba que le bailaran el agua. A mi me costaba. No es que
fuera tímida, es que había aprendido que con tanto ajetreo era
mejor no encariñarse con la gente, porque entonces cada despedida
era peor, y llegó un momento en el que me levanté una mañana y,
por pura inercia, dejé de querer caerle bien a los demás. Ni bien ni
mal. Me sentaba en una esquina en el fondo de la clase y dejaba que
mi lacia melena negra me escondiese de los demás y me hiciera pasar
desapercibida, y sólo de vez en cuando me echaba el pelo detrás de
la oreja dejando al descubierto una mejilla cetrina y unos ojos color
aceituna. Alemania. Uau. En fin.
-Voy a decirle a Pancha que me haga
unas tostadas -dije desganada-
-Bien cielo, y luego coge las cajas que
hay en el trastero y ves guardando tus cosas, son unas preciosas de
color coral con mariposas, te van a encantar -contestó mientras se
alejaba-
Prácticamente había desempaquetado
todo hacía una semana, soñando con un poco de rutina, que rabia.
-¿Tengo que empezar ya? ¿No puedo
aprovechar la mañana? Se ha quedado un sábado precioso, ¿cuándo
nos vamos?
-Mañana -canturreó desde el baño-.
Solté a Napoleón del asombro, que se
marchó bufando y con una mirada indignada de reprobación en los
ojos. Mañana. Casi inconscientemente anduve hacia la puerta,
majestuosa y enorme, y salí fuera, a aquella mañana de ojos tristes
de despedida. Como iba descalza el rocío de la mañana que perlaba
la hierba me mojó los pies. Fue un escalofrío cálido, como un
abrazo que me daba la llanura antes de irme. Apenas una lágrima
tímida se asomó a mis ojos,
pero allí se quedó. Demasiadas veces había caído en vano,
evaporándose en la infinidad de mis mejillas.
-Lo
importante está oculto entre la realidad -me repetí como tantas
otras mañanas de hasta siempre.
El
día pasó como una nebulosa despechada, entre acciones mecánicas
incontables veces repetidas. Cajas. Recuerdos. Zapatos. Libros.
Colecciones empezadas. Postales... Pancha me abrazó mientras la pena
le desbordaba los ojos y yo lo sentí, lo sentí muchísimo, pero fui
incapaz de derramar una lágrima. Me acosté con un abismo en el
pecho, mientras los rayos de luna acariciaban mi pelo y el viento me
cantaba inconscientes nanas de besos escapados.
Me
desperté sobresaltada y entre sudores. Miré mi reloj. Eran las 6 de
la mañana del domingo. Debí haber soñado algo que me asustó. El
corazón me golpeaba furioso contra las sienes. Intenté relajarme y
perdí la mirada entre las colinas de Isle of Skye; estaba a punto de
amanecer. Napoleón se revolvió intranquilo a mis pies. Suspiré,
iba a ser otro día duro.
miércoles, 1 de mayo de 2013
HISTORIAS ATRAPADAS EN UN CHARCO DE LLUVIA
PELDAÑOS ( I )
El tío ni siquiera me miraba. Mantenía
la vista al frente, intentando ver algo a través de la bruma.
Llevaba el labio partido y el cuello de la camisa manchado de sangre,
las manos se aferraban crispadas al volante. La vena de la sien se le
había hinchado, como siempre que estaba enfadado por algo y en su
mente estaba teniendo contigo una discusión tremenda; pero no decía
nada, el tío no soltaba prenda. Miré el reloj, eran las 5:47 de la
mañana. Hay que ver cómo había degenerado la noche. En un
principio la idea era salir a tomar algo de tranquis y volver a casa
temprano, lo suficiente como para que mamá y Carlos aún no hubieran
llegado, y en vez de eso habíamos terminado en uno de aquellos Coco
Loco gigantes, con cubatas a siete euros, música mala a todo
volumen, tías estrechas y unas letras de neón color rosa puticlub,
que estaba a tres cuartos de hora en coche del pueblo, y eran las
5:47 de la mañana.
Volví a mirar a Fabián, la sangre del
labio se le había secado, aunque difícilmente saldría de la
camisa, y con más dificultad aún conseguiría disimular ese ojo
morado aunque...¿Qué coño? Él se lo había buscado, yo también
llevaba la cara hecha unos cristos y no me iba quejando...!Y todo por
su culpa! Si es que quién le mandaba meterse dónde no le llamaban,
y encima replicando, este chico es que no sabe beber. Bien pensado,
si yo hubiera sido el novio de la otra también le hubiera soltado
una hostia, pero es que Fabián, con eso de que se ha puesto
cicladísimo, está de un subido que no hay quién pueda; contra el
notas aquel solo claro, pero cuándo han aparecido los otros tres
debería haberse dado media vuelta. Y a mi quien me llama, si no
valgo para ésto, sólo iba a recibir, estaba claro... El
cuentakilómetros marcaba los 150 km/h.
-Fab, tío, oye relájate, ¿me oyes?
-Y su pie apretó violento el acelerador; nos pusimos a 190-. Por el
amor de Dios Fabián tranquilízate ¿vale? Nos han zurrado tres
ciclaos de discoteca, si, un corro de niñas pijas se nos ha reído
en la cara, también, se nos va a caer el pelo cuando lleguemos a
casa, es cierto; pero joder tío, vas tan ciego que mañana ni te
acordarás, ¿qué coño importa?
-¿Que qué coño importa? -Y giró la
cabeza, clavándome una mirada gélida de ojos negros, sin soltar el
acelerador- ¿¿Que qué coño importa?? -Y su voz subió de tono
empujada por su orgullo- ¿¿¿Que qué coño importa??? -Y la vena
de la sien le palpitó ferozmente; volvió a mirar hacia la
carretera.
No supe muy bien si era una de esas
preguntas retóricas, una de esas que no hay que contestar, pero
joder, el tío ya me estaba tocando las narices. Volví a mirar el
reloj. La luz de la esfera digital bañó el interior del coche de un
tenebroso color azulado, eran las 5:52. Bajé el visor del coche .
Unos cuantos papeles me cayeron en el regazo, tickets, tarjetas de
aparcamiento, descuentos... Este tío tenía que tener síndrome de
Diógenes, en serio. Me miré en el espejo intentando abrir al máximo
mi ojo derecho, que me latía al ritmo del corazón. La hostia, ¡si
llevaba yo la cara peor que él! Tenía el ojo hinchado de cojones, y
cuanto más corría más rápido me latía. Este hijo de puta me
estaba empezando a poner muy pero que muy nervioso, en serio.
-Fabián joder ¿quieres levantar el
puto pie del acelerador, por Dios vivo, que nos vamos a matar? No
seas crío por favor -odiaba que le llamasen crío, era algo que le
sacaba de sus casillas-.
-¡Te he dicho cincuenta millones de
veces que no me llames crío! Y no seas nenaza joder, que no voy tan
rápido. Si es que eres una nenaza, sino fuera por eso no nos
hubieran dado semejante paliza. ¡Joder León hay que ver lo nenaza
que eres tío!
-¿Que yo soy una qué? -La
conversación se nos estaba yendo de tono, pero es que el tío se
estaba portando como un gilipollas, os lo juro- Mira Fabián si eres
un capullo que no sabe comportarse cuando toma dos copas no es culpa
mía, a ver a que santo tengo que ir salvándote siempre ese culo de
capullo que tienes. Joder.
-¿Tú eres idiota o que te pasa? Será
que no te he sacado yo a ti veces de marrones peores -Dos veces,
contadas, en serio, una vez el día que me enrollé con la novia de
Miguel Caballero, de 2º C, y la otra cuando le di con el coche a
unos imbéciles que estaban aparcados en frente de La Perla- así que
no vengas con mierdas abstemias, ¿me oyes?
Y no lo oí. Al menos no tanto como
aquella bocina estruendosa con voz de tenor. Por unos instantes nos
olvidamos de Coco Loco, de los mazados de Coco Loco, de las niñas
pijas, de la sangre y de las mierdas abstemias. En el calentón de la
bronca el idiota de Fab se había cambiado de carril. Un monstruo
rojo con pinta de camión se nos echó encima sin dejar de pitar.
Fabián dio un volantazo. Sonó la alarma de mi reloj. Eran las 6:00.
Lo último que pensé es que iba a caerme una buena al llegar a casa
por culpa de Fabián. Si no fuera porque el tío estaba mucho más
fuerte que yo le hubiera pegado dos hostias. En serio.
Chico, ¿estás bien? Mi amigo, mi
amigo está dentro del coche, yo, joder, joder. Tranquilo chico,
¿cómo has dicho que se llama, León? Si, joder, joder, oh Dios mío,
joder. León, oye, ¿me escuchas? No te duermas, tu amigo se queda
hablándote. Oye chico, tranquilo, la ambulancia ya está en camino,
procura que tu amigo no se duerma ¿vale? Joder León, lo siento, ¿me
oyes? Lo siento mucho tío, joder, joder, joder. ¿Dónde está el
herido? Está dentro del coche, el otro chico parece que no tiene
nada grave. Gerome, trae una camilla para el joven del coche, ¿cuál
es su nombre? Fabián Gutiérrez. ¿Y el de su amigo? León Ávalos.
Bien, ¿han hablado con sus padres? No, no los he llamado yo...
Dígales que se dirijan a La Fe. Chico lo siento, yo, por la bruma,
no os vi hasta que os tuve encima, ¿en qué ibas pensando chico?
Agente Gómez, el joven da positivo en el control de alcoholemia.
Joder, joder, joder, lo siento León tío, joder. Samanta el chico ya
está encamado, ha perdido el conocimiento. ¿Está en coma? Joder, joder. En seguida
subo al coche Gerome; agente si ya tienen lo que necesita nos
llevamos a los jóvenes al hospital, hay que asegurarse de que no
haya hemorragias internas. Si, por supuesto, nosotros ya hemos
terminado, Martínez nos vamos. Tranquilo chico, ya verás como tu
amigo se pone bien. Joder León, lo siento, joder...
jueves, 18 de abril de 2013
De por qué adoro la lectura.
Cuando entro en mi habitación, no hay nada que me dé tanta paz como contemplar mi estantería, repleta de libros, esperando siempre para mí, ávida yo de leerlos, ansiosos ellos por ser leídos.
Sus lomos, apilados unos contra otros tiempo atrás, sin más orden que el motivo olvidado que me llevó a comenzarlos, reposando plácidos, de colores y texturas diferentes, camuflan sus palabras, nos engañan.
No elijas nunca un libro por su portada, pues así no encontrarás ninguno que te llene; deja que el susurro de su historia te guíe hasta él, que el roce de sus páginas sea especial para ti, y ábrelo, sumergiéndote entre sus letras, dejándote llevar.
Una vez terminado, nota lo embriagador que resulta escuchar ese susurro nuevamente, otro relato que se descubre ante ti, un nuevo mundo por explorar, solos tú y esa marejada de palabras vivas. Conoce esos lugares, sus protagonistas, sus vidas. Fúndete con ellos, sé ellos, viaja lejos, a un lugar solamente tuyo.
Quizá con el tiempo mires fuera del adictivo mundo de tinta que crea la lectura, y compruebes que no serás capaz de leerlos todos, que jamás cruzarás todas sus puertas, y te anguesties y comiences a devorarlos, tragando páginas y palabras casi sin dejar que los hechos tomen forma en tu mente. No lo hagas.
Es cierto que no podrás leerlos todos, pero aprender a leer lleva tiempo; no a leer las palabras, sino a leer lo que estas quieren decirte, escucharlas.
Y, aunque así no podrás disfrutar de todos ellos, al final no echarás ninguno en falta, no lamentarás haberte dejado miles sin probar, porque aquellos que te hayan acompañado serán los que te hayan hecho llegar a ser quien eres, serán tus libros y no necesitarás ninguno más.
Sus lomos, apilados unos contra otros tiempo atrás, sin más orden que el motivo olvidado que me llevó a comenzarlos, reposando plácidos, de colores y texturas diferentes, camuflan sus palabras, nos engañan.
No elijas nunca un libro por su portada, pues así no encontrarás ninguno que te llene; deja que el susurro de su historia te guíe hasta él, que el roce de sus páginas sea especial para ti, y ábrelo, sumergiéndote entre sus letras, dejándote llevar.
Una vez terminado, nota lo embriagador que resulta escuchar ese susurro nuevamente, otro relato que se descubre ante ti, un nuevo mundo por explorar, solos tú y esa marejada de palabras vivas. Conoce esos lugares, sus protagonistas, sus vidas. Fúndete con ellos, sé ellos, viaja lejos, a un lugar solamente tuyo.
Quizá con el tiempo mires fuera del adictivo mundo de tinta que crea la lectura, y compruebes que no serás capaz de leerlos todos, que jamás cruzarás todas sus puertas, y te anguesties y comiences a devorarlos, tragando páginas y palabras casi sin dejar que los hechos tomen forma en tu mente. No lo hagas.
Es cierto que no podrás leerlos todos, pero aprender a leer lleva tiempo; no a leer las palabras, sino a leer lo que estas quieren decirte, escucharlas.
Y, aunque así no podrás disfrutar de todos ellos, al final no echarás ninguno en falta, no lamentarás haberte dejado miles sin probar, porque aquellos que te hayan acompañado serán los que te hayan hecho llegar a ser quien eres, serán tus libros y no necesitarás ninguno más.
sábado, 9 de marzo de 2013
La peonza de Lidia.
Sabíamos que algún día la peonza se pararía; no podía girar eternamente. Vivíamos con ese miedo acechando siempre, en las sombras. Se escondía entre los libros de las estanterías, detrás del espejo cuando nos cepillábamos los dientes, bajo nuestra cama mientras dormíamos. Aquel día amaneció nublado, con ruidos de tormenta que parecían gritados por las montañas y una fina lluvia que pronto impidió que se viera nada más allá de las siluetas recortadas de los edificios del bloque 33.
Miguel se había ido, como me imaginaba.
Salí al balcón y sentí como la lluvia me empapaba poco a poco la cabeza, y como el frío me mordía los talones. No importaba, al menos así sentía algo.
El teléfono de la cocina empezó a sonar. Su viejo y cascado pitido se levantó por encima del ruido de la calle y no tuve más opción que entrar y descolgar. Era Paula. Quería saber porque ayer había vuelto tan pronto a casa.
Tuvimos una de aquellas charlas intrascendentes. Una de esas que, en cuanto has colgado el teléfono, se archivan directamente en tu cajón de conversaciones superfluas. Podría haber sido otra más, otra llamada que olvidar, pero la voz de Paula se quebró al otro lado del teléfono.
-¿Qué?
Me dejé caer sobre la banqueta de la barra, tan inestable como el tiempo, y el corazón se me hizo un nudo.
-¿Qué?
Ella no escuchaba, sólo se oía su llanto al otro lado de la línea. Yo no escuchaba, sólo podía preguntar, una y otra vez,
-¿Qué?
Colgué el teléfono, inexpresiva y anduve hacia el coche, todavía inexpresiva. El ruido de la lluvia golpeando contra la luna no sofocaba los gritos de mi mente, entumecida, y conduje y conduje sin poder distinguir si lo que me impedía ver era la lluvia abrazando el cristal, o la lluvia de mis propios ojos.
Cogí la autovía que llevaba a la capital bordeando la playa, y me di cuenta de que el cielo era mucho más tranquilo que el mar. Mientras él lloraba apenado, el mar bramaba de dolor, rompiendo furioso contra las rocas.
La peonza se había parado.
lunes, 14 de enero de 2013
Madera, río y limón.
El
aire olía a algas y a sal. El leve viento, que soplaba del norte,
traía consigo el recuerdo breve de verdes árboles y musgo fresco.
Sentada en un tronco viejo y carcomido veía el mar romper contra las
rocas. Entre ellas se veían, por aquí y por allá, pequeños
cangrejos que comían el limo resbaladizo y húmedo de las piedras.
Gotas saladas se estrellaban en mis piernas y en mis pies; entonces
me estremecía.
Centré
toda mi energía en conseguir llorar. Quería llorar. Tenía que
llorar, porque las lágrimas, agolpadas en mis ojos, me ardían.
Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza. Cerré los ojos y recordé
su cara, que había visto por última vez hacía menos de dos horas.
Recordé que tenía algo en la comisura izquierda de su boca, recordé
que el sol hacía que sus ojos fueran verdes y que su pelo, rizado y
negro, estaba alborotado, y que llevaba barba de tres días y que me
pareció que era perfecto. Oí su voz, dulce, segura y culpable,
intentando no hacerme daño. Quizá porque tenía muchas cosas que
decir siempre hablaba atropelladamente, chafando unas sílabas con
otras, y eso, que era algo que odiaba, en él me parecía precioso.
Me
pasé la lengua por los labios, resecos a causa del mar, y el viento,
que había cambiado de dirección, trajo consigo el olor de Arnau. Un
olor intenso, sublime, que olía a madera y a río y a limón. Abrí
los ojos y al fin las lágrimas bañaron mis mejillas y, en lo que
intenté que fuera un sollozo, se me escapó una carcajada. Me sentía
ridícula, y casi podía notar como la gente que pasaba por el paseo
empedrado sabía que me sentía así. Volví atrás e intenté hacer
una sucesión de los hechos.
Primero
me dijo que era guapísima, y entonces supe que pasaba algo, y me
dijo que teníamos que hablar. Que miedo me dio aquel tenemos que
hablar. Al día siguiente lo esperé en el portal durante once
minutos, vestida para ir a correr, dando a entender que no pretendía
desperdiciar ni un solo segundo.
Sé
que cuando me vio supo que lo sabía. Bajó de la moto y besé su
mejilla, con una sonrisa en la cara que llevaba horas practicando
frente al espejo. No sé bien qué dijimos. Sólo sé que el discurso
que me había preparado murió en mis labios en cuanto los abrí, y
que no dijimos nada de lo que queríamos decirnos. Sé que, cuando me
pidió que le abrazase y olí su cuerpo, era consciente de que lo
hacía por última vez, y sé que todo el rato estuve conteniéndome
las lágrimas.
-Lo
siento -me dijo, realmente apenado.
Me
hubiera gustado decirle que más lo sentía yo. Lo único que quería
en ese momento era besarlo, pero no lo hice. No hice nada. A los diez
minutos me alejaba corriendo del lugar. No volví la cabeza ni
una sola vez. Corría más rápido de lo habitual, con una fuerza
imprimida por la rabia y el dolor. Corría tan rápido que la gente
se paraba a mirar. El corazón hacía que la sangre me palpitara en
las sienes, y dos lágrimas rodaron camino abajo por mis mejillas.
Las limpié con el dorso de la mano. No era el momento de llorar. Aún
no. Dos borrosas lagunas adornaron mi cara.
Así
corrí hasta el pueblo de al lado, y no paré hasta llegar al muelle.
Llevaba la música puesta, pero el bramido del mar era más fuerte y
sólo alcancé a escuchar la voz de la cantante pidiéndole a su
amado que no se fuera antes de dejar los cascos sobre la arena.
Diez
minutos largos me quedé allí sentada, hasta que, a la par que una
pareja joven que se acercaba caminando, decidí volver a ponerme en
marcha. Pero ya había desaparecido la rabia, y así fue como había
llegado al tronco viejo y carcomido, donde finalmente me deshice en
lágrimas.
Las
lágrimas eran saladas como el mar.
Al
final emprendí el camino de vuelta, andando poco a poco, mientras
mil imágenes me venían a la cabeza. Arnau y yo besándonos por
primera vez en aquel camping lejano. Arnau y yo patinando sobre
hielo. Arnau y yo yendo de concierto. Arnau viniendo a recogerme por
sorpresa un domingo por la mañana. Arnau y yo, Arnau y yo, Arnau y
yo...
Llegué
a mi casa acalorada y entre sudores, buscando excusas que
justificaran mi retraso. No hicieron falta. Me escabullí hacia la
ducha, haciendo una bola con la ropa y metiéndola en la bolsa de
deporte rápidamente, antes de que mi abuela tuviera tiempo para
decirme que la recogiera.
El
agua ardiendo me dio de lleno en los hombros y en la cabeza. Levanté
la cara hacia la alcachofa de la ducha, al tiempo que giraba el grifo
para que saliera más templada. Dejé que el agua bajara por mis
hombros y descendiese por mi espalda, recorriendo todo mi cuerpo. Me
froté los ojos e intenté que el líquido, ahora frío como el
hielo, me despejara la mente.
Salí
de la ducha sin haberme enjabonado si quiera. Me enrollé una toalla
y dejé que el agua del pelo se deslizase por mis hombros, hasta el
suelo, y las huellas de mis pies crearon algo parecido a la estela de
un barco en el mar.
Me
arrodillé en la cama y, en un arrebato infantil, comencé a hacer
pompas de jabón por la ventana. Las pompas subían y bajaban
empujadas por el viento en el patio interior del edificio. Las
esferas reflectaban la luz del sol y, maravillada, miré fijamente
como se alejaban hacia él. El cielo poblado de pompas me pareció
precioso.
La
imagen reflejada en la ventana de enfrente atrajo mi atención. Era
pelirroja. Tenía los ojos casi marrones, casi verdes. Su piel era
blanca, sin pecas. El pelo corto solía ser rizado, aunque ahora le
caía húmedo a ambos lados de la cara. Era yo. Me sentí fea. Me
sentí la más fea entre las feas.
El
sonido de mi móvil me sobresaltó y me sacó de mi aturdimiento. Lo
cogí. Era un mensaje. Un mensaje de Arnau.
Me
dejé caer sobre la almohada y cerré los ojos, y en esa oscuridad de
párpados cerrados caía,
caía,
caía...
caía...
domingo, 13 de enero de 2013
La vida de Teseo
Ariadna se paseaba nerviosa por los
pasillos del palacio. Cada paso suyo se multiplicaba por mil entre
las múltiples estancias vacías, que otrora dieron cobijo a las más
refinadas damas, a los más famosos escritores y a los mejores
músicos de toda Grecia, junto con cientos de criados que caminaban
todo el día de arriba a abajo encendiendo fuegos, arreglando
jardines, sirviendo mesas... Pero toda esa opulencia se había
marchitado a la vez que lo hacía su una vez joven y apuesto esposo,
Teseo.
Tras liberar al pueblo de Atenas del
yugo del minotauro prisionero en el laberinto de Dédalo, su padre,
el rey Minos, les había dado permiso a ella y a Teseo para marchar a
Macedonia, donde casarse y formar una familia. Una vez allí, Teseo
fue tratado de héroe y agasajado con los mejores regalos, pues su
hazaña había recorrido ya todo el territorio de grecia, y hasta el
mismo Zeus conocía y halagaba su mérito.
Fue entonces cuando, desde el Olimpo,
los dioses se pusieron de acuerdo y decidieron nombrar a Teseo
semidios, otorgándole el nombre de Teseo el ingenioso, que poco
después pasaría a ser conocido como Teseo el Dios del Ingenio.
Hizo el joven buenas migas con
Dionisio, que también hacía poco que residía en el Olimpo y el
cual no dejaba de narrar, una y otra vez, como había dado muerte al
enamorado Orfeo.
El liberador de Atenas comenzó
entonces, con ayuda de su nuevo amigo Dionisio, favorito del rey
Midas desde que le dio poder para transformar en oro todo lo que
tocara, a montar las mayores bacanales que se hubieran conocido jamás
en toda Grecia, con ríos de vino fluyendo en los jardines, comida en
abundancia repartida por todas las mesas de cada uno de los salones y
mujeres y hombres que nada tendrían que envidiar a Afrodita y a
Apolo corriendo desnudos por los corredores, amándose sin pausa
contra los tapices que adornaban las paredes representando historias
tales como la creación del universo, Cronos devorando a sus hijos o
Zeus repartiendo la manzana de la discordia y que ahora estaban
manchados de alcohol, lujuria y otros excesos.
Mientras tanto, la bella Ariadna, que
había sido criada en un ambiente sobrio y refinado, como era el de
Creta, se sentía extraña en palacio, una extranjera dentro de su
propio hogar. Se pasaba las noches en vela, llorando por su juventud
que se acababa, añorando los bucólicos paisajes en los que jugaba
con sus hermanas cuando era pequeña, imaginando como hubiera sido su
vida si algo hubiera cambiado, cualquier mínimo detalle, echando de
menos al hombre del que se enamoró y con quien comenzó una vida,
mientras el nombre de éste era gemido por muchachos y muchachas
durante horas.
Ariadna se asomaba a la ventana y veía
a lo lejos las cosechas, cultivadas sin descanso por campesinos que
apenas tenían para comer, mientras su cama estaba llena de colchas y
cojines tejidos con las más finas telas. Desde allí los miraba y
pensaba que aquellos campesinos no tenían nada y lo tenían todo y
ella, que lo tenía todo, no tenía en realidad nada.
Así transcurrieron varios años hasta
que la joven, que ya se había dado cuenta de que Teseo no iba a
brindarle la felicidad que le había prometido, decidió buscarla por
su propia cuenta. Escapó una noche, a caballo, proveída únicamente
de la luz de las estrellas que el cielo había derramado, mientras a
lo lejos se perdía el murmullo de las interminables fiestas de los
dioses del ingenio y el vino.
Pasaron días hasta que Teseo se dio
cuenta de que la hermosa Ariadna había huido sin decirle nada, en un
intento de recoger las flores que quedaban de su juventud, y cuando
por fin estuvo seguro de que Ariadna se había ido, montó en cólera.
Tal fue su ira que, encendido, golpeó al rey Midas, el cual a la vez
tocó a su hija, que acabó convertida en una estatua de oro.
Todo sucedió muy rápido a raíz de
ésto. Midas lo marginó socialmente. Su amigo Dionisio lo abandonó
entonces en busca de nuevos ríos de vino que no fueran a secarse.
La gente dejó de tratarlo como a un dios, y poco a poco su casa se
vació.
Cayó entonces Teseo en una terrible
depresión que lo tuvo en cama semanas, y sin apenas poder
alimentarse, enfermó mortalmente.
La noticia llegó hasta Frigia, un
lugar de doradas arenas pues Midas se había deshecho de su poder
lavándose las manos en el río Pactolus para devolver a su hija a la
vida. Casualmente allí había ido a parar también Ariadna, quien
había formado una familia con un cretense llamado Ícaro, al que una
vez todos creyeron ahogado en el mar.
Y así es como Ariadna, hija de Minos,
esposa de Teseo y amante de Ícaro había vuelto a recorrer de nuevo
los pasillos de palacio, ahora yermos y fríos.
Se acercó por fin a la habitación que
una vez compartió con Teseo. Tocó suavemente la madera con las
yemas de los dedos, acariciándola, recorriendo los tallados que la
adornaban, y entonces la empujó suavemente. La puerta se abrió con
un chirrido.
Allí estaba el joven, consumido,
perdido entre sus sábanas, con los pómulos hundidos y las manos
huesudas y afiladas, con una mirada que, al ver a Ariadna, volvió a
ser la del joven que había entrado años atrás en aquel laberinto
de Creta, con un sueño en la cabeza y un amor en el pecho.
La chica se sentó a su lado, acunó
sus manos en su regazo, le besó la frente y, cuando ya las lágrimas
se desbordaban de sus ojos, Teseo, cuya voz no escuchaba desde hacía
mucho tiempo, abrió los labios y suspiró más que dijo:
-Tempus fugit, amada mía, tempus
fugit.
Y así murió, arropado por Ariadna,
creyendo que volvía a ser un joven a las puertas de un laberinto y
que volvía a tener toda la vida por delante.
miércoles, 9 de enero de 2013
Cafés y zapatos
Ella
salía con prisas, como todos los viernes, cuando se entretenía
tomando un café en el bar de la facultad después de su última
clase.
Él
tenía la cabeza en las nubes desde que faltó su abuelo y pensaba
que era miércoles, sino no hubiera estado en aquel lugar en aquel
momento.
Ella
se había enredado ojeando unos papeles mientras se tomaba su
expreso, con mucha espuma, porque era así como le gustaba, y los
llevaba todos mezclados mientras corría hacia la estación, en busca
de un metro que ya se iba.
Él
cargaba una Gibson acústica a su espalda mientras volvía de un
ensayo que no tenía, pues tocaba en un grupo desde hacía bastante,
y pensaba en como habían cambiado las cosas en tan poco tiempo
mientras se miraba la punta de los zapatos.
Ella
cruzaba rápidamente por viveros.
Él
seguía mirándose la punta de los zapatos al andar.
Ella
se dio cuenta demasiado tarde de que iba a arrollarlo.
Él
no se fijó en ella hasta que se chocaron.
Ella
levantó la vista y vio a un chico castaño, más bien alto, con el
pelo despuntado, ojos verdosos, una leve barba y una camiseta granate
que se adivinaba debajo de su camisa de cuadros; tendría veinte
años.
Él
levantó la vista y vio a una chica pequeña, con el pelo casi rubio
recogido en un moño improvisado, grandes ojos castaños y un vestido
corto de golondrinas; tendría dieciocho años.
-¡Oh,
lo siento! ¿Estás bien? -Dijo ella azorada, ahogando un grito en la
garganta, al tiempo que se levantaba y comenzaba a recoger todos los
papeles que habían quedado esparcidos por el suelo.
-Si,
si, yo estoy bien. Vaya, perdona, te lo he tirado todo -Contestó él
agachándose a la vez para coger aquella orgía de apuntes que se
extendía bajo sus pies.
Ella
notó como sus manos se tocaban.
Él
también lo notó y se quedó inmóvil.
Ella
rompió a reír a la vez que echaba la cabeza hacia atrás en un
gesto de total felicidad.
Él
entornó los ojos, molesto por el sol que le daba de lleno en la
cara, y la miró con incredulidad mientras sonreía.
-Pensaba
que estas cosas sólo pasaban en las películas -Rió ella
irónicamente.
-¿Estas
cosas? -Inquirió él, que seguía sonriendo y ya no se miraba la
punta de los zapatos.
-Si,
ya sabes. La chica y el chico que se chocan y tiran todos los papeles
al suelo -Fue su respuesta.
-Ah,
ya veo. Y en una película, ¿Qué pasaría ahora? -Preguntó de
nuevo él, de forma socarrona.
-¿No
es obvio? -Dijo ella ingenua- Nos gustaríamos, pero tú tendrías
una novia y no podría ser. La dejarías y sería genial pero luego
pasaría algo y discutiríamos y parecería que todo ha terminado.
Entonces, en el último momento lo arreglaríamos y seríamos
felices.
Él
se rió muy fuerte.
Ella
pensó que tenía una risa preciosa.
-Parece
que sabes mucho de películas -Observó él sin dejar de reír.
-Bueno,
ya son muchos años dando teatro -Replicó ella sagaz, encantada con
la conversación.
-¿Teatro?
Pues mira, ahora mismo estaban haciendo una obra en la Casa de la
Cultura. Vengo de ensayar. Bien, técnicamente tendría que ensayar
si hoy fuera miércoles, pero no lo es, es viernes -La informó él,
trabándose con las palabras al final, nervioso por haber reconocido
en voz alta que no sabía en que día vivía.
-Pues
si, no es miércoles desde hace dos días ya -Y obvió amablemente su
tartamudeo final-. Precisamente iba para allá, que tengo ensayo en
cuanto termine. ¿Tocas la guitarra?
Él
movió la cabeza en señal de afirmación, contestando una pregunta
que sabía que no necesitaba respuesta, pues la Gibson seguía ahí,
colgada de sus hombros.
-Así
es. Tenemos un grupo montado unos amigos y yo desde hace bastante
tiempo. Belice, nos llamamos. El fin de semana que viene damos un
concierto, aunque llevo un tiempo sin practicar -y le enseñó
tímidamente una cicatriz que recorría su mano izquierda, desde el
pulgar hasta la base de la mano, en forma de media luna-. Un
accidente de tráfico -Dijo, como si necesitase darle aquella
información.
-¡Vaya!
-exclamó ella realmente sorprendida, mostrando a su vez otra
cicatriz muy similar que llevaba en la mano derecha-. Me la hice de
pequeña, no sé muy bien cómo -e ignoró lo del accidente, quizás
a propósito, quizá no.
-¡Menuda
casualidad! ¿Crees que tiene algo que ver con todo este rollo del
fin del mundo? Igual cuando llegue el día veintiuno solamente nos
salvamos los de la cicatriz...¡Los elegidos! -Bromeó él.
Ella
se rió muy fuerte.
Él
pensó que tenía una risa preciosa.
Ella
miró su reloj.
Él
entendió que iba con prisa pero deseó que no tuviera que marcharse.
-Uff,
se me ha hecho tarde -suspiró ella-. Tengo que irme ya si quiero
llegar a tiempo a teatro.
-Claro,
claro -dijo él con fingida indiferencia.
-En
fin, suerte con el concierto ¡Adiós! -Se despidió ella con pesar.
-Si,
si, lo mismo digo...Osea que, adiós a ti también -Murmuró él.
Ella
fue escaleras abajo, hacia el metro.
Él
siguió andando, mirándose la punta de los zapatos.
Ella
sonreía.
Él
también.
Toma de contacto
Vaya, quien me iba a decir a mi que, sin motivo ninguno, un miércoles por la noche me iba a dar por hacerme un blog...
La verdad es que no sé ni por donde empezar, supongo que será como todo, cuestión de práctica y, bueno, puede que, cuando te pasas la vida escribiendo cosas en el word y enseñándoselas a tres o cuatro personas cercanas a ti para ver que les parece (cuando en el fondo desearías que todo el mundo pudiera leerlo) es inevitable que acabes aquí.
Puede también que, sin darme cuenta realmente, de verdad esté cumpliendo los utópicos propósitos de año nuevo. Y no, en realidad no tenía pensado empezar ningún blog (esa idea tan genial se la debo a mi queridisisímo Jelly, que me la acaba de dar) pero si que había fantaseado con publicar mis tres o cuatro relatillos en alguna parte...
En fin, me conformo con que disfrutéis leyéndome la mitad de lo que voy a disfrutar yo escribiendo.
Feliz 2013, y felices propósitos nuevos.
La verdad es que no sé ni por donde empezar, supongo que será como todo, cuestión de práctica y, bueno, puede que, cuando te pasas la vida escribiendo cosas en el word y enseñándoselas a tres o cuatro personas cercanas a ti para ver que les parece (cuando en el fondo desearías que todo el mundo pudiera leerlo) es inevitable que acabes aquí.
Puede también que, sin darme cuenta realmente, de verdad esté cumpliendo los utópicos propósitos de año nuevo. Y no, en realidad no tenía pensado empezar ningún blog (esa idea tan genial se la debo a mi queridisisímo Jelly, que me la acaba de dar) pero si que había fantaseado con publicar mis tres o cuatro relatillos en alguna parte...
En fin, me conformo con que disfrutéis leyéndome la mitad de lo que voy a disfrutar yo escribiendo.
Feliz 2013, y felices propósitos nuevos.
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