miércoles, 2 de julio de 2014

Estudio sobre la evolución del latido en cuatro tiempos.

Mar bravo, olas salvajes, poniente suave, horizonte naranja, luna tímida con olor a lavanda.
El vestido amarillo de ella bailando fogoso; él se acerca y su corbata borgoña entra en ardiente batalla.
La arena fría y suave e impaciente de caricias de primavera. Una retina abandonada que lo cubre todo con una película color sepia.
Besos con sabor a sal y mirarse a los ojos y decir en voz alta TE QUIERO. Risa nerviosa y soprana y de color azul oscuro lleno de estrellas brillantes. Responder TE QUIERO. No es una respuesta, es un enunciado diferente, una nueva afirmación que baila sola.
Una broma, una pamada, más risas de campanas que te hacen pensar en el verano. Besos pálidos de olas solitarias que coinciden y rompen frenéticas contra el acantilado de los dientes. Manos que se Encuentran por primera vez después de haberse encontrado hacía tanto tiempo. Morder el lóbulo de su oreja. Decir a todo que sí. ¿Quiénes somos? Yo soy tuya y tú eres mío pero a la vez somos de nadie; del tiempo y las promesas y los ecos de otros llantos. ¿Siempre? Decir a todo que sí.


Hierba fresca, verde infinito, olor a rayos de sol. Toalla de nailon. El color rosa fresa mezclado con el rojo de su blusa y fundido todo en sus pupilas. La luz que baila al ritmo de una canción que no se escucha.
El metrónomo de su respiración acompasándose al ruido antiguo de las páginas de un libro con un título larguísimo. Sabor a helado de avellana todavía en los labios y en la lengua y en el recuerdo.
Él se despierta, rueda, mueve sus pesadas manos que siguen dormidas.
Ella se ríe, gira, intenta zafarse entre campanillas.
Él le atrapa la cara con las manos y le besa la vida entera. Le besa en cada instante. Instantes diferentes que saben a pomelo. Las llaves de su casa en el bolsillo. LAS llaves de SU casa. Muchos síes, tres o cuatro nos de tanto en tanto. La promesa de una cena para esa noche. ¿A dónde vamos? Estamos juntos. Manuscritos de días del futuro que nos dan miedo justo por eso, porque no los conocemos y van a llegar.
El calor contagioso de saberse tan infinitos pero tan insignificantes al mismo tiempo.


Aceras cubiertas de animosa decadencia o deprimente renovación. Espíritus que tiemblan y se encogen y comienzan a agrietarse. Ambas manos enfundadas en sendos guantes que se entrelazan al bajar por la avenida. El escaparate donde hacía un par de otoños ella se había comprado aquel abrigo camel. Él la recuerda girando y girando y riendo entre espejos, dentro de abrigos de mil colores diferentes. Debió quedar olvidado en algún banco de la bahía. ¿Qué es eso? Miedo que nace en forma de lágrima que se congela y se vuelve estalactita de diamante. El aire huele a castañas y a palabras incendiadas. ¿Has dicho algo? No has podido oírme gritando en silencio, con la boca abierta y furiosa y los puños apretados pero sin dejar de soltarte la mano. Recuerdo cuando... He olvidado muchas cosas. Una sonrisa cómplice que muere sin haber siquiera aparecido. La presa de sus dedos que se afloja. Aún así ella pasa el brazo por su cintura y le mira con un amor añejo que sabe a buen vino. Empieza a llover y se abrazan bajo el paraguas comprado en un viaje a Florencia. Cómo no iba a querer besarte si tienes la sonrisa más profunda que he visto nunca, ninfa de los dientes de mozzarella.


Cae el cielo despedazado y caen los corazones descorazonados y caen poco a poco las horas. El viento frío se cuela en las buhardillas y en los párpados y para combatirlo ella llora lágrimas ardientes que pesan cien siglos y le queman las mejillas.
Jamás he amado a nadie tanto como te amo a ti.
¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Muchas vidas, muchísimas noches.
Debían ser las quiero arroparme con tu piel todas las lunas cuando nos conocimos, pero ya oscurece y tú te vas de este rincón tan exquisito a otro universo. ¿Me has querido? No es una pregunta para mí, sino para ti; yo siempre he querido tus ojos de uva. Estamos solos en la playa, ¿nos ves?, y nos devora la espuma. Te he querido tanto diminuta maga de las oraciones subordinadas. Recuerdo todas las burbujas que bailaban contigo cuando saltabas al agua con tu sonrisa perezosa. Yo aún oigo los ecos de cada vez que te has reído; escucho el ruido de la primera vez que brindamos con copas llenas de champán; ahora tengo que irme. No vas a volver. Lo sé. Sin ti el tiempo me parece confuso y oscuro, ¿a dónde vas? No lo sé, a buscarme en el momento en que nos conocimos supongo. Debió ser ahí cuándo me perdí, entre tus brazos. No podré esperarte. No lo hagas, pero si alguna vez tú también vuelves a aquel momento, a aquella noche de bailes y fuegos artificiales, búscame que yo estaré en alguna parte, echándote de menos.


ESTUDIO SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL LATIDO EN CUATRO TIEMPOS

martes, 20 de mayo de 2014

La noche más larga

El tren iba deprisa; dejaba rápidamente atrás casas, árboles, parques, recuerdos, soles, tardes, noches… En el hilo musical se oía, de manera casi imperceptible, Belle & Sebastian. Él llevaba en la mano su billete, de ida. Lo movía y lo giraba sin parar, nervioso; las lágrimas aflorando a sus ojos. Cuando le comenzaba a temblar el labio lo atrapaba con sus dientes, entre reproches, como un niño al que acaban de pillar con las manos en la masa. De un súbito parpadeo dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Eran lágrimas de mar, calmadas pero que vaticinaban pronta tormenta. Las enjugó con el dorso de la mano libre, mientras en la otra el maltrecho billete perdía su paralelismo y se iba convirtiendo, poco a poco, en un fútil papel arrugado. Para cuando llegó el revisor, la angustia había dejado paso al desasosiego, y no comprendió el porqué del indecible billete. El hombre, con su oscuro y sobrio traje de revisor, se quedó mirándolo: sus ojeras, que acentuaban sus ojos marrones, los cuales yo juraría haber visto verdes en alguna ocasión, el pelo negro y desordenado, la camiseta de The Velvet Underground, arrugada como resultado de pasar días en el fondo del armario. No hablaba; se le había roto la voz. Al no saber eso, el revisor lo halló especialmente antipático. Él siguió su camino, tren arriba, como cada día; y dejó al joven de los ojos tristes solo. Otra vez. Apoyó la mano en la ventana. El cristal estaba insultantemente frío. Recordaba que al dejar el andén caía sobre los hombros un sol ardiente. Ella no había aparecido, aunque tampoco lo había esperado. La semana anterior no los separaba nada. Ahora lo hacían un par de pueblos. Dentro de unos días sería un océano entero y los infinitos segundos entre aquel momento y su último adiós. Es curioso, pensó, cómo un instante puede resultarnos tan real y tan cercano y que sin embargo no vaya a repetirse jamás. Es curiosa la consciencia que tenemos de desplazarnos en el espacio y sin embargo el humillante desprecio que sentimos al pasar impasibles por el tiempo. Hace apenas una hora estaba en Valencia, en la estación. Lo recuerdo; ha pasado. Pero se ha acabado. Existía pero ya no volverá a existir. E, igual que este, todos los instantes que quedan por llegar los dejaré atrás. El tiempo se marchita. Estamos abocados, de forma insalvable, a la nada; a ser el eco de recuerdos en el tiempo y desaparecer después, cuando hayamos caducado. Un momento pasa y se pierde para siempre, y yo no puedo hacer nada; se recriminó en silencio; no pude hacer nada. Pero ya no hablaba del tiempo, sino de ella, la que había sido el amor de su vida y no volvería a serlo más.Conforme fue cayendo la noche fueron cayendo los abanicos de sus pestañas y a Jorge le arrastró lejos de la corriente de sus pensamientos un sueño infinito.

Años más tarde, cuando el pasado había caído en el olvido sin oportunidad de ser rescatado, Jorge abrió la ventana de su entonces nueva y más tarde vieja casa a las afueras de Yorkshire. Lo saludó una fría mañana bañada de colores y el exultante aroma que tenía la Nada. Besó a Hellen, su mujer. La había conocido tiempo atrás, poco después de su llegada a Reino Unido, en el hostal en el que él se alojó y donde ella trabajaba. Ahora Jorge era Community Manager y, como ganaban suficiente dinero, Hellen por fin se había decidido a montar un restaurante. También besó a los niños, que seguían profundamente dormidos. Apenas acababa de amanecer, pero el trabajo estaba lejos y Jorge prefería coger el tren. Le encantaban los trenes. A su primera novia la había conocido en la estación, cuando él volvía de un viaje cargado de maletas y ella, que era activista de cruz roja, no tuvo ningún miramiento en pararle en mitad del andén, incluso aunque estuviese cargado y mantuviera el equilibrio con gran dificultad. También se despidieron allí por última vez, aunque ya nunca pensaba en eso. Era temprano cuando llegó a la estación, lejos del centro y lejos de su casa y lejos de cualquier sitio que pudiese ser catalogado como “sitio”. Pese a estar en mitad de la nada, Jorge la prefería. El silencio no existe. Es un invento, un refugio metalingüístico para los que temen a la nada. Porque el silencio no es más que eso, Nada. Y la Nada, aunque suela negarse, es algo. Y a Jorge le gustaba ese ruido al que todos llamaban silencio. Llegó el tren, levantando ventoleras y haciendo alborotar a las palomas; consiguiendo que los hombres que esperaban apretasen su maletín con fuerza y diesen un paso atrás, sin pararse por un segundo a contemplar la belleza de aquel momento de la madrugada. Casi todos tenían un móvil en la mano. Jorge pensó que se estaban perdiendo muchas cosas, que probablemente pensasen peor, o como mínimo que pensasen menos. Se sentó y cerró los ojos, y mecido por el tren llegó al centro de la ciudad. Hubo alguien sentado en los bancos de enfrente de la estación que, de repente, le llamó la atención. No fue alguien, fue su vestido rojo, sus zapatos rojos y su bolso rojo. Fue ella.
—Hola.
Lo dijo con la misma boca de fresa que besó la última vez en un recuerdo que había olvidado.

El silencio existía, y era atronador.





jueves, 16 de enero de 2014

La historia de nuestros días.

Prólogo


Clara se sentó por fin frente a la máquina de escribir que acababa de agenciarse, con la historia, absolutamente tangible, bullendo por todo su cuerpo. Estaba ansiosa, casi temblaba. Podía sentir como en su mente no dejaban de repetirse una y otra vez las palabras con las que pensaba empezarla. Su historia, la que tanto tiempo llevaba buscando.

Frotó las palmas de las manos contra su pantalón vaquero sin dejar de mirar la máquina, más por nervios que por entrar en calor. Metió el primer folio. La ventana abierta del estudio dejaba entrar hasta el último ruido del último recoveco de la ciudad de Valencia. Ayer le hubieran molestado, pero hoy los sentía sólo como una ligera canción de cuna, que bailaba a su alrededor sin llegar a perturbarla nunca.

Tecleó “La historia de nuestros días” y contempló la hoja casi en blanco, saboreando su superficie inmaculada y la inminencia de lo que estaba a punto de ocurrir.

Se subió las mangas. Agitó los dedos de los pies en sus zapatos. Se crujió los dedos de las manos y se abalanzó sobre el teclado, en el justo momento en que sonó su teléfono.

— Oh Dios, no, no, no… Oh Dios, no…  —Clara se levantó precipitada hacia el teléfono, semi en trance, con la angustia de olvidarlo todo asentada en la garganta — ¿Pero dónde está el maldito teléfono?

En su atropello tropezó con sus propios pies en la alfombra y cayó al suelo; encontró el móvil justo debajo de su chaqueta.

— ¿Quién?  — tronó.
— Eh… hola. Soy Marcos, el chico del tren. Tengo tu libro; ¿llamo en mal momento?

A Clara se le escapó un suspiro, una sonrisa y un murmullo nervioso.

lunes, 9 de diciembre de 2013

La increíble pero cierta historia sobre el día en que por fin se abrió el baúl.

Aquella tarde de lluvia deslizó su cuerpo cansado hacia arriba, hacia el desván. Se arrastraba más que andaba en un infinito intento de mantenerse despierta, y era ya más sueño que realidad cuándo se encontró por fin en aquel cuarto oscuro, bañado por tímidos rayos de luz repletos de polvo que una vez fue bailarina. Tosió y su eco sonó acompasado al ritmo del agua sobre las tejas, y el polvo pareció amoldarse a este nuevo compás, moviéndose frenético con cada estertor. Todo el cuarto era un quejido de perro viejo y un lamento de niño abandonado, y apenas pudo evocar la última vez que estuvo allí. Si es que alguna vez había estado.


Entre los esqueletos de muebles antiguos y sábanas raídas, entre las voces lejanas de fantasmas centenarios, apareció un baúl. No era demasiado grande, ni demasiado bonito, ni demasiado vistoso. De hecho era el baúl menos llamativo que recordaba haber visto; y sin embargo sus pies siguieron deslizándose hacia él, tenaces. En un momento dado, poco antes del baúl, dejó de deslizarse, pues recordemos que ya no andaba, y casi empezó a flotar, pluma de hierro u hoja de metal atraída con fuerza por el magnetismo de la caja.


Sus dedos ligeros de pianista de porcelana se pasearon curiosos por la rugosa tapa, hasta dar con una muesca por la que se introdujo con celeridad, para levantarla. Sus ojos de cierva elegante se redondearon como lunas cuando del baúl abierto salieron decenas, quizás cientos de mariposas de un añejo color naranja, pequeñas alas de pergamino. Batidas con fuerza fueron deshaciéndose en el aire tras años de letargo, y sus restos de vida incandescente fueron a posarse, delicados, sobre los hombros de ella. De su nariz escapó un estornudo. Bailaron con el polvo los restos de alguna mariposa.


Asomó al abismo del baúl, esperando cualquier cosa. Cualquier cosa excepto la banalidad de aquellos cuadernos, más ancianos probablemente que el mismo Tiempo. Bajo la tapa, en letras garabateadas con prisa, de una profunda tinta negra, cuatro palabras: El baúl de Sara.


No sin cierto temor, metió la mano en aquella garganta y sacó un cuaderno al azar. Era azul, un azul grisáceo, azul del cielo cuándo se estrella contra los bordillos en días de niebla. No era mucho más grande que la palma de su mano. Pasó un par de páginas, Fragmentos de teatro; un par de páginas más, y encontró el primer relato. El primero de muchos de los días de lluvia que seguirían.


Fermín cruzaba las calles desiertas, acompañado sólo del viento y vistiendo todavía su traje de payaso. En otros tiempos, no hacía tanto, había sido sin duda motivo de orgullo, pero hoy parecía más bien que el traje le llevaba a él, y no al revés. Había perdido el brillo, y los colores eran ya un lejano recuerdo de lo que fueron.


Caminaba con las manos en los bolsillos y la mirada gacha, propia del payaso triste que nunca había sido, y la ciudad sólo le devolvía el eco de sus propios pasos.


Fermín lloraba lágrimas amargas, que caían veloces por sus coloreadas mejillas, en las que aparecieron de repente mil caminos de raíces acuosas y transparentes.
Toda la rabia que nadaba en su cuerpo se convirtió en enjambre colérico y voló hasta los dedos de sus pies; furioso pateó una piedra blanca del camino con la punta de sus enormes y desteñidos zapatos.


De pronto, para asombro de Fermín, cuya boca delineada con carmín liberó un suspiro sorprendido, la piedra que se levantó en el aire lo hizo para no volver a tocar el suelo, y su rugosa superficie se convirtió en blanca flor, y esta en ligera pluma.


Era sin duda la pluma más hipnotizante que el payaso había visto. Hizo un par de cabriolas en el aire para terminar posándose en su nariz escarlata. Fermín bizqueó los ojos e intentó atraparla.


Su mano se cerró, vacía, en el aire.


Una ansiedad descorazonada se apoderó de él, corzo enervado por el ruido de las horas. Se descubrió anhelando acariciar aquella pluma entre los dedos. En cuestión de segundos, su mente la había convertido en objeto de todos sus deseos. Allí estaban, ambos danzando en una lucha coreografiada, alejándose y acercándose, rompiéndose en cada inexistente embestida. Fermín se adentró por las calles; el payaso que una vez había sido hombre persiguiendo a la pluma que una vez había sido piedra. Conseguía tenerla a un instante de sus dedos, y justo entonces, cuando parecía que podría atraparla, volvía a alejarse bailando, dejando claro que nunca, nunca, nunca, pasase lo que pasase, podría alcanzarla, que jamás lograría siquiera rozarla.


Pasaron horas antes de que el payaso, con un cielo sobre su cabeza que le pareció de plomo, decidiera darse media vuelta y marchar hacia su inexistente destino, simplemente vagando sin rumbo por aquellas calles de soledad. Pero al hacerlo, pudo ver de reojo como la pluma se paraba y comenzaba a seguirlo. Cada vez que se giraba, pensando que, quizás, despistada, podía atraparla, ésta comenzaba a revolotear de nuevo, intentando atraer al payaso otra vez hasta su infinito juego de roces imperceptibles.


Finalmente, la pluma también comprendió que no podría mantener a Fermín en el fuego de aquel tira y afloja para el resto de sus segundos. Y entonces ambos entendieron que podían estar juntos siempre que la pluma no huyese y que el payaso no intentase atraparla. Podrían andar uno al lado del otro, ella apoyándose ligeramente sobre sus dedos o sus hombros. Un contacto ínfimo en aquella hiedra infinita que los había ligado a los dos, tan juntos.


Siguieron andando, tocándose ligeramente, sin miedos o provocaciones, hasta que los vientos de la noche acogieron a Fermín en sus entrañas y lo convirtieron en mil plumas de colores, que bailaron eternamente alrededor de una pequeña pluma blanca.


Apenas ocupaba un par de páginas,así que siguió leyendo, acariciando las hojas como si pudiera notar todas las plumas deslizándose sobre sus largos brazos de petirrojo.

El siguiente relato hablaba de un soldadito de plomo que, aún habiendo nacido soldado, cada noche soñaba con ser funambulista y se escapaba de su caja para hacer equilibrios sobre los finos hilos de luz que tejía la luna entre los balcones.

Ante aquellas páginas la descubrió la noche; el sueño la venció y se la llevó con él, meciéndola en su cuna de estrellas y cerrando aquellos párpados pesados sobre sus ojos de cierva.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La última copa

   Michael era escritor. Vivía en una buhardilla cerca de Monmartre, le gustaba el color amarillo y siempre llevaba sombrero. Últimamente, antes de dormir, solía tomarse una copa de vino para llegar a la cama algo menos enfadado con el mundo; y es que hacía meses que Michael no podía escribir. Incluso tuvo que recuperar su primer trabajo en la capital, como pianista en un burdel, para seguir pagando su alojamiento. Pero aquella noche no había vino y Michael decidió perderse por las calles.

   De repente un "perdona". Ella era joven. Él no sabía que acababa de encontrarse con su historia.


domingo, 20 de octubre de 2013

Puerta de embarque número 33

  Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión; cuándo aterrizasen ya sería de noche. Daba igual, no habría ningún familiar insomne esperándole en el aeropuerto.

Santiago Espósito cerró su ventanilla preparándose para trece horas de vuelo. La mujer sentada a su lado lo miró con furia y encendió la luz de lectura con gesto indignado. Después de 20 años de ingrato trabajo, dos divorcios, una mala relación con su único hijo y varias reflexiones acerca del suicidio, Santiago no pudo más que resoplar con indiferencia: le encantaba volar, aunque quizá sólo fuera porque odiaba la tierra, donde todo le recordaba lo mediocre que era. Saboreó ese pensamiento, le encantaba volar. Era lo único que, aunque tampoco feliz, no le hacía más infeliz. En su mente tomó fuerza una idea de la que ya se había contagiado hacía mucho, como un virus. Pulsó el botón de llamada y una azafata sinuosa se acercó contoneándose.

-Un whisky, por favor. Que sea doble.

Tanteó en su equipaje de mano hasta hallar lo que andaba buscando, tomó su whisky y, con media sonrisa burlona, sólo le entristeció no poder ver la cara de su compañera de vuelo cuando se diera cuenta de que llevaba trece horas viajando al lado de un cadáver.


domingo, 18 de agosto de 2013

El paraíso era un andén

Desde el andén en que convertimos este callejón hasta la zona residencial que es ahora han pasado quince años. 
Nunca fue un andén, pero en nuestra juventud a todo le añadíamos un poco de magia. Ahora volveremos a encontrarnos, y mentiría si dijese que no siento un poco de miedo. La última vez que los vi, Pedro, mi mejor amigo, se marchaba a Rusia; Asier, el amor de mi vida, iba a casarse con aquella chica de la universidad -sus últimas palabras para mi “Si mañana se acaba el mundo, recuerda que te quiero”; a Diana acababan de despedirla... Hubo un camino para cada uno.

No recuerdo cuándo los vi por primera vez, aunque tampoco la vez en que dijimos un hasta luego que después resultó ser un adiós. Simplemente nos fuimos difuminando entre los días. La vida pasó tan rápido que no tuvimos tiempo para echarnos de menos. Hasta hoy. Y por eso estoy aquí de nuevo, esperando como antes me esperaban a mí, pero sin saber bien qué esperar.


Veo a Estela a lo lejos; ya llega. Un cruce de miradas y vuelve a ser ayer y vuelven todos los recuerdos. 




jueves, 15 de agosto de 2013

Carta en verso a todas mis catástrofes.

1-
Soy nutricionista, y cuento las calorías de cada comida;
soy cirujana, y me extirpo la angustia con cada corte;
soy política, y miento y todo el mundo cree que como;
soy ladrona, y me deslizo sigilosa hasta el baño para vomitar;
soy oculista, y trato de convencerme ante los espejos de que no es posible estar tan gorda;
soy psicóloga, y me desdoblo para darme consejos a mí misma;
soy entrenadora, y cada mañana me obligo a buscar tres motivos para no querer morir;
soy cocinera, y sé de memoria que ingredientes lleva cada plato.

Soy frío.
Soy hambre.
Soy suspiros.
Soy mentiras.
Soy un universo.
Soy una niña que se ha perdido en la playa y a la que no llaman por megafonía.


2-
Me tinté el pelo,
me corté el flequillo,
me hice un piercing
y compré ropa nueva

Todo con la esperanza
de poder arreglar un poco
el desastre de persona
en que me había convertido

Pero continúa todo igual
y el espejo sigue devolviéndome
un reflejo que odio con toda mi alma.

Tocarme es una tortura.
Verme es una tortura.
Sentirme es una tortura.


3-
Ella dijo que no era bulímica,
que era, sin embargo, bulimista,
yo la miré con ojos de fuego,
más hirientes si cabe
que aquello que yo tenía y ella adoraba.


4-
El despertar equivalía siempre a la muerte
el despertar equivalía siempre a la derrota
y mi vida entera era despertar
porque mi vida era
muerte y derrota.


5-
Significa verlo todo de color azul
es el color que siempre había relacionado con el frío
y era frío lo único que sentía en aquel entonces.

No era un frío externo
no podías calmarlo con una manta
no podías calentarlo a la danza de las llamas.

Era un frío que bailaba con mis huesos
que me hacía sentir frágil
era un frío hecho de cristales.

Aún hoy echo de menos ese frío
cuando contemplo mi totalidad frente al espejo.





6-
De vez en cuando perdía el control
aquel control
que yo me esforzaba tanto en mantener

Pero era imposible,
al final siempre flaqueaba
con mayor o menor frecuencia.

Entonces me escondía en la cocina
lloraba asco y vergüenza
y lo devoraba todo en cuestión de segundos.

Pasaba rápido, apenas sí
tenía tiempo de pensar en lo que hacía,
era mejor. Hubiera muerto ahí mismo.

Entonces me miraba
como me estoy mirando ahora
y deseaba volatilizarme, desaparecer.

Y llegaba ella reencarnada en cualquiera de sus formas:
culpabilidad, ansiedad, depresión, furia...
Nosotras también la llamábamos Ana.


7-
No son los ojos que me miran
los que me hunden hacia la finitud de mi existencia.

Son estos ojos, mis propios ojos
los que detestaban cada centímetro de mi persona.

Y ya no basta con la alta perfección,
sólo cuenta si la perfección es absoluta.


8-
Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cincuenta y cuatro
(Sólo uno más y paro)

Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cincuenta y uno
(Sólo uno más y paro)

Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cuarenta y ocho
(Ya no podré parar nunca)


9-
A menudo pensaba en el suicidio;
no era un castigo,
era una redención.

La vida era todo lo que no me gustaba
y parecía no tener nada bueno que ofrecerme,
perdía la paciencia esperando ver salir el sol.





Alguien está cantando a lo lejos cumpleaños feliz.
Es todo lo que era y lo que no quiero volver a ser jamás. Pero que difícil. 

domingo, 2 de junio de 2013

GRADUACIÓN

Buenas tardes y bienvenidos todos, padres, madres, profesores, equipo directivo, amigos y alumnos de bachiller que hoy nos graduamos, por fin:

Para no crearos falsas expectativas, no voy a aseguraros que seremos breves, aunque confieso que he estado tentada de imitar a Dalí, a quien se le atribuye el magnífico discurso que reza "Seré breve, ya he terminado". Pero no, lo siento, nos vais a tener que escuchar.

Sé que parece que el mundo se está desmoronando ahí fuera, pero es realmente un gran momento en nuestras vidas para volvernos un poco locos, para ser ambiciosos. Ahora toca elegir, y las elecciones son duras. Al fin y al cabo, la vida es una improvisación, y no siempre tenemos las opciones que nos gustaría. Por eso es duro. Por eso y porque elegir significa también renunciar; no tenemos ni idea de lo que pasará después, y la mayoría de las veces iremos haciendo a la vez que vamos avanzando, pero aún así no podemos dejar que nuestros miedos arrollen nuestros deseos, no podemos ponernos barreras a nosotros mismos. Va a haber barreras, es cierto, pero dejemos que sean barreras externas, porque son las que nos pone la vida las barreras que podemos superar, siempre que creamos en nosotros. Es llegados a este punto cuándo debemos acordarnos de esta etapa que se cierra, como un ciclo. Y si, es triste, porque aquí hemos crecido, hemos vivido y convivido. Entramos siendo unos niños que hoy dejan de serlo y se preparan para una nueva etapa, otra que, obviamente, también se acabará, como esta. Pero bien mirado, eso es lo bueno de las etapas, que son finitas, que tienen fin; pues con cada una de ellas nos alzamos más preparados para el futuro, porque no podemos mirar el futuro si nos olvidamos del pasado, porque el pasado nos hace ser quien somos y a partir de ahora este será nuestro pasado. Así, con el fin de cada ciclo, estaremos más cerca de, cómo dijo el poeta griego Constantino Cavafis, nuestra Ítaca, y es que nunca sabremos de qué somos capaces hasta que lo intentemos.

Hoy estamos aquí sentados como alumnos que dicen adiós, como profesores que dicen adiós. Sólo seremos un instante más en la historia de este instituto e incluso a la larga este momento sólo será un instante más en la historia de nuestras vidas. Y sin embargo, que miedo da ser conscientes de que esto se acaba, la inminencia da miedo y el cambio da miedo. Sobre todo cuando dejamos atrás algo que nos es tan familiar como respirar.

Han pasado tantas cosas estos 6 años que necesitaríamos tres graduaciones más para contarlas todas. Es curioso cómo los caminos se cruzan y hemos terminado abrazando, admirando y queriendo a gente que un día, hace no tanto tiempo, era solamente un desconocido. Pero ahora esto se acaba. Muchos de nosotros seguiremos viéndonos mañana, hablando de un mañana metafórico por supuesto, pero otros nos perderemos por el camino, como una gota más en un vaso lleno de agua, y pasaremos a ser simplemente un recuerdo en la mente de alguien, con quien quizá crucemos alguna mirada fugaz si volvemos a encontrarnos.

Puede que en esta promoción esté el futuro descubridor de la cura contra el cáncer, o la futura presidenta del gobierno, o simplemente alguien normal que sabe ayudar a quienes le rodean. Sea como fuere, por su paciencia, por su cariño y por todo, le damos las gracias a todos los profesores y profesoras, porque este colegio nos ha dado mucho y, aunque nunca volviéramos a vernos, siempre estaremos unidos por algo: el orgullo de ser estudiantes del Camp de Morvedre.

 

Este instituto queda como testigo mudo de nuestros cambios; él sigue igual que cuando llegamos -aunque podaron la higuera (los de 3ºC recordaréis el terrible lamento de Andrés Pau), han cerrado zonas y ya son imposibles aquellas 'escapaditas' en algunas clases o incluso las guerras de agua a la hora del comedor...)-pero nosotros, como alumnos, hemos crecido, y estábamos ahí, juntos, cuando empezamos a recorrer el camino de la adolescencia, que es muy duro. ¿Quién no se acuerda de los primeros amores, los primeros desengaños, las chicas que ya parecíamos más chicas, o los chicos, que empezábais a tener una leve barba con la que no sabíais que hacer? Aquí hemos conocido a aquellos que ahora son nuestra tierra firme, nuestra estrella polar.


Y por fin llegó lo que todos estábamos esperando. El gran día. Nuestra graduación. Suena tan importante, y tan definitivo… no sé si habrá alguien más que todavía no pueda creérselo. Atrás quedan ya aquellas mañanas de tres horas en las que parecía que nunca iba a tocar la sirena, atrás quedan ya las angustias de la semana de exámenes, o esos cincos pelados que se conseguían con tanto esfuerzo que sabían a dieces.

Esto es algo demasiado grande como para intentar expresarlo con palabras, aquí se quedan los primeros años de nuestra carrera hacia el futuro, y me alegro de haberlos podido compartir con todos vosotros. Cada uno de los alumnos aquí presentes hoy es una pieza fundamental de este periodo, y todos hemos aportado algo, nuestro granito de arena, nuestra marca particular, que nos ha hecho a todos mejorar; porque de eso se trata, de poner todo lo bueno que tenemos y compartirlo con los demás.

También ha habido momentos malos -o no tan buenos, lo que preferáis- y hemos llorado, hemos aprendido que la vida a veces nos da palos, que da pero que también quita... hemos perdido a gente que un día empezó este mismo camino con nosotros y que desearíamos que estuviera hoy aquí... Ha sido duro, pero no nos hemos dejado vencer, nos hemos superado, de eso se trata, y estamos segura de que algún día, si volvemos a encontrarnos, cualquier cosa pasada aquí nos parecerá maravillosa; y algún día, si volvemos a encontrarnos, empezaremos nuestra frase con un "¿Te acuerdas de cuando..?" Y romperemos a reír, quizá con un tono un tanto nostálgico, pero reiremos.

En definitiva, han pasado los años y hemos logrado sobrevivir, llegar a nuestra meta, ser graduados, y estamos todos aquí sentados, juntos como siempre, quizás por última vez. Estamos aquí sentados dispuestos a enfrentarnos al mundo, con un rotundo sí, porque nuestro instituto nos ha hecho pasar de niños y niñas a hombres y mujeres dueños de nosotros mismos, responsables y libres. La educación que nuestros esforzados profesores nos han dado nos convierte en personas con iniciativa, con futuro, con ganas de cambiar el mundo a mejor, es decir, personas en el más puro sentido de la palabra. Gracias a ellos sabemos que podemos conseguir todo lo que queramos con esfuerzo y dedicación.

No nos queda más que mirar hacia delante, porque después de esta noche -esta última noche- y un pequeño esfuerzo más que nos supone la selectividad, nos está esperando el mundo, glorioso, deseando que lo aprovechemos. Y ahora, como la última hoja que cae en otoño, como las últimas nieves que se derriten en primavera, como la última página de un libro, como las notas finales de una canción, esto se acaba.

GRACIAS

domingo, 12 de mayo de 2013

Desenfoque

Ojos negros como pozos infinitos
mirada descarriada de locura amarga
sobre tus hombros una enorme carga
y tú y yo aún más distintos

Ebrios vapores de la noche enfurecida
a los que te abrazas con desidia
te acunas en su fermentada caricia
en una entrega de tu mente desmedida

Y por las mañanas el mundo se deshace
y por las tardes el mundo te acobarda
y por las noches otra vez ojos negros de azabache

Asustado ante el universo que se agranda
deja de vagar por sendas kamikazes
vuelve a aquel recuerdo que te extraña 

HISTORIAS ATRAPADAS EN UN CHARCO DE LLUVIA

PELDAÑOS (II)




Quebraban albores y una luz mortecina de sábado ceniciento recorría curiosa y juguetona cada recoveco de mi habitación, incluso el más secreto, dotándolo todo de una atmósfera etérea que amorataba las paredes blanco hueso del cuarto; las cortinas de color verde oliva bailaban al ritmo frenético de la brisa caprichosa.
Me erguí sobre un codo y contemplé algo que bien podía resumir como Caos: Caos en los apuntes que dormían abrigando el escritorio, Caos en la amalgama de ropa que invadía la butaca de la esquina, Caos en las mochilas, bolsas y zapatos que cubrían -y casi escondían- un suelo de parqué, Caos en las constantes cruces que llevaban la cuenta de los días en el calendario... Las vistas eran buenas, muy buenas de hecho, había que reconocerlo. No tanto como las de aquella casa de Ashbourne, o esa otra en la que estuvimos sólo un par de semanas desde la que se veían el mar y un imponente y protector faro, ¿Dónde estaba? ¿A Coruña? Creo que si, la Torre de Hércules se llamaba; pero en fin, estas tampoco estaban nada mal. Mi ventana se convertía -sobre todo a estas horas enturbiadas de la madrugada- en un mirador que mostraba tímido todos los encantos de Isle of Skye, montañas enteras luciendo sus majestuosas capas verdes e infinitas y un cielo gris tormenta que por las mañanas le mordía a una las mejillas. El colegio más cercano estaba a tres cuartos de hora en autobús, aunque después de más mudanzas de las que quería recordar había decidido estudiar en casa. Mamá decía que era lo mejor. Yo lo dudaba, pero estaba cansada. Cuándo bajaba al comedor a reclamar por mi vida social, atrofiada y agonizante, ella se escondía detrás de sus copas de cristal de bohemia importadas desde Italia y murmuraba,

-Rebeca cielo, deja de revolotear y sube a cambiarte, van a llegar los señores Murray y quiero que todo esté perfecto.

Y así zanjaba el tema; siempre había unos señores Murray o Romero o Cuicchi para los que todo tenía que estar perfecto; aunque en el fondo todo estuviera desmedidamente imperfecto. Mi padre no tocaba el tema. Haz lo que prefieras, decía. Nunca estaba en casa, y cuando lo estaba era sentado en aquel sillón granate con aire de suficiencia que había recorrido medio mundo. Se dejaba caer, suspiraba, un suspiro profundo cuya finalidad era alejarse del día, y se escondía detrás de un periódico que le dejaba los dedos manchados de tinta. Cuando venían los señores Tal de turno, se lavaba las manos y, despistado y dócil, se dejaba guiar por las manos expertas de mi madre, que le anudaban la corbata caldera, preparaban diestramente la mesa y azuzaban con fiereza a la pobre Pancha Gómez, que defendía su cocina. Pancha era la señora del servicio, era sudamericana, siempre eran sudamericanas. Había llegado a escocia hacía más de treinta años, pero su acento era pésimo y cuando hablaba -tanto en inglés como en castellano- su barbilla temblaba compungida por la edad y sus ojos brillaban con la sabiduría de diez lustros. Me caía bien esta Pancha. Me atrevería a decir que incluso mejor que mi madre. No la quería más pero me caía mejor. No soportaba a mi madre, de veras.

Napoleón, un gato callejero tiznado de negro que había encontrado durante un paseo extraviado que me llevó al Trastevere, en la época que pasamos en Roma, se desperezó a los pies de mi cama de sabanas eternas. Adoraba ese gato. Todo cambiaba, no parábamos, era una desconocida en cualquier sitio, pero Napoleón siempre seguía a los pies de cualquiera de mis camas, desperezándose por las mañanas con una boca que anhelaba la fauce del león. Le llamé Napoleón porque tenía problemas de estómago, como dicen que le pasaba al emperador -al parecer ese era el verdadero motivo de que saliese con la mano reposando en el abdomen en casi todas sus pinturas-. Lo tomé en brazos y me levanté, y las sábanas eternas resbalaron por mi cuerpo y cayeron al suelo, contribuyendo un poco más a aumentar el caótico caos.

Dejé que las cortinas siguieran danzando y taché con un rotulador verde el día 21. Aquel mes todos los días eran verdes, y el mes anterior y el anterior. No solía pasar con frecuencia, un trimestre entero tachado con el mismo color. Acostumbro a cambiar de rotulador cada vez que nos mudamos, y así consigo un esquema cromático bastante exacto. Es por eso que mi calendario termina siempre pareciendo los restos desordenados de una lucha entre arco iris.

Bajé descalza las escaleras, con el gato en brazos, sólo porque sabía que mi madre lo detestaría. Quizás así consiguiera algo más que un “Rebeca recoge tu habitación que va a llegar el señor Atchinson y quiero que esté todo perfecto”. El señor Atchinson era mi profesor de piano; venía todas las mañanas de sábado y pasaba conmigo dos horas tempestuosas en las que me taladraba con su acento escocés. Mi madre -aquella que apenas me daba un beso de buenos días por las mañanas- se había empeñado años atrás en que aprendiese piano, al parecer era algo refinado y de muy buen gusto. Así que bajé y allí estaba Adela, mi madre, con su melena rubia, polioperada, ojos zafiro y aquella bata de seda rosa que tanto le gustaba.

-Rebeca cielo, mil veces te he dicho ya que te pongas las zapatillas para estar por casa, ¿Qué va a pensar Pancha de ti si te ve así? Por el amor hermoso Rebeca cielo, ¿Dónde va a pensar que te has criado?
-Buenos días a ti también mamá. ¿Y papá?
-Está leyendo el periódico, no le molestes hija -efectivamente ahí estaba mi padre, hundido en su sillón y enfrascado en la lectura-. Por cierto -e hizo una breve pausa dramática muy típica en ella- hoy no viene el señor Atchinson.
-¿Y eso? -me estaba poniendo un poco nerviosa, mi madre era con los horarios de un riguroso exquisito-.
-Tenemos que hablar de unos asuntillos, nada serio, un par de asuntillos.

Se me vino el mundo encima. Un par de asuntillos. Cada vez que mi madre decía esa frase la casa se envolvía en un frenesí que significaba que nos volvíamos a mudar. Me quedé lívida, blanca como la luna. El silencio debió ser tan tenso que Pierre, mi padre, asomó su cara engalanada con bigote francés por un lado del periódico y se vio obligado a concretar,

-Nos volvemos a mudar hija; han salido negocios importantes en Alemania, así que nos vamos.

Lo sabía. Tenía que pasar. Demasiado tiempo llevábamos ya aquí, ahora que me estaba acostumbrando, y que medio conocía a unas cuantas chicas del taller de corte -si, mi madre también pensaba que la costura era algo refinado y de muy buen gusto-. No me dolía dejarlas a ellas, pero me había supuesto un esfuerzo tan grande acercarme a hablarles ¡Romper mi círculo de marginada era algo que me costaba! Pero a ella le daba igual. Suponía que si se había casado con papá era por eso. Él era jefe de distribución: proveía hoteles, perfumerías particulares... No paraba, su casa era el mundo, y el mundo lo entendía y lo respetaba, y mamá adoraba ser adorada allá dónde pisaba, se comía con la mirada cada salón en cuanto llegaba, se los metía en el bolsillo, le encantaba que le bailaran el agua. A mi me costaba. No es que fuera tímida, es que había aprendido que con tanto ajetreo era mejor no encariñarse con la gente, porque entonces cada despedida era peor, y llegó un momento en el que me levanté una mañana y, por pura inercia, dejé de querer caerle bien a los demás. Ni bien ni mal. Me sentaba en una esquina en el fondo de la clase y dejaba que mi lacia melena negra me escondiese de los demás y me hiciera pasar desapercibida, y sólo de vez en cuando me echaba el pelo detrás de la oreja dejando al descubierto una mejilla cetrina y unos ojos color aceituna. Alemania. Uau. En fin.

-Voy a decirle a Pancha que me haga unas tostadas -dije desganada-
-Bien cielo, y luego coge las cajas que hay en el trastero y ves guardando tus cosas, son unas preciosas de color coral con mariposas, te van a encantar -contestó mientras se alejaba-

Prácticamente había desempaquetado todo hacía una semana, soñando con un poco de rutina, que rabia.

-¿Tengo que empezar ya? ¿No puedo aprovechar la mañana? Se ha quedado un sábado precioso, ¿cuándo nos vamos?
-Mañana -canturreó desde el baño-.

Solté a Napoleón del asombro, que se marchó bufando y con una mirada indignada de reprobación en los ojos. Mañana. Casi inconscientemente anduve hacia la puerta, majestuosa y enorme, y salí fuera, a aquella mañana de ojos tristes de despedida. Como iba descalza el rocío de la mañana que perlaba la hierba me mojó los pies. Fue un escalofrío cálido, como un abrazo que me daba la llanura antes de irme. Apenas una lágrima tímida se asomó a mis ojos, pero allí se quedó. Demasiadas veces había caído en vano, evaporándose en la infinidad de mis mejillas.

-Lo importante está oculto entre la realidad -me repetí como tantas otras mañanas de hasta siempre.

El día pasó como una nebulosa despechada, entre acciones mecánicas incontables veces repetidas. Cajas. Recuerdos. Zapatos. Libros. Colecciones empezadas. Postales... Pancha me abrazó mientras la pena le desbordaba los ojos y yo lo sentí, lo sentí muchísimo, pero fui incapaz de derramar una lágrima. Me acosté con un abismo en el pecho, mientras los rayos de luna acariciaban mi pelo y el viento me cantaba inconscientes nanas de besos escapados.

Me desperté sobresaltada y entre sudores. Miré mi reloj. Eran las 6 de la mañana del domingo. Debí haber soñado algo que me asustó. El corazón me golpeaba furioso contra las sienes. Intenté relajarme y perdí la mirada entre las colinas de Isle of Skye; estaba a punto de amanecer. Napoleón se revolvió intranquilo a mis pies. Suspiré, iba a ser otro día duro.

miércoles, 1 de mayo de 2013

HISTORIAS ATRAPADAS EN UN CHARCO DE LLUVIA

PELDAÑOS ( I )


El tío ni siquiera me miraba. Mantenía la vista al frente, intentando ver algo a través de la bruma. Llevaba el labio partido y el cuello de la camisa manchado de sangre, las manos se aferraban crispadas al volante. La vena de la sien se le había hinchado, como siempre que estaba enfadado por algo y en su mente estaba teniendo contigo una discusión tremenda; pero no decía nada, el tío no soltaba prenda. Miré el reloj, eran las 5:47 de la mañana. Hay que ver cómo había degenerado la noche. En un principio la idea era salir a tomar algo de tranquis y volver a casa temprano, lo suficiente como para que mamá y Carlos aún no hubieran llegado, y en vez de eso habíamos terminado en uno de aquellos Coco Loco gigantes, con cubatas a siete euros, música mala a todo volumen, tías estrechas y unas letras de neón color rosa puticlub, que estaba a tres cuartos de hora en coche del pueblo, y eran las 5:47 de la mañana.

Volví a mirar a Fabián, la sangre del labio se le había secado, aunque difícilmente saldría de la camisa, y con más dificultad aún conseguiría disimular ese ojo morado aunque...¿Qué coño? Él se lo había buscado, yo también llevaba la cara hecha unos cristos y no me iba quejando...!Y todo por su culpa! Si es que quién le mandaba meterse dónde no le llamaban, y encima replicando, este chico es que no sabe beber. Bien pensado, si yo hubiera sido el novio de la otra también le hubiera soltado una hostia, pero es que Fabián, con eso de que se ha puesto cicladísimo, está de un subido que no hay quién pueda; contra el notas aquel solo claro, pero cuándo han aparecido los otros tres debería haberse dado media vuelta. Y a mi quien me llama, si no valgo para ésto, sólo iba a recibir, estaba claro... El cuentakilómetros marcaba los 150 km/h.

-Fab, tío, oye relájate, ¿me oyes? -Y su pie apretó violento el acelerador; nos pusimos a 190-. Por el amor de Dios Fabián tranquilízate ¿vale? Nos han zurrado tres ciclaos de discoteca, si, un corro de niñas pijas se nos ha reído en la cara, también, se nos va a caer el pelo cuando lleguemos a casa, es cierto; pero joder tío, vas tan ciego que mañana ni te acordarás, ¿qué coño importa?
-¿Que qué coño importa? -Y giró la cabeza, clavándome una mirada gélida de ojos negros, sin soltar el acelerador- ¿¿Que qué coño importa?? -Y su voz subió de tono empujada por su orgullo- ¿¿¿Que qué coño importa??? -Y la vena de la sien le palpitó ferozmente; volvió a mirar hacia la carretera.

No supe muy bien si era una de esas preguntas retóricas, una de esas que no hay que contestar, pero joder, el tío ya me estaba tocando las narices. Volví a mirar el reloj. La luz de la esfera digital bañó el interior del coche de un tenebroso color azulado, eran las 5:52. Bajé el visor del coche . Unos cuantos papeles me cayeron en el regazo, tickets, tarjetas de aparcamiento, descuentos... Este tío tenía que tener síndrome de Diógenes, en serio. Me miré en el espejo intentando abrir al máximo mi ojo derecho, que me latía al ritmo del corazón. La hostia, ¡si llevaba yo la cara peor que él! Tenía el ojo hinchado de cojones, y cuanto más corría más rápido me latía. Este hijo de puta me estaba empezando a poner muy pero que muy nervioso, en serio.

-Fabián joder ¿quieres levantar el puto pie del acelerador, por Dios vivo, que nos vamos a matar? No seas crío por favor -odiaba que le llamasen crío, era algo que le sacaba de sus casillas-.
-¡Te he dicho cincuenta millones de veces que no me llames crío! Y no seas nenaza joder, que no voy tan rápido. Si es que eres una nenaza, sino fuera por eso no nos hubieran dado semejante paliza. ¡Joder León hay que ver lo nenaza que eres tío!
-¿Que yo soy una qué? -La conversación se nos estaba yendo de tono, pero es que el tío se estaba portando como un gilipollas, os lo juro- Mira Fabián si eres un capullo que no sabe comportarse cuando toma dos copas no es culpa mía, a ver a que santo tengo que ir salvándote siempre ese culo de capullo que tienes. Joder.
-¿Tú eres idiota o que te pasa? Será que no te he sacado yo a ti veces de marrones peores -Dos veces, contadas, en serio, una vez el día que me enrollé con la novia de Miguel Caballero, de 2º C, y la otra cuando le di con el coche a unos imbéciles que estaban aparcados en frente de La Perla- así que no vengas con mierdas abstemias, ¿me oyes?

Y no lo oí. Al menos no tanto como aquella bocina estruendosa con voz de tenor. Por unos instantes nos olvidamos de Coco Loco, de los mazados de Coco Loco, de las niñas pijas, de la sangre y de las mierdas abstemias. En el calentón de la bronca el idiota de Fab se había cambiado de carril. Un monstruo rojo con pinta de camión se nos echó encima sin dejar de pitar. Fabián dio un volantazo. Sonó la alarma de mi reloj. Eran las 6:00. Lo último que pensé es que iba a caerme una buena al llegar a casa por culpa de Fabián. Si no fuera porque el tío estaba mucho más fuerte que yo le hubiera pegado dos hostias. En serio.

Chico, ¿estás bien? Mi amigo, mi amigo está dentro del coche, yo, joder, joder. Tranquilo chico, ¿cómo has dicho que se llama, León? Si, joder, joder, oh Dios mío, joder. León, oye, ¿me escuchas? No te duermas, tu amigo se queda hablándote. Oye chico, tranquilo, la ambulancia ya está en camino, procura que tu amigo no se duerma ¿vale? Joder León, lo siento, ¿me oyes? Lo siento mucho tío, joder, joder, joder. ¿Dónde está el herido? Está dentro del coche, el otro chico parece que no tiene nada grave. Gerome, trae una camilla para el joven del coche, ¿cuál es su nombre? Fabián Gutiérrez. ¿Y el de su amigo? León Ávalos. Bien, ¿han hablado con sus padres? No, no los he llamado yo... Dígales que se dirijan a La Fe. Chico lo siento, yo, por la bruma, no os vi hasta que os tuve encima, ¿en qué ibas pensando chico? Agente Gómez, el joven da positivo en el control de alcoholemia. Joder, joder, joder, lo siento León tío, joder. Samanta el chico ya está encamado, ha perdido el conocimiento. ¿Está en coma? Joder, joder. En seguida subo al coche Gerome; agente si ya tienen lo que necesita nos llevamos a los jóvenes al hospital, hay que asegurarse de que no haya hemorragias internas. Si, por supuesto, nosotros ya hemos terminado, Martínez nos vamos. Tranquilo chico, ya verás como tu amigo se pone bien. Joder León, lo siento, joder...

jueves, 18 de abril de 2013

De por qué adoro la lectura.

Cuando entro en mi habitación, no hay nada que me dé tanta paz como contemplar mi estantería, repleta de libros, esperando siempre para mí, ávida yo de leerlos, ansiosos ellos por ser leídos.
Sus lomos, apilados unos contra otros tiempo atrás, sin más orden que el motivo olvidado que me llevó a comenzarlos, reposando plácidos, de colores y texturas diferentes, camuflan sus palabras, nos engañan.
No elijas nunca un libro por su portada, pues así no encontrarás ninguno que te llene; deja que el susurro de su historia te guíe hasta él, que el roce de sus páginas sea especial para ti, y ábrelo, sumergiéndote entre sus letras, dejándote llevar.
Una vez terminado, nota lo embriagador que resulta escuchar ese susurro nuevamente, otro relato que se descubre ante ti, un nuevo mundo por explorar, solos tú y esa marejada de palabras vivas. Conoce esos lugares, sus protagonistas, sus vidas. Fúndete con ellos, sé ellos, viaja lejos, a un lugar solamente tuyo.
Quizá con el tiempo mires fuera del adictivo mundo de tinta que crea la lectura, y compruebes que no serás capaz de leerlos todos, que jamás cruzarás todas sus puertas, y te anguesties y comiences a devorarlos, tragando páginas y palabras casi sin dejar que los hechos tomen forma en tu mente. No lo hagas.
Es cierto que no podrás leerlos todos, pero aprender a leer lleva tiempo; no a leer las palabras, sino a leer lo que estas quieren decirte, escucharlas.
Y, aunque así no podrás disfrutar de todos ellos, al final no echarás ninguno en falta, no lamentarás haberte dejado miles sin probar, porque aquellos que te hayan acompañado serán los que te hayan hecho llegar a ser quien eres, serán tus libros y no necesitarás ninguno más.

sábado, 9 de marzo de 2013

La peonza de Lidia.

Sabíamos que algún día la peonza se pararía; no podía girar eternamente. Vivíamos con ese miedo acechando siempre, en las sombras. Se escondía entre los libros de las estanterías, detrás del espejo cuando nos cepillábamos los dientes, bajo nuestra cama mientras dormíamos. Aquel día amaneció nublado, con ruidos de tormenta que parecían gritados por las montañas y una fina lluvia que pronto impidió que se viera nada más allá de las siluetas recortadas de los edificios del bloque 33.
Miguel se había ido, como me imaginaba.
Salí al balcón y sentí como la lluvia me empapaba poco a poco la cabeza, y como el frío me mordía los talones. No importaba, al menos así sentía algo.
El teléfono de la cocina empezó a sonar. Su viejo y cascado pitido se levantó por encima del ruido de la calle y no tuve más opción que entrar y descolgar. Era Paula. Quería saber porque ayer había vuelto tan pronto a casa.
Tuvimos una de aquellas charlas intrascendentes. Una de esas que, en cuanto has colgado el teléfono, se archivan directamente en tu cajón de conversaciones superfluas. Podría haber sido otra más, otra llamada que olvidar, pero la voz de Paula se quebró al otro lado del teléfono.
-¿Qué?
Me dejé caer sobre la banqueta de la barra, tan inestable como el tiempo, y el corazón se me hizo un nudo.
-¿Qué?
Ella no escuchaba, sólo se oía su llanto al otro lado de la línea. Yo no escuchaba, sólo podía preguntar, una y otra vez,
-¿Qué?
Colgué el teléfono, inexpresiva y anduve hacia el coche, todavía inexpresiva. El ruido de la lluvia golpeando contra la luna no sofocaba los gritos de mi mente, entumecida, y conduje y conduje sin poder distinguir si lo que me impedía ver era la lluvia abrazando el cristal, o la lluvia de mis propios ojos.
Cogí la autovía que llevaba a la capital bordeando la playa, y me di cuenta de que el cielo era mucho más tranquilo que el mar. Mientras él lloraba apenado, el mar bramaba de dolor, rompiendo furioso contra las rocas.
La peonza se había parado.

lunes, 14 de enero de 2013

Madera, río y limón.



   El aire olía a algas y a sal. El leve viento, que soplaba del norte, traía consigo el recuerdo breve de verdes árboles y musgo fresco. Sentada en un tronco viejo y carcomido veía el mar romper contra las rocas. Entre ellas se veían, por aquí y por allá, pequeños cangrejos que comían el limo resbaladizo y húmedo de las piedras. Gotas saladas se estrellaban en mis piernas y en mis pies; entonces me estremecía.

   Centré toda mi energía en conseguir llorar. Quería llorar. Tenía que llorar, porque las lágrimas, agolpadas en mis ojos, me ardían. Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza. Cerré los ojos y recordé su cara, que había visto por última vez hacía menos de dos horas. Recordé que tenía algo en la comisura izquierda de su boca, recordé que el sol hacía que sus ojos fueran verdes y que su pelo, rizado y negro, estaba alborotado, y que llevaba barba de tres días y que me pareció que era perfecto. Oí su voz, dulce, segura y culpable, intentando no hacerme daño. Quizá porque tenía muchas cosas que decir siempre hablaba atropelladamente, chafando unas sílabas con otras, y eso, que era algo que odiaba, en él me parecía precioso. 

   Me pasé la lengua por los labios, resecos a causa del mar, y el viento, que había cambiado de dirección, trajo consigo el olor de Arnau. Un olor intenso, sublime, que olía a madera y a río y a limón. Abrí los ojos y al fin las lágrimas bañaron mis mejillas y, en lo que intenté que fuera un sollozo, se me escapó una carcajada. Me sentía ridícula, y casi podía notar como la gente que pasaba por el paseo empedrado sabía que me sentía así. Volví atrás e intenté hacer una sucesión de los hechos.

   Primero me dijo que era guapísima, y entonces supe que pasaba algo, y me dijo que teníamos que hablar. Que miedo me dio aquel tenemos que hablar. Al día siguiente lo esperé en el portal durante once minutos, vestida para ir a correr, dando a entender que no pretendía desperdiciar ni un solo segundo.

   Sé que cuando me vio supo que lo sabía. Bajó de la moto y besé su mejilla, con una sonrisa en la cara que llevaba horas practicando frente al espejo. No sé bien qué dijimos. Sólo sé que el discurso que me había preparado murió en mis labios en cuanto los abrí, y que no dijimos nada de lo que queríamos decirnos. Sé que, cuando me pidió que le abrazase y olí su cuerpo, era consciente de que lo hacía por última vez, y sé que todo el rato estuve conteniéndome las lágrimas.

   -Lo siento -me dijo, realmente apenado.

   Me hubiera gustado decirle que más lo sentía yo. Lo único que quería en ese momento era besarlo, pero no lo hice. No hice nada. A los diez minutos me alejaba corriendo del lugar. No volví la cabeza ni una sola vez. Corría más rápido de lo habitual, con una fuerza imprimida por la rabia y el dolor. Corría tan rápido que la gente se paraba a mirar. El corazón hacía que la sangre me palpitara en las sienes, y dos lágrimas rodaron camino abajo por mis mejillas. Las limpié con el dorso de la mano. No era el momento de llorar. Aún no. Dos borrosas lagunas adornaron mi cara.

Así corrí hasta el pueblo de al lado, y no paré hasta llegar al muelle. Llevaba la música puesta, pero el bramido del mar era más fuerte y sólo alcancé a escuchar la voz de la cantante pidiéndole a su amado que no se fuera antes de dejar los cascos sobre la arena.

Diez minutos largos me quedé allí sentada, hasta que, a la par que una pareja joven que se acercaba caminando, decidí volver a ponerme en marcha. Pero ya había desaparecido la rabia, y así fue como había llegado al tronco viejo y carcomido, donde finalmente me deshice en lágrimas.

Las lágrimas eran saladas como el mar.

Al final emprendí el camino de vuelta, andando poco a poco, mientras mil imágenes me venían a la cabeza. Arnau y yo besándonos por primera vez en aquel camping lejano. Arnau y yo patinando sobre hielo. Arnau y yo yendo de concierto. Arnau viniendo a recogerme por sorpresa un domingo por la mañana. Arnau y yo, Arnau y yo, Arnau y yo...

Llegué a mi casa acalorada y entre sudores, buscando excusas que justificaran mi retraso. No hicieron falta. Me escabullí hacia la ducha, haciendo una bola con la ropa y metiéndola en la bolsa de deporte rápidamente, antes de que mi abuela tuviera tiempo para decirme que la recogiera.

El agua ardiendo me dio de lleno en los hombros y en la cabeza. Levanté la cara hacia la alcachofa de la ducha, al tiempo que giraba el grifo para que saliera más templada. Dejé que el agua bajara por mis hombros y descendiese por mi espalda, recorriendo todo mi cuerpo. Me froté los ojos e intenté que el líquido, ahora frío como el hielo, me despejara la mente.

Salí de la ducha sin haberme enjabonado si quiera. Me enrollé una toalla y dejé que el agua del pelo se deslizase por mis hombros, hasta el suelo, y las huellas de mis pies crearon algo parecido a la estela de un barco en el mar.

Me arrodillé en la cama y, en un arrebato infantil, comencé a hacer pompas de jabón por la ventana. Las pompas subían y bajaban empujadas por el viento en el patio interior del edificio. Las esferas reflectaban la luz del sol y, maravillada, miré fijamente como se alejaban hacia él. El cielo poblado de pompas me pareció precioso.

La imagen reflejada en la ventana de enfrente atrajo mi atención. Era pelirroja. Tenía los ojos casi marrones, casi verdes. Su piel era blanca, sin pecas. El pelo corto solía ser rizado, aunque ahora le caía húmedo a ambos lados de la cara. Era yo. Me sentí fea. Me sentí la más fea entre las feas.

El sonido de mi móvil me sobresaltó y me sacó de mi aturdimiento. Lo cogí. Era un mensaje. Un mensaje de Arnau.

Me dejé caer sobre la almohada y cerré los ojos, y en esa oscuridad de párpados cerrados caía,
                                                                                                                                                  caía,  
                                                                                                                                                          caía...