Entre los olivos
¿espejos? y espejismos.
Nosotros
los de entonces
¿somos los mismos?
Aquí sigo
dando caza a mi recuerdo
entre los olivos.
Cargad de flores los revólveres
entrad en la cueva.
No se ve nada.
Una vela.
El horrible monstruo del pasado
sálvese quien pueda.
Escribir es un gesto de resistencia; te agarras al bolígrafo para agarrarte a la vida. Escribir es la ley que permite la transgresión.
viernes, 5 de febrero de 2016
martes, 10 de noviembre de 2015
Cuando vienes para quedarte, vida mía.
Confieso que he vivido
pero que nunca me di cuenta hasta ahora.
Confieso que conocía mis alas
pero que jamás me atreví a usarlas para volar.
Tenía el alma aletargada, alma que espera.
Confieso que me daba miedo la soledad
y me daba miedo que los charcos de la ciudad
me devolvieran un reflejo triste.
O marchito.
O cansado.
Confieso que amé mucho y lloré quedo
y me daban miedo los finales.
Y el olvido.
Y desaparecer.
Confieso que una mañana, de repente, me desperté y era enero en mi calendario.
Juro que hacía sol.
O igual era mi alma, que se desperezaba radiante después de tanto tiempo.
Confieso que he vivido,
que estoy viva,
que estoy viviendo.
Y no me arrepiento de nada.
pero que nunca me di cuenta hasta ahora.
Confieso que conocía mis alas
pero que jamás me atreví a usarlas para volar.
Tenía el alma aletargada, alma que espera.
Confieso que me daba miedo la soledad
y me daba miedo que los charcos de la ciudad
me devolvieran un reflejo triste.
O marchito.
O cansado.
Confieso que amé mucho y lloré quedo
y me daban miedo los finales.
Y el olvido.
Y desaparecer.
Confieso que una mañana, de repente, me desperté y era enero en mi calendario.
Juro que hacía sol.
O igual era mi alma, que se desperezaba radiante después de tanto tiempo.
Confieso que he vivido,
que estoy viva,
que estoy viviendo.
Y no me arrepiento de nada.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Después de ti
Estaba lloviendo ese día, ¿recuerdas?
Y nuestros ojos reflejaban la lluvia
como espejos de la triste avenida
pero en el fondo no llorábamos;
estábamos yermos. Almas de páramo.
Quisiera haberte leído los labios
a la manera de los ciegos
para escuchar lo que decías al callar
cuando estabas como ausente.
Pero ya no podía tocarte.
Jamás te había sentido tan lejos y a la vez tan cerca,
como a diez mil kilómetros pero a mi lado;
con un esfuerzo alcancé tu mano y se rompió la soga
y te convertiste en mi pasado
y comenzó la vida que comenzaba después de conocerte,
la que sin saberlo me había estado esperando.
Después de ti aprendí a leer el idioma de los árboles.
Después de ti los minutos empezaron a pasar muy rápido.
Después de ti me miré y me di cuenta de que nunca me había mirado antes.
Me quedé anclada a esos ojos,
como no me había pasado hasta entonces ni me volvió a pasar después.
No podía moverme ni hablar.
Solo podía seguir mirándolos.
Todo lo oscuro
se volvió claro.
Aquí sigo pensando.
martes, 15 de septiembre de 2015
A Marlene, la puta del ático.
Fue mi primer amor. Acabó mal, como deben acabar todos los primeros amores; porque ella ya no me quería, y yo moría por Marlene todas las noches para volver a conocerla en su infinidad cada mañana. No la odio. Ya no puedo leer a Walt Whitman, que es mi poeta favorito, porque me recuerda tanto a ella; he dejado de escuchar a Chuck Berry, y lloro cada vez que alguien pide helado con sabor a limón, pero no la odio. Aunque tal vez la odio. La odio.
¿Por qué dejó de ser feliz? ¿Por qué ya no sonreía cuando echaba a correr detrás de las palomas? ¿Por qué mi mano dejó de ser suficiente para agarrarse a la vida?
Y me odio. ¿Cómo pude perder su doble sonrisa para siempre? ¿Cómo pude no darme cuenta de que sus silencios estaban vacíos? Perdí tanto tiempo amando sus lunares, sus estrías, sus secretos ocultos bajo la tenue sábana del día a día, ciego. Y ahora será de otro, como antes de mis besos, y pienso que no llegué a conocerla nunca. Pienso que escapó cuando creyó que intentaba domarla; que yo solo quería volar a su lado, pero que quizás lo intenté, quizás intenté domarla sin darme cuenta. Amo ese lado salvaje de Marlene, con su melena felina y sus piernas felinas, y ese andar delirante que tiene. Odio ese lado salvaje de Marlene ahora que no es mío. Siempre fue tan egoísta. Mi madre me lo decía, me decía las mujeres así traen siempre la felicidad más efímera y el dolor más amargo porque no miran por dónde pisan, solo miran a dónde quieren ir. No quise escucharla, porque la felicidad efímera que traen las mujeres-Marlene es la más adictiva que he conocido nunca, la más real. Luego, cuando llegó el otoño, pensé que el dolor valdría la pena. Que aquel calor de antaño lo compensaría todo. Siempre. Pero la odio. Ella ya no quiere oírme ni mirarme ni recordarme y mi voz la busca en la noche para abrazarla como antes. Pero ella ya no me quiere, ya vuelve a ser feliz, y la odio.
La recuerdo natural, brillante, con sus recias manos comprando un domingo las últimas cerezas del verano, que se llevaba a los labios; el hueso de la cereza deslizándose entre sus dientes como un xilófono de amor y de muerte. Y sus ojos. Ojos negros que erigí como mi dios único y verdadero en cuanto tuve la suerte de encontrármelos. Que me dejaron tocado para siempre.
Marlene, te bajo de los cielos, te necesito excomulgada de tu propia religión, de la fe divina que creaste sin quererlo y en la que he pasado toda mi vida, que empezó contigo. Te quiero en la tierra, Marlene, real tú y yo realista, para odiar tus lunares, tus estrías, tus secretos ocultos bajo la tenue sábana del día a día... Para odiar tu risa y que te ahogues en mi pena salada.
Marlene...
Marlene, bruja y pitonisa. Estabas cansada, sintiendo tu corazón tan lejano y nuestro primer beso tan lejano; preparada para conocer el mundo que venía después de conocerme. Marlene. Puta. Sibila. Siempre supiste que te irías volando algún día, y me miraste a los ojos, diosa, divina, y te creí todas las veces con la fe ciega de los devotos. Todo por tus ojos, Marlene.
Necesito pensar que no existe otro universo en el que estemos juntos, que no existe tampoco un lugar en el que nuestro pasado se siga repitiendo, eterno. No conozco los silencios que lo expliquen todo, ni las miradas salvadoras; solo esta soledad oscura y húmeda que me ha devorado el alma.
sábado, 6 de junio de 2015
Nietos de la ira
No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia intranquila
intentábamos hacerlo lo mejor posible.
El día en que bajaron llorando las palomas
a picotear los ojos de las avispas ahogadas en la fuente
mientras yo con los pies mojados
me desnudaba de diez mil capas de plomo,
me sorprendí al borde de un abismo lleno de monstruos azulados.
Azulados color luz pausada de muerte.
Ay, Sol de la existencia humana
¿Acaso nos creas para divertirte
viéndonos vagar a nuestra suerte, a la suerte de los más grandes?
A tientas buscamos siempre
un interruptor en la oscuridad de las paredes.
Una luz menos fría que esa luz azulada, color luz pausada de muerte.
No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia húmeda,
se nos empezaron a pegar los cabellos de algas a la cara.
Al gritar, se nos llenaban las bocas de agua salada;
la mayoría dejó de gritar.
Al resto no se nos escucha.
El mundo es una ciudad de más de siete mil millones de cadáveres (según las últimas estadísticas).
simplemente éramos.
Y en esa existencia intranquila
intentábamos hacerlo lo mejor posible.
El día en que bajaron llorando las palomas
a picotear los ojos de las avispas ahogadas en la fuente
mientras yo con los pies mojados
me desnudaba de diez mil capas de plomo,
me sorprendí al borde de un abismo lleno de monstruos azulados.
Azulados color luz pausada de muerte.
Ay, Sol de la existencia humana
¿Acaso nos creas para divertirte
viéndonos vagar a nuestra suerte, a la suerte de los más grandes?
A tientas buscamos siempre
un interruptor en la oscuridad de las paredes.
Una luz menos fría que esa luz azulada, color luz pausada de muerte.
No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia húmeda,
se nos empezaron a pegar los cabellos de algas a la cara.
Al gritar, se nos llenaban las bocas de agua salada;
la mayoría dejó de gritar.
Al resto no se nos escucha.
El mundo es una ciudad de más de siete mil millones de cadáveres (según las últimas estadísticas).
jueves, 28 de mayo de 2015
DRATOYL
Perdona que al caer haya levantado tanto polvo
Perdona que de mis ojos de pez asustado sigan saliendo ríos de hielo.
Cuanto más dolor
más flores rojas brotando por todas partes.
Lo real ya no es bello porque no es nuestro,
es artificial,
es un monstruo.
Voy a pintarme en la cara dos ojos gigantes
Que estén siempre abiertos
Mirándolo todo
Azules
Brillantes
Que no dejen ver para adentro para que no dejen ver que me he quedado vacía.
El mundo.
El mundo me ha comido las entrañas.
Soy tan joven y ya estoy llena de silencio.
Ya no creo en las personas.
En los individuos. Quizás.
¿Podrá alguien sacar del cuerpo las rocas de las que nos han obligado a alimentarnos?
Todas las flores del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarlas.
Todas las personas del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarse entre ellas.
De repente aparece un gato meneando la cola.
En el fondo de la sala se enciende un candil.
Perdona que de mis ojos de pez asustado sigan saliendo ríos de hielo.
Cuanto más dolor
más flores rojas brotando por todas partes.
Lo real ya no es bello porque no es nuestro,
es artificial,
es un monstruo.
Voy a pintarme en la cara dos ojos gigantes
Que estén siempre abiertos
Mirándolo todo
Azules
Brillantes
Que no dejen ver para adentro para que no dejen ver que me he quedado vacía.
El mundo.
El mundo me ha comido las entrañas.
Soy tan joven y ya estoy llena de silencio.
Ya no creo en las personas.
En los individuos. Quizás.
¿Podrá alguien sacar del cuerpo las rocas de las que nos han obligado a alimentarnos?
Todas las flores del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarlas.
Todas las personas del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarse entre ellas.
De repente aparece un gato meneando la cola.
En el fondo de la sala se enciende un candil.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Los monstruos no se esconden en los armarios porque están llenos de universos
Te levantas sonámbula en la oscuridad del nuevo día y caminas directa hacia la galaxia que acaba de aparecer en tu armario.
Una parte muy pequeña de tu ser se despierta de repente, remota y lejana. Sabes que si entras te engullirá ese color negro, que se te irá comiendo poco a poco, deslizándose entre tus dedos y tus piernas y cubriéndote entera; sabes que ese alquitrán infinito te depara un sueño sin sueños, un adiós a tus sentidos y a tu mente.
Das otro paso y te entregas por completo, porque tienes la firme certeza de que quieres ser Nada. En el fondo eres consciente de que la Nada, solo por el hecho de Ser, ya es Algo, y aún así en tu paroxismo caes en tan profundo sinsentido.
Recordarás este momento muchos años después, cuando tres disparos en la espalda a la salida del restaurante Frida Kahlo hagan florecer tres rosas rojas en tu pecho; en ese momento se te teñirá el pelo de rayos de luna y tendrás la certeza, un segundo antes de morir, de que estás a punto de ser nada, en minúsculas, recuerdos a lo sumo.
Sin embargo sigues caminando, abres los labios en un beso a la noche prohibida y la boca se te llena de alquitrán oscuro, alquitrán que te sabe a lavanda y te llena las fosas nasales de olor a campo. Tras un parpadeo desapareces en la brea.
En el hospital el electrocardiógrafo al que estás conectada se para; al parecer has muerto durante unos instantes.
martes, 2 de diciembre de 2014
Cómo no volver a quererte en sesenta y cinco palabras
Ocurre todo en un segundo,
se acaba el aire del mundo entero
se te llena la garganta de gusanos.
Tienes la boca llena de sabor a muerte,
estás muriendo,
estás muerto.
Vas saltando por los tejados
con las piernas temblando, de gelatina,
y cada tejado se funde en chocolate ardiendo
y mueres ahogado en un líquido tan dulce.
Estás muerto,
estás muriendo.
Soy una mujer llena de dinamita
encendida con el fuego de tu fría llama.
Llévame a algún lugar bonito a que explote en mil pedazos,
que el estallido sea tan grande que nadie pueda volver a coser los retales en que me convierta.
Písame, písame de nuevo,
porque una vez amé cómo cabalgabas sobre tus zapatos
y quiero que eso sea lo último que recuerden mis pupilas
cuando vuelvas para despedirte.
Me marchito.
Soy hoja llevada lejos por tu fuerte viento.
Soy Kate Winslet y tu eres Jim Carrey y me estás borrando.
Decías que jamás te cansarías de mi boca
o de mis dientes,
y ahora tus dedos me tocan sin tocarme,
y me miras y al hacerlo tu mirada se resbala.
Ya no recuerdas la manera en cómo río,
ya no recuerdas cuando te beso las mejillas.
Igual ya no recuerdas que me querías.
Me querías.
Pasado simple, pasado complicado.
Estaré aquí
no queriendo no haberte conocido.
Sin poder olvidarte porque estás en todas partes,
en las espirales de los caracoles
y en las espirales de mi cabeza.
Tengo que romperlo todo
que romper el mundo y que romper tus fotos y devorarlas
porque no quiero olvidar el color de tu sonrisa ni la suavidad de tu pelo.
No quiero olvidar que a veces me abrazabas y cerrabas los ojos para poder sentirme toda.
Al final los abrazos iban acompañados de miradas perdidas
buscando hilos invisibles
a los que agarrarte para huir.
Igual fue culpa mía
te dejé ser mucho, te dejé ser mi vida entera.
Nos pilló la lluvia corriendo sin paraguas
ahora somos agua
y yo soy noventa por ciento lágrima salada.
Voy a gritar hasta no volver a quererte en sesenta y cinco palabras.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Ayes
Llueve en tus ojos
nieva en tu pecho.
Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.
Ese chico que baja por la calle
tú no lo conoces,
pero tus manos florecen al verlo
como si lo recordasen
o como si imaginasen recordarlo;
viene de tiempo más antiguos.
Ecos de truenos del futuro,
qué miedo tener que inventarse lo que está por llegar.
Para ti misma,
para los demás.
Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.
nieva en tu pecho.
Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.
Ese chico que baja por la calle
tú no lo conoces,
pero tus manos florecen al verlo
como si lo recordasen
o como si imaginasen recordarlo;
viene de tiempo más antiguos.
Ecos de truenos del futuro,
qué miedo tener que inventarse lo que está por llegar.
Para ti misma,
para los demás.
Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.
miércoles, 2 de julio de 2014
Estudio sobre la evolución del latido en cuatro tiempos.
Mar
bravo, olas salvajes, poniente suave, horizonte naranja, luna tímida
con olor a lavanda.
El
vestido amarillo de ella bailando fogoso; él se acerca y su corbata
borgoña entra en ardiente batalla.
La
arena fría y suave e impaciente de caricias de primavera. Una retina
abandonada que lo cubre todo con una película color sepia.
Besos
con sabor a sal y mirarse a los ojos y decir en voz alta TE QUIERO.
Risa nerviosa y soprana y de color azul oscuro lleno de estrellas
brillantes. Responder TE QUIERO. No es una respuesta, es un enunciado
diferente, una nueva afirmación que baila sola.
Una
broma, una pamada, más risas de campanas que te hacen pensar en el
verano. Besos pálidos de olas solitarias que coinciden y rompen
frenéticas contra el acantilado de los dientes. Manos que se
Encuentran por primera vez después de haberse encontrado hacía
tanto tiempo. Morder el lóbulo de su oreja. Decir a todo que sí.
¿Quiénes somos? Yo soy tuya y tú eres mío pero a la vez somos de
nadie; del tiempo y las promesas y los ecos de otros llantos.
¿Siempre? Decir a todo que sí.
Hierba
fresca, verde infinito, olor a rayos de sol. Toalla de nailon. El
color rosa fresa mezclado con el rojo de su blusa y fundido todo en
sus pupilas. La luz que baila al ritmo de una canción que no se escucha.
El
metrónomo de su respiración acompasándose al ruido antiguo de las
páginas de un libro con un título larguísimo. Sabor a helado de
avellana todavía en los labios y en la lengua y en el recuerdo.
Él
se despierta, rueda, mueve sus pesadas manos que siguen dormidas.
Ella
se ríe, gira, intenta zafarse entre campanillas.
Él
le atrapa la cara con las manos y le besa la vida entera. Le besa en
cada instante. Instantes diferentes que saben a pomelo. Las llaves de
su casa en el bolsillo. LAS llaves de SU casa. Muchos síes, tres o
cuatro nos de tanto en tanto. La promesa de una cena para esa noche.
¿A dónde vamos? Estamos juntos. Manuscritos de días del futuro que
nos dan miedo justo por eso, porque no los conocemos y van a llegar.
El
calor contagioso de saberse tan infinitos pero tan insignificantes
al mismo tiempo.
Aceras
cubiertas de animosa decadencia o deprimente renovación. Espíritus
que tiemblan y se encogen y comienzan a agrietarse. Ambas manos
enfundadas en sendos guantes que se entrelazan al bajar por la
avenida. El escaparate donde hacía un par de otoños ella se había
comprado aquel abrigo camel. Él la recuerda girando y girando y
riendo entre espejos, dentro de abrigos de mil colores diferentes.
Debió quedar olvidado en algún banco de la bahía. ¿Qué es eso?
Miedo que nace en forma de lágrima que se congela y se vuelve
estalactita de diamante. El aire huele a castañas y a palabras
incendiadas. ¿Has dicho algo? No has podido oírme gritando en
silencio, con la boca abierta y furiosa y los puños apretados pero
sin dejar de soltarte la mano. Recuerdo cuando... He olvidado muchas
cosas. Una sonrisa cómplice que muere sin haber siquiera aparecido.
La presa de sus dedos que se afloja. Aún así ella pasa el brazo por
su cintura y le mira con un amor añejo que sabe a buen vino. Empieza
a llover y se abrazan bajo el paraguas comprado en un viaje a
Florencia. Cómo no iba a querer besarte si tienes la sonrisa más
profunda que he visto nunca, ninfa de los dientes de mozzarella.
Cae
el cielo despedazado y caen los corazones descorazonados y caen poco
a poco las horas. El viento frío se cuela en las buhardillas y en
los párpados y para combatirlo ella llora lágrimas ardientes que
pesan cien siglos y le queman las mejillas.
Jamás
he amado a nadie tanto como te amo a ti.
¿Cuánto
tiempo llevamos aquí? Muchas vidas, muchísimas noches.
Debían
ser las quiero arroparme con tu piel todas las lunas
cuando nos conocimos, pero ya oscurece y tú te vas de este rincón
tan exquisito a otro universo. ¿Me has querido? No es una pregunta
para mí, sino para ti; yo siempre he querido tus ojos de uva.
Estamos solos en la playa, ¿nos ves?, y nos devora la espuma. Te he
querido tanto diminuta maga de las oraciones subordinadas. Recuerdo
todas las burbujas que bailaban contigo cuando saltabas al agua con
tu sonrisa perezosa. Yo aún oigo los ecos de cada vez que te has reído;
escucho el ruido de la primera vez que brindamos con copas llenas de
champán; ahora tengo que irme. No vas a volver. Lo sé. Sin ti el
tiempo me parece confuso y oscuro, ¿a dónde vas? No lo sé, a buscarme en el momento en que nos conocimos supongo. Debió ser ahí cuándo me perdí, entre tus brazos. No podré esperarte. No lo hagas,
pero si alguna vez tú también vuelves a aquel momento, a aquella
noche de bailes y fuegos artificiales, búscame que yo estaré en alguna parte, echándote de menos.
ESTUDIO
SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL LATIDO EN CUATRO TIEMPOS
martes, 20 de mayo de 2014
La noche más larga
El tren iba deprisa; dejaba rápidamente atrás casas, árboles, parques, recuerdos, soles, tardes, noches… En el hilo musical se oía, de manera casi imperceptible, Belle & Sebastian. Él llevaba en la mano su billete, de ida. Lo movía y lo giraba sin parar, nervioso; las lágrimas aflorando a sus ojos. Cuando le comenzaba a temblar el labio lo atrapaba con sus dientes, entre reproches, como un niño al que acaban de pillar con las manos en la masa. De un súbito parpadeo dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Eran lágrimas de mar, calmadas pero que vaticinaban pronta tormenta. Las enjugó con el dorso de la mano libre, mientras en la otra el maltrecho billete perdía su paralelismo y se iba convirtiendo, poco a poco, en un fútil papel arrugado. Para cuando llegó el revisor, la angustia había dejado paso al desasosiego, y no comprendió el porqué del indecible billete. El hombre, con su oscuro y sobrio traje de revisor, se quedó mirándolo: sus ojeras, que acentuaban sus ojos marrones, los cuales yo juraría haber visto verdes en alguna ocasión, el pelo negro y desordenado, la camiseta de The Velvet Underground, arrugada como resultado de pasar días en el fondo del armario. No hablaba; se le había roto la voz. Al no saber eso, el revisor lo halló especialmente antipático. Él siguió su camino, tren arriba, como cada día; y dejó al joven de los ojos tristes solo. Otra vez. Apoyó la mano en la ventana. El cristal estaba insultantemente frío. Recordaba que al dejar el andén caía sobre los hombros un sol ardiente. Ella no había aparecido, aunque tampoco lo había esperado. La semana anterior no los separaba nada. Ahora lo hacían un par de pueblos. Dentro de unos días sería un océano entero y los infinitos segundos entre aquel momento y su último adiós. Es curioso, pensó, cómo un instante puede resultarnos tan real y tan cercano y que sin embargo no vaya a repetirse jamás. Es curiosa la consciencia que tenemos de desplazarnos en el espacio y sin embargo el humillante desprecio que sentimos al pasar impasibles por el tiempo. Hace apenas una hora estaba en Valencia, en la estación. Lo recuerdo; ha pasado. Pero se ha acabado. Existía pero ya no volverá a existir. E, igual que este, todos los instantes que quedan por llegar los dejaré atrás. El tiempo se marchita. Estamos abocados, de forma insalvable, a la nada; a ser el eco de recuerdos en el tiempo y desaparecer después, cuando hayamos caducado. Un momento pasa y se pierde para siempre, y yo no puedo hacer nada; se recriminó en silencio; no pude hacer nada. Pero ya no hablaba del tiempo, sino de ella, la que había sido el amor de su vida y no volvería a serlo más.Conforme fue cayendo la noche fueron cayendo los abanicos de sus pestañas y a Jorge le arrastró lejos de la corriente de sus pensamientos un sueño infinito.
Años más tarde, cuando el pasado había caído en el olvido sin oportunidad de ser rescatado, Jorge abrió la ventana de su entonces nueva y más tarde vieja casa a las afueras de Yorkshire. Lo saludó una fría mañana bañada de colores y el exultante aroma que tenía la Nada. Besó a Hellen, su mujer. La había conocido tiempo atrás, poco después de su llegada a Reino Unido, en el hostal en el que él se alojó y donde ella trabajaba. Ahora Jorge era Community Manager y, como ganaban suficiente dinero, Hellen por fin se había decidido a montar un restaurante. También besó a los niños, que seguían profundamente dormidos. Apenas acababa de amanecer, pero el trabajo estaba lejos y Jorge prefería coger el tren. Le encantaban los trenes. A su primera novia la había conocido en la estación, cuando él volvía de un viaje cargado de maletas y ella, que era activista de cruz roja, no tuvo ningún miramiento en pararle en mitad del andén, incluso aunque estuviese cargado y mantuviera el equilibrio con gran dificultad. También se despidieron allí por última vez, aunque ya nunca pensaba en eso. Era temprano cuando llegó a la estación, lejos del centro y lejos de su casa y lejos de cualquier sitio que pudiese ser catalogado como “sitio”. Pese a estar en mitad de la nada, Jorge la prefería. El silencio no existe. Es un invento, un refugio metalingüístico para los que temen a la nada. Porque el silencio no es más que eso, Nada. Y la Nada, aunque suela negarse, es algo. Y a Jorge le gustaba ese ruido al que todos llamaban silencio. Llegó el tren, levantando ventoleras y haciendo alborotar a las palomas; consiguiendo que los hombres que esperaban apretasen su maletín con fuerza y diesen un paso atrás, sin pararse por un segundo a contemplar la belleza de aquel momento de la madrugada. Casi todos tenían un móvil en la mano. Jorge pensó que se estaban perdiendo muchas cosas, que probablemente pensasen peor, o como mínimo que pensasen menos. Se sentó y cerró los ojos, y mecido por el tren llegó al centro de la ciudad. Hubo alguien sentado en los bancos de enfrente de la estación que, de repente, le llamó la atención. No fue alguien, fue su vestido rojo, sus zapatos rojos y su bolso rojo. Fue ella.
—Hola.
Lo dijo con la misma boca de fresa que besó la última vez en un recuerdo que había olvidado.
—Hola.
Lo dijo con la misma boca de fresa que besó la última vez en un recuerdo que había olvidado.
jueves, 16 de enero de 2014
La historia de nuestros días.
Prólogo
Clara se sentó por fin frente a la máquina de escribir que acababa de agenciarse, con la historia, absolutamente tangible, bullendo por todo su cuerpo. Estaba ansiosa, casi temblaba. Podía sentir como en su mente no dejaban de repetirse una y otra vez las palabras con las que pensaba empezarla. Su historia, la que tanto tiempo llevaba buscando.
Frotó las palmas de las manos contra su pantalón vaquero sin dejar de mirar la máquina, más por nervios que por entrar en calor. Metió el primer folio. La ventana abierta del estudio dejaba entrar hasta el último ruido del último recoveco de la ciudad de Valencia. Ayer le hubieran molestado, pero hoy los sentía sólo como una ligera canción de cuna, que bailaba a su alrededor sin llegar a perturbarla nunca.
Tecleó “La historia de nuestros días” y contempló la hoja casi en blanco, saboreando su superficie inmaculada y la inminencia de lo que estaba a punto de ocurrir.
Se subió las mangas. Agitó los dedos de los pies en sus zapatos. Se crujió los dedos de las manos y se abalanzó sobre el teclado, en el justo momento en que sonó su teléfono.
— Oh Dios, no, no, no… Oh Dios, no… —Clara se levantó precipitada hacia el teléfono, semi en trance, con la angustia de olvidarlo todo asentada en la garganta — ¿Pero dónde está el maldito teléfono?
En su atropello tropezó con sus propios pies en la alfombra y cayó al suelo; encontró el móvil justo debajo de su chaqueta.
— ¿Quién? — tronó.
— Eh… hola. Soy Marcos, el chico del tren. Tengo tu libro; ¿llamo en mal momento?
A Clara se le escapó un suspiro, una sonrisa y un murmullo nervioso.
lunes, 9 de diciembre de 2013
La increíble pero cierta historia sobre el día en que por fin se abrió el baúl.
Aquella tarde de lluvia deslizó su cuerpo cansado hacia arriba, hacia el desván. Se arrastraba más que andaba en un infinito intento de mantenerse despierta, y era ya más sueño que realidad cuándo se encontró por fin en aquel cuarto oscuro, bañado por tímidos rayos de luz repletos de polvo que una vez fue bailarina. Tosió y su eco sonó acompasado al ritmo del agua sobre las tejas, y el polvo pareció amoldarse a este nuevo compás, moviéndose frenético con cada estertor. Todo el cuarto era un quejido de perro viejo y un lamento de niño abandonado, y apenas pudo evocar la última vez que estuvo allí. Si es que alguna vez había estado.
Entre los esqueletos de muebles antiguos y sábanas raídas, entre las voces lejanas de fantasmas centenarios, apareció un baúl. No era demasiado grande, ni demasiado bonito, ni demasiado vistoso. De hecho era el baúl menos llamativo que recordaba haber visto; y sin embargo sus pies siguieron deslizándose hacia él, tenaces. En un momento dado, poco antes del baúl, dejó de deslizarse, pues recordemos que ya no andaba, y casi empezó a flotar, pluma de hierro u hoja de metal atraída con fuerza por el magnetismo de la caja.
Sus dedos ligeros de pianista de porcelana se pasearon curiosos por la rugosa tapa, hasta dar con una muesca por la que se introdujo con celeridad, para levantarla. Sus ojos de cierva elegante se redondearon como lunas cuando del baúl abierto salieron decenas, quizás cientos de mariposas de un añejo color naranja, pequeñas alas de pergamino. Batidas con fuerza fueron deshaciéndose en el aire tras años de letargo, y sus restos de vida incandescente fueron a posarse, delicados, sobre los hombros de ella. De su nariz escapó un estornudo. Bailaron con el polvo los restos de alguna mariposa.
Asomó al abismo del baúl, esperando cualquier cosa. Cualquier cosa excepto la banalidad de aquellos cuadernos, más ancianos probablemente que el mismo Tiempo. Bajo la tapa, en letras garabateadas con prisa, de una profunda tinta negra, cuatro palabras: El baúl de Sara.
No sin cierto temor, metió la mano en aquella garganta y sacó un cuaderno al azar. Era azul, un azul grisáceo, azul del cielo cuándo se estrella contra los bordillos en días de niebla. No era mucho más grande que la palma de su mano. Pasó un par de páginas, Fragmentos de teatro; un par de páginas más, y encontró el primer relato. El primero de muchos de los días de lluvia que seguirían.
Fermín cruzaba las calles desiertas, acompañado sólo del viento y vistiendo todavía su traje de payaso. En otros tiempos, no hacía tanto, había sido sin duda motivo de orgullo, pero hoy parecía más bien que el traje le llevaba a él, y no al revés. Había perdido el brillo, y los colores eran ya un lejano recuerdo de lo que fueron.
Caminaba con las manos en los bolsillos y la mirada gacha, propia del payaso triste que nunca había sido, y la ciudad sólo le devolvía el eco de sus propios pasos.
Fermín lloraba lágrimas amargas, que caían veloces por sus coloreadas mejillas, en las que aparecieron de repente mil caminos de raíces acuosas y transparentes.
Toda la rabia que nadaba en su cuerpo se convirtió en enjambre colérico y voló hasta los dedos de sus pies; furioso pateó una piedra blanca del camino con la punta de sus enormes y desteñidos zapatos.
De pronto, para asombro de Fermín, cuya boca delineada con carmín liberó un suspiro sorprendido, la piedra que se levantó en el aire lo hizo para no volver a tocar el suelo, y su rugosa superficie se convirtió en blanca flor, y esta en ligera pluma.
Era sin duda la pluma más hipnotizante que el payaso había visto. Hizo un par de cabriolas en el aire para terminar posándose en su nariz escarlata. Fermín bizqueó los ojos e intentó atraparla.
Su mano se cerró, vacía, en el aire.
Una ansiedad descorazonada se apoderó de él, corzo enervado por el ruido de las horas. Se descubrió anhelando acariciar aquella pluma entre los dedos. En cuestión de segundos, su mente la había convertido en objeto de todos sus deseos. Allí estaban, ambos danzando en una lucha coreografiada, alejándose y acercándose, rompiéndose en cada inexistente embestida. Fermín se adentró por las calles; el payaso que una vez había sido hombre persiguiendo a la pluma que una vez había sido piedra. Conseguía tenerla a un instante de sus dedos, y justo entonces, cuando parecía que podría atraparla, volvía a alejarse bailando, dejando claro que nunca, nunca, nunca, pasase lo que pasase, podría alcanzarla, que jamás lograría siquiera rozarla.
Pasaron horas antes de que el payaso, con un cielo sobre su cabeza que le pareció de plomo, decidiera darse media vuelta y marchar hacia su inexistente destino, simplemente vagando sin rumbo por aquellas calles de soledad. Pero al hacerlo, pudo ver de reojo como la pluma se paraba y comenzaba a seguirlo. Cada vez que se giraba, pensando que, quizás, despistada, podía atraparla, ésta comenzaba a revolotear de nuevo, intentando atraer al payaso otra vez hasta su infinito juego de roces imperceptibles.
Finalmente, la pluma también comprendió que no podría mantener a Fermín en el fuego de aquel tira y afloja para el resto de sus segundos. Y entonces ambos entendieron que podían estar juntos siempre que la pluma no huyese y que el payaso no intentase atraparla. Podrían andar uno al lado del otro, ella apoyándose ligeramente sobre sus dedos o sus hombros. Un contacto ínfimo en aquella hiedra infinita que los había ligado a los dos, tan juntos.
Siguieron andando, tocándose ligeramente, sin miedos o provocaciones, hasta que los vientos de la noche acogieron a Fermín en sus entrañas y lo convirtieron en mil plumas de colores, que bailaron eternamente alrededor de una pequeña pluma blanca.
Apenas ocupaba un par de páginas,así que siguió leyendo, acariciando las hojas como si pudiera notar todas las plumas deslizándose sobre sus largos brazos de petirrojo.
El siguiente relato hablaba de un soldadito de plomo que, aún habiendo nacido soldado, cada noche soñaba con ser funambulista y se escapaba de su caja para hacer equilibrios sobre los finos hilos de luz que tejía la luna entre los balcones.
El siguiente relato hablaba de un soldadito de plomo que, aún habiendo nacido soldado, cada noche soñaba con ser funambulista y se escapaba de su caja para hacer equilibrios sobre los finos hilos de luz que tejía la luna entre los balcones.
Ante aquellas páginas la descubrió la noche; el sueño la venció y se la llevó con él, meciéndola en su cuna de estrellas y cerrando aquellos párpados pesados sobre sus ojos de cierva.
domingo, 3 de noviembre de 2013
La última copa
Michael era escritor. Vivía en una buhardilla cerca de Monmartre, le gustaba el color amarillo y siempre llevaba sombrero. Últimamente, antes de dormir, solía tomarse una copa de vino para llegar a la cama algo menos enfadado con el mundo; y es que hacía meses que Michael no podía escribir. Incluso tuvo que recuperar su primer trabajo en la capital, como pianista en un burdel, para seguir pagando su alojamiento. Pero aquella noche no había vino y Michael decidió perderse por las calles.
De repente un "perdona". Ella era joven. Él no sabía que acababa de encontrarse con su historia.
De repente un "perdona". Ella era joven. Él no sabía que acababa de encontrarse con su historia.
domingo, 20 de octubre de 2013
Puerta de embarque número 33
Habían atravesado la
capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión;
cuándo aterrizasen ya sería de noche. Daba igual, no habría ningún
familiar insomne esperándole en el aeropuerto.
Santiago Espósito
cerró su ventanilla preparándose para trece horas de vuelo. La
mujer sentada a su lado lo miró con furia y encendió la luz de
lectura con gesto indignado. Después de 20 años de ingrato trabajo,
dos divorcios, una mala relación con su único hijo y varias
reflexiones acerca del suicidio, Santiago no pudo más que resoplar
con indiferencia: le encantaba volar, aunque quizá sólo fuera porque
odiaba la tierra, donde todo le recordaba lo mediocre que era.
Saboreó ese pensamiento, le encantaba volar. Era lo único que,
aunque tampoco feliz, no le hacía más infeliz. En su mente tomó
fuerza una idea de la que ya se había contagiado hacía mucho, como
un virus. Pulsó el botón de llamada y una azafata sinuosa se acercó
contoneándose.
-Un whisky, por favor.
Que sea doble.
Tanteó en su equipaje de
mano hasta hallar lo que andaba buscando, tomó su whisky y, con
media sonrisa burlona, sólo le entristeció no poder ver la cara
de su compañera de vuelo cuando se diera cuenta de que llevaba trece
horas viajando al lado de un cadáver.
domingo, 18 de agosto de 2013
El paraíso era un andén
Desde el andén en que convertimos este
callejón hasta la zona residencial que es ahora han pasado quince
años.
Nunca fue un andén, pero en nuestra juventud a todo le
añadíamos un poco de magia. Ahora volveremos a encontrarnos, y
mentiría si dijese que no siento un poco de miedo. La última vez
que los vi, Pedro, mi mejor amigo, se marchaba a Rusia; Asier, el
amor de mi vida, iba a casarse con aquella chica de la universidad
-sus últimas palabras para mi “Si mañana se acaba el mundo,
recuerda que te quiero”; a Diana
acababan de despedirla... Hubo un camino para cada uno.
No recuerdo cuándo los vi por primera
vez, aunque tampoco la vez en que dijimos un hasta luego que después
resultó ser un adiós. Simplemente nos fuimos difuminando entre los
días. La vida pasó tan rápido que no tuvimos tiempo para echarnos
de menos. Hasta hoy. Y por eso estoy aquí de nuevo, esperando como
antes me esperaban a mí, pero sin saber bien qué esperar.
Veo a Estela a lo lejos; ya llega. Un
cruce de miradas y vuelve a ser ayer y vuelven todos los recuerdos.
jueves, 15 de agosto de 2013
Carta en verso a todas mis catástrofes.
1-
Soy nutricionista, y cuento las
calorías de cada comida;
soy cirujana, y me extirpo la angustia
con cada corte;
soy política, y miento y todo el mundo
cree que como;
soy ladrona, y me deslizo sigilosa
hasta el baño para vomitar;
soy oculista, y trato de convencerme
ante los espejos de que no es posible estar tan gorda;
soy psicóloga, y me desdoblo para
darme consejos a mí misma;
soy entrenadora, y cada mañana me
obligo a buscar tres motivos para no querer morir;
soy cocinera, y sé de memoria que
ingredientes lleva cada plato.
Soy frío.
Soy hambre.
Soy suspiros.
Soy mentiras.
Soy un universo.
Soy una niña que se ha perdido en la
playa y a la que no llaman por megafonía.
2-
Me tinté el pelo,
me corté el flequillo,
me hice un piercing
y compré ropa nueva
Todo con la esperanza
de poder arreglar un poco
el desastre de persona
en que me había convertido
Pero continúa todo igual
y el espejo sigue devolviéndome
un reflejo que odio con toda mi alma.
Tocarme es una tortura.
Verme es una tortura.
Sentirme es una tortura.
Tocarme es una tortura.
Verme es una tortura.
Sentirme es una tortura.
3-
Ella dijo que no era bulímica,
que era, sin embargo, bulimista,
yo la miré con ojos de fuego,
más hirientes si cabe
que aquello que yo tenía y ella
adoraba.
4-
El despertar equivalía siempre a la
muerte
el despertar equivalía siempre a la
derrota
y mi vida entera era despertar
porque mi vida era
muerte y derrota.
5-
Significa verlo todo de color azul
es el color que siempre había
relacionado con el frío
y era frío lo único que sentía en
aquel entonces.
No era un frío externo
no podías calmarlo con una manta
no podías calentarlo a la danza de las
llamas.
Era un frío que bailaba con mis huesos
que me hacía sentir frágil
era un frío hecho de cristales.
Aún hoy echo de menos ese frío
cuando contemplo mi totalidad frente al
espejo.
6-
De vez en cuando perdía el control
aquel control
que yo me esforzaba tanto en mantener
Pero era imposible,
al final siempre flaqueaba
con mayor o menor frecuencia.
Entonces me escondía en la cocina
lloraba asco y vergüenza
y lo devoraba todo en cuestión de
segundos.
Pasaba rápido, apenas sí
tenía tiempo de pensar en lo que
hacía,
era mejor. Hubiera muerto ahí mismo.
Entonces me miraba
como me estoy mirando ahora
y deseaba volatilizarme, desaparecer.
Y llegaba ella reencarnada en
cualquiera de sus formas:
culpabilidad, ansiedad, depresión,
furia...
Nosotras también la llamábamos Ana.
7-
No son los ojos que me miran
los que me hunden hacia la finitud de
mi existencia.
Son estos ojos, mis propios ojos
los que detestaban cada centímetro de
mi persona.
Y ya no basta con la alta perfección,
sólo cuenta si la perfección es
absoluta.
8-
Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cincuenta y cuatro
(Sólo uno más y paro)
Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cincuenta y uno
(Sólo uno más y paro)
Uno menos
Dos menos
Tres menos
Cuarenta y ocho
(Ya no podré parar nunca)
9-
A menudo pensaba en el suicidio;
no era un castigo,
era una redención.
La vida era todo lo que no me gustaba
y parecía no tener nada bueno que
ofrecerme,
perdía la paciencia esperando ver
salir el sol.
Alguien está cantando a lo lejos
cumpleaños feliz.
Es todo lo que era y lo que no quiero volver a ser jamás. Pero que difícil.
domingo, 2 de junio de 2013
GRADUACIÓN
Buenas tardes y bienvenidos todos, padres, madres, profesores, equipo directivo, amigos y alumnos de bachiller que hoy nos graduamos, por fin:
Para no crearos falsas expectativas, no voy a aseguraros que seremos breves, aunque confieso que he estado tentada de imitar a Dalí, a quien se le atribuye el magnífico discurso que reza "Seré breve, ya he terminado". Pero no, lo siento, nos vais a tener que escuchar.
Sé que parece que el mundo se está desmoronando ahí fuera, pero es realmente un gran momento en nuestras vidas para volvernos un poco locos, para ser ambiciosos. Ahora toca elegir, y las elecciones son duras. Al fin y al cabo, la vida es una improvisación, y no siempre tenemos las opciones que nos gustaría. Por eso es duro. Por eso y porque elegir significa también renunciar; no tenemos ni idea de lo que pasará después, y la mayoría de las veces iremos haciendo a la vez que vamos avanzando, pero aún así no podemos dejar que nuestros miedos arrollen nuestros deseos, no podemos ponernos barreras a nosotros mismos. Va a haber barreras, es cierto, pero dejemos que sean barreras externas, porque son las que nos pone la vida las barreras que podemos superar, siempre que creamos en nosotros. Es llegados a este punto cuándo debemos acordarnos de esta etapa que se cierra, como un ciclo. Y si, es triste, porque aquí hemos crecido, hemos vivido y convivido. Entramos siendo unos niños que hoy dejan de serlo y se preparan para una nueva etapa, otra que, obviamente, también se acabará, como esta. Pero bien mirado, eso es lo bueno de las etapas, que son finitas, que tienen fin; pues con cada una de ellas nos alzamos más preparados para el futuro, porque no podemos mirar el futuro si nos olvidamos del pasado, porque el pasado nos hace ser quien somos y a partir de ahora este será nuestro pasado. Así, con el fin de cada ciclo, estaremos más cerca de, cómo dijo el poeta griego Constantino Cavafis, nuestra Ítaca, y es que nunca sabremos de qué somos capaces hasta que lo intentemos.
Hoy estamos aquí sentados como alumnos que dicen adiós, como profesores que dicen adiós. Sólo seremos un instante más en la historia de este instituto e incluso a la larga este momento sólo será un instante más en la historia de nuestras vidas. Y sin embargo, que miedo da ser conscientes de que esto se acaba, la inminencia da miedo y el cambio da miedo. Sobre todo cuando dejamos atrás algo que nos es tan familiar como respirar.
Han pasado tantas cosas estos 6 años que necesitaríamos tres graduaciones más para contarlas todas. Es curioso cómo los caminos se cruzan y hemos terminado abrazando, admirando y queriendo a gente que un día, hace no tanto tiempo, era solamente un desconocido. Pero ahora esto se acaba. Muchos de nosotros seguiremos viéndonos mañana, hablando de un mañana metafórico por supuesto, pero otros nos perderemos por el camino, como una gota más en un vaso lleno de agua, y pasaremos a ser simplemente un recuerdo en la mente de alguien, con quien quizá crucemos alguna mirada fugaz si volvemos a encontrarnos.
Puede que en esta promoción esté el futuro descubridor de la cura contra el cáncer, o la futura presidenta del gobierno, o simplemente alguien normal que sabe ayudar a quienes le rodean. Sea como fuere, por su paciencia, por su cariño y por todo, le damos las gracias a todos los profesores y profesoras, porque este colegio nos ha dado mucho y, aunque nunca volviéramos a vernos, siempre estaremos unidos por algo: el orgullo de ser estudiantes del Camp de Morvedre.
Este instituto queda como testigo mudo de nuestros cambios; él sigue igual que cuando llegamos -aunque podaron la higuera (los de 3ºC recordaréis el terrible lamento de Andrés Pau), han cerrado zonas y ya son imposibles aquellas 'escapaditas' en algunas clases o incluso las guerras de agua a la hora del comedor...)-pero nosotros, como alumnos, hemos crecido, y estábamos ahí, juntos, cuando empezamos a recorrer el camino de la adolescencia, que es muy duro. ¿Quién no se acuerda de los primeros amores, los primeros desengaños, las chicas que ya parecíamos más chicas, o los chicos, que empezábais a tener una leve barba con la que no sabíais que hacer? Aquí hemos conocido a aquellos que ahora son nuestra tierra firme, nuestra estrella polar.
Y por fin llegó lo que todos estábamos esperando. El gran día. Nuestra graduación. Suena tan importante, y tan definitivo… no sé si habrá alguien más que todavía no pueda creérselo. Atrás quedan ya aquellas mañanas de tres horas en las que parecía que nunca iba a tocar la sirena, atrás quedan ya las angustias de la semana de exámenes, o esos cincos pelados que se conseguían con tanto esfuerzo que sabían a dieces.
Esto es algo demasiado grande como para intentar expresarlo con palabras, aquí se quedan los primeros años de nuestra carrera hacia el futuro, y me alegro de haberlos podido compartir con todos vosotros. Cada uno de los alumnos aquí presentes hoy es una pieza fundamental de este periodo, y todos hemos aportado algo, nuestro granito de arena, nuestra marca particular, que nos ha hecho a todos mejorar; porque de eso se trata, de poner todo lo bueno que tenemos y compartirlo con los demás.
También ha habido momentos malos -o no tan buenos, lo que preferáis- y hemos llorado, hemos aprendido que la vida a veces nos da palos, que da pero que también quita... hemos perdido a gente que un día empezó este mismo camino con nosotros y que desearíamos que estuviera hoy aquí... Ha sido duro, pero no nos hemos dejado vencer, nos hemos superado, de eso se trata, y estamos segura de que algún día, si volvemos a encontrarnos, cualquier cosa pasada aquí nos parecerá maravillosa; y algún día, si volvemos a encontrarnos, empezaremos nuestra frase con un "¿Te acuerdas de cuando..?" Y romperemos a reír, quizá con un tono un tanto nostálgico, pero reiremos.
En definitiva, han pasado los años y hemos logrado sobrevivir, llegar a nuestra meta, ser graduados, y estamos todos aquí sentados, juntos como siempre, quizás por última vez. Estamos aquí sentados dispuestos a enfrentarnos al mundo, con un rotundo sí, porque nuestro instituto nos ha hecho pasar de niños y niñas a hombres y mujeres dueños de nosotros mismos, responsables y libres. La educación que nuestros esforzados profesores nos han dado nos convierte en personas con iniciativa, con futuro, con ganas de cambiar el mundo a mejor, es decir, personas en el más puro sentido de la palabra. Gracias a ellos sabemos que podemos conseguir todo lo que queramos con esfuerzo y dedicación.
No nos queda más que mirar hacia delante, porque después de esta noche -esta última noche- y un pequeño esfuerzo más que nos supone la selectividad, nos está esperando el mundo, glorioso, deseando que lo aprovechemos. Y ahora, como la última hoja que cae en otoño, como las últimas nieves que se derriten en primavera, como la última página de un libro, como las notas finales de una canción, esto se acaba.
GRACIAS
Para no crearos falsas expectativas, no voy a aseguraros que seremos breves, aunque confieso que he estado tentada de imitar a Dalí, a quien se le atribuye el magnífico discurso que reza "Seré breve, ya he terminado". Pero no, lo siento, nos vais a tener que escuchar.
Sé que parece que el mundo se está desmoronando ahí fuera, pero es realmente un gran momento en nuestras vidas para volvernos un poco locos, para ser ambiciosos. Ahora toca elegir, y las elecciones son duras. Al fin y al cabo, la vida es una improvisación, y no siempre tenemos las opciones que nos gustaría. Por eso es duro. Por eso y porque elegir significa también renunciar; no tenemos ni idea de lo que pasará después, y la mayoría de las veces iremos haciendo a la vez que vamos avanzando, pero aún así no podemos dejar que nuestros miedos arrollen nuestros deseos, no podemos ponernos barreras a nosotros mismos. Va a haber barreras, es cierto, pero dejemos que sean barreras externas, porque son las que nos pone la vida las barreras que podemos superar, siempre que creamos en nosotros. Es llegados a este punto cuándo debemos acordarnos de esta etapa que se cierra, como un ciclo. Y si, es triste, porque aquí hemos crecido, hemos vivido y convivido. Entramos siendo unos niños que hoy dejan de serlo y se preparan para una nueva etapa, otra que, obviamente, también se acabará, como esta. Pero bien mirado, eso es lo bueno de las etapas, que son finitas, que tienen fin; pues con cada una de ellas nos alzamos más preparados para el futuro, porque no podemos mirar el futuro si nos olvidamos del pasado, porque el pasado nos hace ser quien somos y a partir de ahora este será nuestro pasado. Así, con el fin de cada ciclo, estaremos más cerca de, cómo dijo el poeta griego Constantino Cavafis, nuestra Ítaca, y es que nunca sabremos de qué somos capaces hasta que lo intentemos.
Hoy estamos aquí sentados como alumnos que dicen adiós, como profesores que dicen adiós. Sólo seremos un instante más en la historia de este instituto e incluso a la larga este momento sólo será un instante más en la historia de nuestras vidas. Y sin embargo, que miedo da ser conscientes de que esto se acaba, la inminencia da miedo y el cambio da miedo. Sobre todo cuando dejamos atrás algo que nos es tan familiar como respirar.
Han pasado tantas cosas estos 6 años que necesitaríamos tres graduaciones más para contarlas todas. Es curioso cómo los caminos se cruzan y hemos terminado abrazando, admirando y queriendo a gente que un día, hace no tanto tiempo, era solamente un desconocido. Pero ahora esto se acaba. Muchos de nosotros seguiremos viéndonos mañana, hablando de un mañana metafórico por supuesto, pero otros nos perderemos por el camino, como una gota más en un vaso lleno de agua, y pasaremos a ser simplemente un recuerdo en la mente de alguien, con quien quizá crucemos alguna mirada fugaz si volvemos a encontrarnos.
Puede que en esta promoción esté el futuro descubridor de la cura contra el cáncer, o la futura presidenta del gobierno, o simplemente alguien normal que sabe ayudar a quienes le rodean. Sea como fuere, por su paciencia, por su cariño y por todo, le damos las gracias a todos los profesores y profesoras, porque este colegio nos ha dado mucho y, aunque nunca volviéramos a vernos, siempre estaremos unidos por algo: el orgullo de ser estudiantes del Camp de Morvedre.
Este instituto queda como testigo mudo de nuestros cambios; él sigue igual que cuando llegamos -aunque podaron la higuera (los de 3ºC recordaréis el terrible lamento de Andrés Pau), han cerrado zonas y ya son imposibles aquellas 'escapaditas' en algunas clases o incluso las guerras de agua a la hora del comedor...)-pero nosotros, como alumnos, hemos crecido, y estábamos ahí, juntos, cuando empezamos a recorrer el camino de la adolescencia, que es muy duro. ¿Quién no se acuerda de los primeros amores, los primeros desengaños, las chicas que ya parecíamos más chicas, o los chicos, que empezábais a tener una leve barba con la que no sabíais que hacer? Aquí hemos conocido a aquellos que ahora son nuestra tierra firme, nuestra estrella polar.
Y por fin llegó lo que todos estábamos esperando. El gran día. Nuestra graduación. Suena tan importante, y tan definitivo… no sé si habrá alguien más que todavía no pueda creérselo. Atrás quedan ya aquellas mañanas de tres horas en las que parecía que nunca iba a tocar la sirena, atrás quedan ya las angustias de la semana de exámenes, o esos cincos pelados que se conseguían con tanto esfuerzo que sabían a dieces.
Esto es algo demasiado grande como para intentar expresarlo con palabras, aquí se quedan los primeros años de nuestra carrera hacia el futuro, y me alegro de haberlos podido compartir con todos vosotros. Cada uno de los alumnos aquí presentes hoy es una pieza fundamental de este periodo, y todos hemos aportado algo, nuestro granito de arena, nuestra marca particular, que nos ha hecho a todos mejorar; porque de eso se trata, de poner todo lo bueno que tenemos y compartirlo con los demás.
También ha habido momentos malos -o no tan buenos, lo que preferáis- y hemos llorado, hemos aprendido que la vida a veces nos da palos, que da pero que también quita... hemos perdido a gente que un día empezó este mismo camino con nosotros y que desearíamos que estuviera hoy aquí... Ha sido duro, pero no nos hemos dejado vencer, nos hemos superado, de eso se trata, y estamos segura de que algún día, si volvemos a encontrarnos, cualquier cosa pasada aquí nos parecerá maravillosa; y algún día, si volvemos a encontrarnos, empezaremos nuestra frase con un "¿Te acuerdas de cuando..?" Y romperemos a reír, quizá con un tono un tanto nostálgico, pero reiremos.
En definitiva, han pasado los años y hemos logrado sobrevivir, llegar a nuestra meta, ser graduados, y estamos todos aquí sentados, juntos como siempre, quizás por última vez. Estamos aquí sentados dispuestos a enfrentarnos al mundo, con un rotundo sí, porque nuestro instituto nos ha hecho pasar de niños y niñas a hombres y mujeres dueños de nosotros mismos, responsables y libres. La educación que nuestros esforzados profesores nos han dado nos convierte en personas con iniciativa, con futuro, con ganas de cambiar el mundo a mejor, es decir, personas en el más puro sentido de la palabra. Gracias a ellos sabemos que podemos conseguir todo lo que queramos con esfuerzo y dedicación.
No nos queda más que mirar hacia delante, porque después de esta noche -esta última noche- y un pequeño esfuerzo más que nos supone la selectividad, nos está esperando el mundo, glorioso, deseando que lo aprovechemos. Y ahora, como la última hoja que cae en otoño, como las últimas nieves que se derriten en primavera, como la última página de un libro, como las notas finales de una canción, esto se acaba.
GRACIAS
domingo, 12 de mayo de 2013
Desenfoque
Ojos negros como pozos infinitos
mirada descarriada de locura amarga
sobre tus hombros una enorme carga
y tú y yo aún más distintos
Ebrios vapores de la noche enfurecida
a los que te abrazas con desidia
te acunas en su fermentada caricia
en una entrega de tu mente desmedida
Y por las mañanas el mundo se deshace
y por las tardes el mundo te acobarda
y por las noches otra vez ojos negros de azabache
Asustado ante el universo que se agranda
deja de vagar por sendas kamikazes
vuelve a aquel recuerdo que te extraña
mirada descarriada de locura amarga
sobre tus hombros una enorme carga
y tú y yo aún más distintos
Ebrios vapores de la noche enfurecida
a los que te abrazas con desidia
te acunas en su fermentada caricia
en una entrega de tu mente desmedida
Y por las mañanas el mundo se deshace
y por las tardes el mundo te acobarda
y por las noches otra vez ojos negros de azabache
Asustado ante el universo que se agranda
deja de vagar por sendas kamikazes
vuelve a aquel recuerdo que te extraña
HISTORIAS ATRAPADAS EN UN CHARCO DE LLUVIA
PELDAÑOS (II)
Quebraban albores y una luz mortecina
de sábado ceniciento recorría curiosa y juguetona cada recoveco de
mi habitación, incluso el más secreto, dotándolo todo de una
atmósfera etérea que amorataba las paredes blanco hueso del cuarto;
las cortinas de color verde oliva bailaban al ritmo frenético de la
brisa caprichosa.
Me erguí sobre un codo y contemplé
algo que bien podía resumir como Caos: Caos en los apuntes que
dormían abrigando el escritorio, Caos en la amalgama de ropa que
invadía la butaca de la esquina, Caos en las mochilas, bolsas y
zapatos que cubrían -y casi escondían- un suelo de parqué, Caos en
las constantes cruces que llevaban la cuenta de los días en el
calendario... Las vistas eran buenas, muy buenas de hecho, había que
reconocerlo. No tanto como las de aquella casa de Ashbourne, o esa
otra en la que estuvimos sólo un par de semanas desde la que se
veían el mar y un imponente y protector faro, ¿Dónde estaba? ¿A
Coruña? Creo que si, la Torre de Hércules se llamaba; pero en fin,
estas tampoco estaban nada mal. Mi ventana se convertía -sobre todo
a estas horas enturbiadas de la madrugada- en un mirador que mostraba
tímido todos los encantos de Isle of Skye, montañas enteras
luciendo sus majestuosas capas verdes e infinitas y un cielo gris
tormenta que por las mañanas le mordía a una las mejillas. El
colegio más cercano estaba a tres cuartos de hora en autobús,
aunque después de más mudanzas de las que quería recordar había
decidido estudiar en casa. Mamá decía que era lo mejor. Yo lo
dudaba, pero estaba cansada. Cuándo bajaba al comedor a reclamar por
mi vida social, atrofiada y agonizante, ella se escondía detrás de
sus copas de cristal de bohemia importadas desde Italia y murmuraba,
-Rebeca cielo, deja de revolotear y
sube a cambiarte, van a llegar los señores Murray y quiero que todo
esté perfecto.
Y así zanjaba el tema; siempre había
unos señores Murray o Romero o Cuicchi para los que todo tenía que
estar perfecto; aunque en el fondo todo estuviera desmedidamente
imperfecto. Mi padre no tocaba el tema. Haz lo que prefieras, decía.
Nunca estaba en casa, y cuando lo estaba era sentado en aquel sillón
granate con aire de suficiencia que había recorrido medio mundo. Se
dejaba caer, suspiraba, un suspiro profundo cuya finalidad era
alejarse del día, y se escondía detrás de un periódico que le
dejaba los dedos manchados de tinta. Cuando venían los señores Tal
de turno, se lavaba las manos y, despistado y dócil, se dejaba guiar
por las manos expertas de mi madre, que le anudaban la corbata
caldera, preparaban diestramente la mesa y azuzaban con fiereza a la
pobre Pancha Gómez, que defendía su cocina. Pancha era la señora
del servicio, era sudamericana, siempre eran sudamericanas. Había
llegado a escocia hacía más de treinta años, pero su acento era
pésimo y cuando hablaba -tanto en inglés como en castellano- su
barbilla temblaba compungida por la edad y sus ojos brillaban con la
sabiduría de diez lustros. Me caía bien esta Pancha. Me atrevería
a decir que incluso mejor que mi madre. No la quería más pero me
caía mejor. No soportaba a mi madre, de veras.
Napoleón, un gato callejero tiznado de
negro que había encontrado durante un paseo extraviado que me llevó
al Trastevere, en la época que pasamos en Roma, se desperezó a los
pies de mi cama de sabanas eternas. Adoraba ese gato. Todo cambiaba,
no parábamos, era una desconocida en cualquier sitio, pero Napoleón
siempre seguía a los pies de cualquiera de mis camas, desperezándose
por las mañanas con una boca que anhelaba la fauce del león. Le
llamé Napoleón porque tenía problemas de estómago, como dicen que
le pasaba al emperador -al parecer ese era el verdadero motivo de que
saliese con la mano reposando en el abdomen en casi todas sus
pinturas-. Lo tomé en brazos y me levanté, y las sábanas eternas
resbalaron por mi cuerpo y cayeron al suelo, contribuyendo un poco
más a aumentar el caótico caos.
Dejé que las cortinas siguieran
danzando y taché con un rotulador verde el día 21. Aquel mes todos
los días eran verdes, y el mes anterior y el anterior. No solía
pasar con frecuencia, un trimestre entero tachado con el mismo color.
Acostumbro a cambiar de rotulador cada vez que nos mudamos, y así
consigo un esquema cromático bastante exacto. Es por eso que mi
calendario termina siempre pareciendo los restos desordenados de una
lucha entre arco iris.
Bajé descalza las escaleras, con el
gato en brazos, sólo porque sabía que mi madre lo detestaría.
Quizás así consiguiera algo más que un “Rebeca recoge tu
habitación que va a llegar el señor Atchinson y quiero que esté
todo perfecto”. El señor Atchinson era mi profesor de piano; venía
todas las mañanas de sábado y pasaba conmigo dos horas tempestuosas
en las que me taladraba con su acento escocés. Mi madre -aquella que
apenas me daba un beso de buenos días por las mañanas- se había
empeñado años atrás en que aprendiese piano, al parecer era algo
refinado y de muy buen gusto. Así que bajé y allí estaba Adela, mi
madre, con su melena rubia, polioperada, ojos zafiro y aquella bata
de seda rosa que tanto le gustaba.
-Rebeca cielo, mil veces te he dicho ya
que te pongas las zapatillas para estar por casa, ¿Qué va a pensar
Pancha de ti si te ve así? Por el amor hermoso Rebeca cielo, ¿Dónde
va a pensar que te has criado?
-Buenos días a ti también mamá. ¿Y
papá?
-Está leyendo el periódico, no le
molestes hija -efectivamente ahí estaba mi padre, hundido en su
sillón y enfrascado en la lectura-. Por cierto -e hizo una breve
pausa dramática muy típica en ella- hoy no viene el señor
Atchinson.
-¿Y eso? -me estaba poniendo un poco
nerviosa, mi madre era con los horarios de un riguroso exquisito-.
-Tenemos que hablar de unos asuntillos,
nada serio, un par de asuntillos.
Se me vino el mundo encima. Un par de
asuntillos. Cada vez que mi madre decía esa frase la casa se
envolvía en un frenesí que significaba que nos volvíamos a mudar.
Me quedé lívida, blanca como la luna. El silencio debió ser tan
tenso que Pierre, mi padre, asomó su cara engalanada con bigote
francés por un lado del periódico y se vio obligado a concretar,
-Nos volvemos a mudar hija; han salido
negocios importantes en Alemania, así que nos vamos.
Lo sabía. Tenía que pasar. Demasiado
tiempo llevábamos ya aquí, ahora que me estaba acostumbrando, y que
medio conocía a unas cuantas chicas del taller de corte -si, mi
madre también pensaba que la costura era algo refinado y de muy buen
gusto-. No me dolía dejarlas a ellas, pero me había supuesto un
esfuerzo tan grande acercarme a hablarles ¡Romper mi círculo de
marginada era algo que me costaba! Pero a ella le daba igual. Suponía
que si se había casado con papá era por eso. Él era jefe de
distribución: proveía hoteles, perfumerías particulares... No
paraba, su casa era el mundo, y el mundo lo entendía y lo respetaba,
y mamá adoraba ser adorada allá dónde pisaba, se comía con la
mirada cada salón en cuanto llegaba, se los metía en el bolsillo,
le encantaba que le bailaran el agua. A mi me costaba. No es que
fuera tímida, es que había aprendido que con tanto ajetreo era
mejor no encariñarse con la gente, porque entonces cada despedida
era peor, y llegó un momento en el que me levanté una mañana y,
por pura inercia, dejé de querer caerle bien a los demás. Ni bien ni
mal. Me sentaba en una esquina en el fondo de la clase y dejaba que
mi lacia melena negra me escondiese de los demás y me hiciera pasar
desapercibida, y sólo de vez en cuando me echaba el pelo detrás de
la oreja dejando al descubierto una mejilla cetrina y unos ojos color
aceituna. Alemania. Uau. En fin.
-Voy a decirle a Pancha que me haga
unas tostadas -dije desganada-
-Bien cielo, y luego coge las cajas que
hay en el trastero y ves guardando tus cosas, son unas preciosas de
color coral con mariposas, te van a encantar -contestó mientras se
alejaba-
Prácticamente había desempaquetado
todo hacía una semana, soñando con un poco de rutina, que rabia.
-¿Tengo que empezar ya? ¿No puedo
aprovechar la mañana? Se ha quedado un sábado precioso, ¿cuándo
nos vamos?
-Mañana -canturreó desde el baño-.
Solté a Napoleón del asombro, que se
marchó bufando y con una mirada indignada de reprobación en los
ojos. Mañana. Casi inconscientemente anduve hacia la puerta,
majestuosa y enorme, y salí fuera, a aquella mañana de ojos tristes
de despedida. Como iba descalza el rocío de la mañana que perlaba
la hierba me mojó los pies. Fue un escalofrío cálido, como un
abrazo que me daba la llanura antes de irme. Apenas una lágrima
tímida se asomó a mis ojos,
pero allí se quedó. Demasiadas veces había caído en vano,
evaporándose en la infinidad de mis mejillas.
-Lo
importante está oculto entre la realidad -me repetí como tantas
otras mañanas de hasta siempre.
El
día pasó como una nebulosa despechada, entre acciones mecánicas
incontables veces repetidas. Cajas. Recuerdos. Zapatos. Libros.
Colecciones empezadas. Postales... Pancha me abrazó mientras la pena
le desbordaba los ojos y yo lo sentí, lo sentí muchísimo, pero fui
incapaz de derramar una lágrima. Me acosté con un abismo en el
pecho, mientras los rayos de luna acariciaban mi pelo y el viento me
cantaba inconscientes nanas de besos escapados.
Me
desperté sobresaltada y entre sudores. Miré mi reloj. Eran las 6 de
la mañana del domingo. Debí haber soñado algo que me asustó. El
corazón me golpeaba furioso contra las sienes. Intenté relajarme y
perdí la mirada entre las colinas de Isle of Skye; estaba a punto de
amanecer. Napoleón se revolvió intranquilo a mis pies. Suspiré,
iba a ser otro día duro.
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