sábado, 1 de octubre de 2016

A Marlene, la puta del ático #3

Yo suponía que llegado un punto el dolor sería tal que simplemente dejaría de sentirlo, sin más, porque no es posible vivir eternamente con un puñal clavado en la memoria.
¿Entiendes?
Suponía que una mañana despertaría y aunque me llorase el alma ya no me podrían seguir llorando los ojos; que me levantaría al salir el sol y ya no recordaría tu nombre, ni tu cara, ni el olor de tu pelo, ni lo suaves y amables que eran tus manos cuando me acariciaban despacio, entre las sábanas cálidas como tus besos, todas las otras mañanas que pensé que tampoco recordaría.
¿Entiendes?
Yo creí, ingenuo, que si me pasaba noches y noches enteras mirando al techo imaginándote tu recuerdo se gastaría tanto que no podría volver a usarlo más. Y desaparecerías; y sería tan fácil ¿entiendes?
Pero claro que no lo entiendes.
¿Qué pasa Marlene, qué pasa si no existe eso que andas buscando? Eso que te tuvo en un trance de amapola los últimos días. ¿Y si no existe? Cuánto odio había en tus suspiros, y tú no lo sabías, cuánto odio en las miradas incrédulas que me dirigías. ¿Y si soy yo lo único bueno que te va a pasar? Piénsalo, Marlene por favor piénsalo. Ahora, de rodillas, mojado con la lluvia de cien años, con el llanto milenario que se alimenta del eco de otros mil hombres arrepentidos. ¿Y si soy yo lo que estás buscando?
No es tarde, aún no. Cada segundo que vivo es un segundo que te espero.
He pensado tanto, tantísimo. He vivido en un zumbido constante desde que te fuiste Marlene, un parloteo infinito del que no podía escapar. Pero de repente se han callado todas las voces y lo he visto, lo he visto.
He visto cuando comenzaste a irte, Marlene, cuando empecé a dejar que te perdieras.
Llevabas aquel vestido naranja, precioso, que te lo ponías y andabas todo el día con el mentón bien alto, porque te hacía parecer la mujer más decidida de la tierra. Y no sé porqué no te dije que estabas preciosa. Y llegaron Marcos y Taís y nos saludamos con prisa porque ellos llevaban las entradas y llegaban tarde, y ellos sí te dijeron que estabas preciosa. Y yo no decía nada. No me gustaba Marcos. Tampoco me gustaba Taís. Y lo hice por ti Marlene, ¿no lo ves que lo hice por ti? Y dentro, cuando se apagaron las luces y me resbalaron heladas dos lágrimas por las mejillas, vi que me miraste, y también llorabas; me diste la mano dudando, frágil, como si se hubiese perdido la magia del vestido naranja, pero es que yo no podía ni mirarte ni hablar. Ni quise hablar luego, minutos antes de lanzar aquella botella contra las olas. Algo se había roto, y yo lo supe entonces, pero tú te diste cuenta antes, ¿cuándo? ¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué no me dejaste parar Marlene, por Ti, por Dios? En tus ojos, tus ojos de pozo de luna, que parecían vacíos aquella tarde, te juro que vi toda mi vida. ¿Dónde estabas? Recuerdo que tarareabas algo, una canción que no conocía, y no le di importancia. ¿Y si la tenía? ¿Y si era tu conjuro para dejar de sentirte sola, de sentirte desgraciada, y yo no me di cuenta?¿Dónde estabas Marlene?
Yo me di cuenta entonces, pero solo pude hacer como si nada.
Llévame allí contigo, deja que vuelva, que me fui en un tren de madrugada sin despedirme pero fue porque tú ya no estabas. Y me quema, me quema el adiós en los labios, y el beso en los labios. Mil besos, pero no de adiós, mil besos de hola, de bienvenida; mil besos de “lo siento tantísimo. Mil besos como mil mariposas de fuego.
Pero ¿ves cómo no lo entiendes? Que tuve que irme, que estaba echando raíces y tú ya no querías saber, fuiste tú quien dejó de regar los geranios de las ventanas y por eso se volvieron cada vez más oscuros, más secos, más fríos y yermos, hasta que cayeron sin pétalos y los dos los olvidamos.

Maldita seas Marlene, en todos los idiomas enterrados; fuiste tú quien comenzó a olvidarnos.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Festín

El patetismo de las ratas
corriendo sobre los restos podridos
de aquella noche en que me invitaste a cenar
¿Cuándo fue?
Ayer o hace mil años
ya no recuerdo
pero tenía el cabello
largo al viento
y enredado en ramas
Ahora
las putrefactas flores de mis ojos
los agónicos pájaros de mis dedos
ya no viven
sino muriendo
ya no ríen
sino llorando
Ya no hacen sino roer
los restos de otros ayeres.

viernes, 26 de agosto de 2016

Aguja y olvido

La que guarda bajo la falda
un bosque entero
de flores incendiadas
se despierta una mañana
con un vacío en el pecho
y otro en la memoria

Ya no recuerda su nombre
ni de dónde viene
por eso huye de sí misma
perseguida por los fríos alfileres del olvido
y se refugia en las montañas
para esconderse de las horas

Quiere proteger una sonrisa
que alguien pintó
(no sabe quién, quizás fue ella)
alguna vez en su cara

La enamorada del viento
con sus toscos dedos
como de plumas de flamenco
acaricia los labios del ausente
del que ya no recuerda

Ella
la de los ojos caóticos
la de la melena de selva
se perdió más allá del espejo
y ahora se convierte en llanto puro
pero no lo reconoce como suyo
porque ya no recuerda

Perdió su última inocencia
con un barco que se fue en la madrugada
pero tampoco recuerda

Memoria, olvido, tierra

Espera en la montaña
el sol sagrado que la salve
de una noche fría y sin horas

La que guarda bajo la falda
un bosque entero
de flores incendiadas
se despierta una mañana
con un vacío en el pecho
y otro en la memoria

Pero mírala
mírala cómo anda perdida
por sobre sus propias huellas marchitas
ha olvidado que hay caminos
que siempre acaban en muerte

Alguien debería advertirla
que el olvido es el recuerdo
y el recuerdo es el olvido
y que abra los ojos
que se está perdiendo el baile de las luciérnagas eternas

Y de repente
despierta.


jueves, 19 de mayo de 2016

#3 Otredad, si tú supieras

Atrapada en el estar
en el éter
como una diminuta partícula
de polvo viva
que sólo existe si le da la luz.

Atrapada en el ahora
en cualquier hora
como una hoja pequeña
que no vuela
porque no hay viento que sopla.

No miro cómo se besan
los enamorados en las calles oscuras
ni miro cómo
se cogen de la cintura,
universo-cintura.

Pero oigo cuando los besos
caen abrazándose a los charcos
y de ellos crece siempre
un verde árbol
cargado de fruta madura.

Y todavía no miro pero oigo
los colores de los sexos
los colores de las manos
que se buscan y se encuentran
en las frutas del orgasmo.

Y rojas las manzanas
como los besos.

Y naranjas las naranjas
como sus labios.

Pero si miro anidan cien cuervos
blanco sucio gris templado negro oscuro
como mi pecho.

Antaño
cuando vivían siempre flores enredadas en mi pelo
mis dedos eran una constante caricia para el mundo.

Llegaron rodando las rocas que arrastran
la pesadilla de la muerte
mírame como si fuese el primer sol de tu vida.

Destierra para siempre la montaña de nuestros sexos
murmúrame como a un arroyo
cuéntame las historias antiguas
que se hablan hoy con el lenguaje de los sueños.

Quédate a dormir en mi frente para siempre
un segundo, siempre
dos segundos, siempre
ahora, siempre

Que me pesan los brazos
y me pesan los párpados
¿y si no es cierto
que llevo todos mis siempres soñando?

¿Y si despierto
y descubro
que no hay lumbre en el cielo
que no hay amor en los hombres?

jueves, 28 de abril de 2016

#2 Otredad, si tú supieras

La vida son los ríos
que van a dar a la mar
que son tus ojos.

Cuántas veces abrí los brazos
a tu agua salada.

Parece que llevo buceando
mil años
y aún no he encontrado el fondo.

Y cuanto más lo intento
más me alejo de las luces
amarillas
de esperanza
que bailaban hace tiempo en la superficie.

Mis manos, algas.
Mi pelo, algas.
Mi boca, un par de caracolas.
Mi alma, alma sola.

Se llora bien aquí abajo
en tus ojos
que son el mar
que son los ríos
que son toda mi vida.

Se llora bien aquí abajo
ante la mirada impasible de los rapes.

Pasan más lento aquí abajo
las horas
como si los segundos nacieran
y murieran ahogados
entre las olas.

Ayer encontré una cueva con olor a tierra
y reflejado en lo más hondo
vi tus ojos
que se miraban en el espejo
sin verme
sin sospechar siquiera
que yo te estaba observando.

Naufragó el tiempo para siempre
cuando con tus manos te tocaste el pelo
naufragó para siempre el tiempo
cuando te humedeciste los labios
y sonreíste.

Tan lejos
empiezo a perder tu voz entre la espuma
ya no hay arriba ni abajo
ni quizás ni nunca
solo esta cueva oscura
mojada y con olor a tierra.

Tan sola
empiezo a perderme y me mezo
y no importa
me pierdo en la cueva
para vivir en tus ojos
que son el mar
que son los ríos
que son toda mi vida.

domingo, 24 de abril de 2016

A Marlene, la puta del ático #2

Pensar en ti es como intentar abrazar la lluvia; acabo siempre igual de solo que al principio, pero con la cara bañada de lágrimas. Lágrimas tuyas, o de otros cielos. Y las gotas caen contra el suelo con el ruido de un jarrón de cristal que se hace añicos, y de la misma manera y con el mismo ruido caen los segundo desde que te has ido. Porque te siento, estás ahí en alguna parte, pero me falta mundo para volver a tus brazos.

Marlene.

Que me han contado que ahora sacas más a pasear tus piernas, y los hombres se giran a mirarte y ya no te importa. Que antes montabas en cólera si alguno se atrevía a pedirte fuego con voz melosa. Pero ¿cómo no iban a hacerlo, Marlene, si el cigarrillo colgando entre tus labios era la mejor publicidad con la que cualquier marca de tabaco pudiera soñar? Por aquel entonces hacía ya años que no se veían anuncios de aquellos en la tele, pero tú seguías caminando con el pecado en la sonrisa y entre tus dedos de uñas de nácar, y sin darte cuenta eras la principal contracampaña. ¿Cómo no iban a pedirte fuego, Marlene, si aquel cigarro era lo más cerca que podían estar de tu boca? Pero para aquellos no tenías más fuego que el de tu mirada de ojos de loba rabiosa, y aquel mohín de desagrado que nacía entre tus cejas. A mí no me llames muñeca, decías, a mí no me llames muñeca que tengo en la espalda dos alas p'a echar a volar hasta donde tú no llegarás nunca, y tengo el cerebro lleno de sueños que no entiendes, y las manos callosas de apartar las piedras del camino si me molestan. Cuánto te admiraba entonces, con tu mentón alto y desafiante. Y si te llamaban puta decías que preferías mil veces ser puta que santa, que las santas no viven, sólo esperan. Cuánto odio ahora haberte amado tanto. De aquellos días sólo me queda tu recuerdo, que juega a esconderse mientras me desvivo por alcanzar el olor de tu pelo, y el constante y amargo sabor a tabaco en el paladar.

Que me han contado que sigues yendo sola al cine, pero que no han vuelto a verte salir llorando a moco tendido, como antes hacías. Y que de vuelta a casa ya no paras en el bar de la esquina a tomar una cerveza mientras esperas que la noche te seque las lágrimas y te acaricie los ojitos con sus dedos fríos. Has perdido el bovarismo, se te fue con el corazón aquella tarde que llovía y por eso andas como hipnotizada y como muerta. Por eso ya no te sonríen las flores cuando pasas; por eso la música ha dejado de guiarte hacia los fados secretos.

Y no me arrepiento. No me arrepiento de haber respirado hondo, más hondo, para que mi carcajada rencorosa, reconocidamente rencorosa, sonase tan fuerte y tan alto que llegase hasta el ático donde te escondes. No me arrepiento de haber pensado que aquel día el sol brillaba más naranja, más claro, ni me arrepiento de haber ido a la sombra de las calles hasta nuestro muelle de siempre, donde juré que ya no volvería, a pedirme, también, lo que nos pedíamos siempre. Siento antítesis de lo que sientes, Marlene, y cuanto más vacía estés me sentiré más vivo. De mi oscura desesperanza tu dolor es mi abrigo… Porque sufrir en tu compañía es seguir compartiendo algo contigo. Aunque no sea más que el odio hacia nosotros mismos. Y no me arrepiento de nada, mas que de los besos con los que vestí tu cuerpo canela mil veces, besos que te habrán borrado ya las duchas y las lluvias y los orgasmos y otros besos, pero que a mí me siguen ardiendo en los labios.



Ahí sigo, buscando el momento en que cambió todo, a ver si recuerdo cuándo empezaste a irte y me olvido, de una vez y para siempre, de lo guapa que estabas mientras leías.

#1 Otredad, si tú supieras

El cielo se mira como se miran los espejos,
intentando encontrar lo que no existe.
Las nubes se miran
con la esperanza de poder tejer con ellas un abrigo
para cuando vayan mal las cosas.
Pero aqueste abrigo te arañará los brazos
con sus rascacielos finitos y sus gaviotas finitas.
Y te arañará la espalda, y te arañará el cuello y los labios.
Las gaviotas confundidas en tu azul, azul, azul
creyéndote mar y cielo
caerán en picado a devorar tus ojos amarillos
ojos de pez y de sol.
Huyes por los tejados
intentando quitarte la chaqueta
pero ya no eres tú.
Ahora solo hablas el idioma
de las estelas de los aviones en el cielo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Feurozpa

Que no descansen tus huesos
Que la Tierra no te acoja en sus entrañas
Que no vuelvas nunca a ese abrazo uterino del que todos venimos y al que hemos de volver.

Las flores de tu corona
se regarán sólo con lágrimas
de rabia
de dolor
de miedo.

Nadie recordará tu nombre
Tus hijos crecerán confusos
venidos de la nada

Desapareces
Resígnate
y emprende con calma tu viaje al vacío.

Europa
paraíso feroz
aprietas el puño
para reventar los ojos de los niños sin esperanza.

Europa
utopía perdida
a tu paso crecen rosas
que sólo son espinas.

A duras penas se oyen los suspiros
por encima del ruido
de tantos estómagos hambrientos
de tantos cerebros vacíos.

Llegará el día en que hayas acabado
con todos los océanos de sangre
vísceras
de los sueños que hemos ahogado
pensando que no podíamos.

Que nadie podía salvarnos.

Y abrirás sedienta tus fauces
pestilentes
resecas
en busca de más.
Pero ya no habrá más.

Alguien extenderá sus alas
manchadas de petróleo
para borrar la pez de nuestros ojos
para gritar

ESTAMOS VIVOS
ESTAMOS MURIENDO
LEVANTAOS DE VUESTRAS SILLAS
ALEJAOS DEL ESPEJO OSCURO.

He visto hombres llorar
el dolor de constelaciones
con las lágrimas de hombres que lloraron siglos antes.

He visto mujeres
desgarrándose los vestidos y golpeándose el pecho
con la furia de mujeres que se golpearon el pecho siglos antes.

Pero también he visto flores
y he visto gente que se abraza con los ojos cerrados para ahuyentar fantasmas.

Cada latido sentido es un latido vencido.



viernes, 5 de febrero de 2016

La caza

Entre los olivos
¿espejos? y espejismos.

Nosotros
los de entonces
¿somos los mismos?

Aquí sigo
dando caza a mi recuerdo
entre los olivos.

Cargad de flores los revólveres
entrad en la cueva.

No se ve nada.

Una vela.

El horrible monstruo del pasado
sálvese quien pueda.

martes, 10 de noviembre de 2015

Cuando vienes para quedarte, vida mía.

Confieso que he vivido
pero que nunca me di cuenta hasta ahora.

Confieso que conocía mis alas
pero que jamás me atreví a usarlas para volar.

Tenía el alma aletargada, alma que espera.

Confieso que me daba miedo la soledad
y me daba miedo que los charcos de la ciudad
me devolvieran un reflejo triste.
O marchito.
O cansado.

Confieso que amé mucho y lloré quedo
y me daban miedo los finales.
Y el olvido.
Y desaparecer.

Confieso que una mañana, de repente, me desperté y era enero en mi calendario.
Juro que hacía sol.
O igual era mi alma, que se desperezaba radiante después de tanto tiempo.

Confieso que he vivido,
que estoy viva,
que estoy viviendo.

Y no me arrepiento de nada.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Después de ti

Estaba lloviendo ese día, ¿recuerdas?
Y nuestros ojos reflejaban la lluvia
como espejos de la triste avenida
pero en el fondo no llorábamos;
estábamos yermos. Almas de páramo.

Quisiera haberte leído los labios
a la manera de los ciegos
para escuchar lo que decías al callar
cuando estabas como ausente.
Pero ya no podía tocarte.
Jamás te había sentido tan lejos y a la vez tan cerca,
como a diez mil kilómetros pero a mi lado;
con un esfuerzo alcancé tu mano y se rompió la soga
y te convertiste en mi pasado
y comenzó la vida que comenzaba después de conocerte,
la que sin saberlo me había estado esperando.

Después de ti aprendí a leer el idioma de los árboles.
Después de ti los minutos empezaron a pasar muy rápido.
Después de ti me miré y me di cuenta de que nunca me había mirado antes.

Me quedé anclada a esos ojos,
como no me había pasado hasta entonces ni me volvió a pasar después.
No podía moverme ni hablar.
Solo podía seguir mirándolos.

Todo lo oscuro
se volvió claro.
Aquí sigo pensando.

martes, 15 de septiembre de 2015

A Marlene, la puta del ático.

Fue mi primer amor. Acabó mal, como deben acabar todos los primeros amores; porque ella ya no me quería, y yo moría por Marlene todas las noches para volver a conocerla en su infinidad cada mañana. No la odio. Ya no puedo leer a Walt Whitman, que es mi poeta favorito, porque me recuerda tanto a ella; he dejado de escuchar a Chuck Berry, y lloro cada vez que alguien pide helado con sabor a limón, pero no la odio. Aunque tal vez la odio. La odio.

¿Por qué dejó de ser feliz? ¿Por qué ya no sonreía cuando echaba a correr detrás de las palomas? ¿Por qué mi mano dejó de ser suficiente para agarrarse a la vida?

Y me odio. ¿Cómo pude perder su doble sonrisa para siempre? ¿Cómo pude no darme cuenta de que sus silencios estaban vacíos? Perdí tanto tiempo amando sus lunares, sus estrías, sus secretos ocultos bajo la tenue sábana del día a día, ciego. Y ahora será de otro, como antes de mis besos, y pienso que no llegué a conocerla nunca. Pienso que escapó cuando creyó que intentaba domarla; que yo solo quería volar a su lado, pero que quizás lo intenté, quizás intenté domarla sin darme cuenta. Amo ese lado salvaje de Marlene, con su melena felina y sus piernas felinas, y ese andar delirante que tiene. Odio ese lado salvaje de Marlene ahora que no es mío. Siempre fue tan egoísta. Mi madre me lo decía, me decía las mujeres así traen siempre la felicidad más efímera y el dolor más amargo porque no miran por dónde pisan, solo miran a dónde quieren ir. No quise escucharla, porque la felicidad efímera que traen las mujeres-Marlene es la más adictiva que he conocido nunca, la más real. Luego, cuando llegó el otoño, pensé que el dolor valdría la pena. Que aquel calor de antaño lo compensaría todo. Siempre. Pero la odio. Ella ya no quiere oírme ni mirarme ni recordarme y mi voz la busca en la noche para abrazarla como antes. Pero ella ya no me quiere, ya vuelve a ser feliz, y la odio.

La recuerdo natural, brillante, con sus recias manos comprando un domingo las últimas cerezas del verano, que se llevaba a los labios; el hueso de la cereza deslizándose entre sus dientes como un xilófono de amor y de muerte. Y sus ojos. Ojos negros que erigí como mi dios único y verdadero en cuanto tuve la suerte de encontrármelos. Que me dejaron tocado para siempre.

Marlene, te bajo de los cielos, te necesito excomulgada de tu propia religión, de la fe divina que creaste sin quererlo y en la que he pasado toda mi vida, que empezó contigo. Te quiero en la tierra, Marlene, real tú y yo realista, para odiar tus lunares, tus estrías, tus secretos ocultos bajo la tenue sábana del día a día... Para odiar tu risa y que te ahogues en mi pena salada.

Marlene...

Marlene, bruja y pitonisa. Estabas cansada, sintiendo tu corazón tan lejano y nuestro primer beso tan lejano; preparada para conocer el mundo que venía después de conocerme. Marlene. Puta. Sibila. Siempre supiste que te irías volando algún día, y me miraste a los ojos, diosa, divina, y te creí todas las veces con la fe ciega de los devotos. Todo por tus ojos, Marlene.

Necesito pensar que no existe otro universo en el que estemos juntos, que no existe tampoco un lugar en el que nuestro pasado se siga repitiendo, eterno. No conozco los silencios que lo expliquen todo, ni las miradas salvadoras; solo esta soledad oscura y húmeda que me ha devorado el alma.


sábado, 6 de junio de 2015

Nietos de la ira

No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia intranquila
intentábamos hacerlo lo mejor posible.

El día en que bajaron llorando las palomas
a picotear los ojos de las avispas ahogadas en la fuente
mientras yo con los pies mojados
me desnudaba de diez mil capas de plomo,
me sorprendí al borde de un abismo lleno de monstruos azulados.

Azulados color luz pausada de muerte.

Ay, Sol de la existencia humana
¿Acaso nos creas para divertirte
viéndonos vagar a nuestra suerte, a la suerte de los más grandes?
A tientas buscamos siempre
un interruptor en la oscuridad de las paredes.

Una luz menos fría que esa luz azulada, color luz pausada de muerte.

No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia húmeda,
se nos empezaron a pegar los cabellos de algas a la cara.

Al gritar, se nos llenaban las bocas de agua salada;
la mayoría dejó de gritar.
Al resto no se nos escucha.

El mundo es una ciudad de más de siete mil millones de cadáveres (según las últimas estadísticas).

jueves, 28 de mayo de 2015

DRATOYL

Perdona que al caer haya levantado tanto polvo
Perdona que de mis ojos de pez asustado sigan saliendo ríos de hielo.
Cuanto más dolor
más flores rojas brotando por todas partes.
Lo real ya no es bello porque no es nuestro,
es artificial,
es un monstruo.
Voy a pintarme en la cara dos ojos gigantes
Que estén siempre abiertos
Mirándolo todo
Azules
Brillantes
Que no dejen ver para adentro para que no dejen ver que me he quedado vacía.
El mundo.
El mundo me ha comido las entrañas.
Soy tan joven y ya estoy llena de silencio.
Ya no creo en las personas.
En los individuos. Quizás.
¿Podrá alguien sacar del cuerpo las rocas de las que nos han obligado a alimentarnos?
Todas las flores del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarlas.
Todas las personas del mundo están muertas,
tanto hace ya que dejaron de mirarse entre ellas.
De repente aparece un gato meneando la cola.
En el fondo de la sala se enciende un candil.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Los monstruos no se esconden en los armarios porque están llenos de universos

Te levantas sonámbula en la oscuridad del nuevo día y caminas directa hacia la galaxia que acaba de aparecer en tu armario.
Una parte muy pequeña de tu ser se despierta de repente, remota y lejana. Sabes que si entras te engullirá ese color negro, que se te irá comiendo poco a poco, deslizándose entre tus dedos y tus piernas y cubriéndote entera; sabes que ese alquitrán infinito te depara un sueño sin sueños, un adiós a tus sentidos y a tu mente.
Das otro paso y te entregas por completo, porque tienes la firme certeza de que quieres ser Nada. En el fondo eres consciente de que la Nada, solo por el hecho de Ser, ya es Algo, y aún así en tu paroxismo caes en tan profundo sinsentido. 
Recordarás este momento muchos años después, cuando tres disparos en la espalda a la salida del restaurante Frida Kahlo hagan florecer tres rosas rojas en tu pecho; en ese momento se te teñirá el pelo de rayos de luna y tendrás la certeza, un segundo antes de morir, de que estás a punto de ser nada, en minúsculas, recuerdos a lo sumo.
Sin embargo sigues caminando, abres los labios en un beso a la noche prohibida y la boca se te llena de alquitrán oscuro, alquitrán que te sabe a lavanda y te llena las fosas nasales de olor a campo. Tras un parpadeo desapareces en la brea.

En el hospital el electrocardiógrafo al que estás conectada se para; al parecer has muerto durante unos instantes.

martes, 2 de diciembre de 2014

Cómo no volver a quererte en sesenta y cinco palabras

Ocurre todo en un segundo,
se acaba el aire del mundo entero
se te llena la garganta de gusanos.
Tienes la boca llena de sabor a muerte,
estás muriendo,
estás muerto.
Vas saltando por los tejados
con las piernas temblando, de gelatina,
y cada tejado se funde en chocolate ardiendo
y mueres ahogado en un líquido tan dulce.
Estás muerto,
estás muriendo.
Soy una mujer llena de dinamita
encendida con el fuego de tu fría llama.
Llévame a algún lugar bonito a que explote en mil pedazos,
que el estallido sea tan grande que nadie pueda volver a coser los retales en que me convierta.
Písame, písame de nuevo,
porque una vez amé cómo cabalgabas sobre tus zapatos
y quiero que eso sea lo último que recuerden mis pupilas
cuando vuelvas para despedirte.


Me marchito.
Soy hoja llevada lejos por tu fuerte viento.
Soy Kate Winslet y tu eres Jim Carrey y me estás borrando.
Decías que jamás te cansarías de mi boca
o de mis dientes,
y ahora tus dedos me tocan sin tocarme,
y me miras y al hacerlo tu mirada se resbala.
Ya no recuerdas la manera en cómo río,
ya no recuerdas cuando te beso las mejillas.

Igual ya no recuerdas que me querías.
Me querías.
Pasado simple, pasado complicado. 
Estaré aquí
no queriendo no haberte conocido.
Sin poder olvidarte porque estás en todas partes,
en las espirales de los caracoles
y en las espirales de mi cabeza.


Tengo que romperlo todo
que romper el mundo y que romper tus fotos y devorarlas
porque no quiero olvidar el color de tu sonrisa ni la suavidad de tu pelo.
No quiero olvidar que a veces me abrazabas y cerrabas los ojos para poder sentirme toda. 
Al final los abrazos iban acompañados de miradas perdidas
buscando hilos invisibles
 a los que agarrarte para huir.
Igual fue culpa mía
te dejé ser mucho, te dejé ser mi vida entera. 

Nos pilló la lluvia corriendo sin paraguas
ahora somos agua 
y yo soy noventa por ciento lágrima salada.
Voy a gritar hasta no volver a quererte en sesenta y cinco palabras. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Ayes

Llueve en tus ojos
nieva en tu pecho.

Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.

Ese chico que baja por la calle
tú no lo conoces,
pero tus manos florecen al verlo
como si lo recordasen
o como si imaginasen recordarlo;
viene de tiempo más antiguos.

Ecos de truenos del futuro,
qué miedo tener que inventarse lo que está por llegar.
Para ti misma,
para los demás.

Qué ventisca y qué impaciencia,
qué desasosiego inconsciente.

miércoles, 2 de julio de 2014

Estudio sobre la evolución del latido en cuatro tiempos.

Mar bravo, olas salvajes, poniente suave, horizonte naranja, luna tímida con olor a lavanda.
El vestido amarillo de ella bailando fogoso; él se acerca y su corbata borgoña entra en ardiente batalla.
La arena fría y suave e impaciente de caricias de primavera. Una retina abandonada que lo cubre todo con una película color sepia.
Besos con sabor a sal y mirarse a los ojos y decir en voz alta TE QUIERO. Risa nerviosa y soprana y de color azul oscuro lleno de estrellas brillantes. Responder TE QUIERO. No es una respuesta, es un enunciado diferente, una nueva afirmación que baila sola.
Una broma, una pamada, más risas de campanas que te hacen pensar en el verano. Besos pálidos de olas solitarias que coinciden y rompen frenéticas contra el acantilado de los dientes. Manos que se Encuentran por primera vez después de haberse encontrado hacía tanto tiempo. Morder el lóbulo de su oreja. Decir a todo que sí. ¿Quiénes somos? Yo soy tuya y tú eres mío pero a la vez somos de nadie; del tiempo y las promesas y los ecos de otros llantos. ¿Siempre? Decir a todo que sí.


Hierba fresca, verde infinito, olor a rayos de sol. Toalla de nailon. El color rosa fresa mezclado con el rojo de su blusa y fundido todo en sus pupilas. La luz que baila al ritmo de una canción que no se escucha.
El metrónomo de su respiración acompasándose al ruido antiguo de las páginas de un libro con un título larguísimo. Sabor a helado de avellana todavía en los labios y en la lengua y en el recuerdo.
Él se despierta, rueda, mueve sus pesadas manos que siguen dormidas.
Ella se ríe, gira, intenta zafarse entre campanillas.
Él le atrapa la cara con las manos y le besa la vida entera. Le besa en cada instante. Instantes diferentes que saben a pomelo. Las llaves de su casa en el bolsillo. LAS llaves de SU casa. Muchos síes, tres o cuatro nos de tanto en tanto. La promesa de una cena para esa noche. ¿A dónde vamos? Estamos juntos. Manuscritos de días del futuro que nos dan miedo justo por eso, porque no los conocemos y van a llegar.
El calor contagioso de saberse tan infinitos pero tan insignificantes al mismo tiempo.


Aceras cubiertas de animosa decadencia o deprimente renovación. Espíritus que tiemblan y se encogen y comienzan a agrietarse. Ambas manos enfundadas en sendos guantes que se entrelazan al bajar por la avenida. El escaparate donde hacía un par de otoños ella se había comprado aquel abrigo camel. Él la recuerda girando y girando y riendo entre espejos, dentro de abrigos de mil colores diferentes. Debió quedar olvidado en algún banco de la bahía. ¿Qué es eso? Miedo que nace en forma de lágrima que se congela y se vuelve estalactita de diamante. El aire huele a castañas y a palabras incendiadas. ¿Has dicho algo? No has podido oírme gritando en silencio, con la boca abierta y furiosa y los puños apretados pero sin dejar de soltarte la mano. Recuerdo cuando... He olvidado muchas cosas. Una sonrisa cómplice que muere sin haber siquiera aparecido. La presa de sus dedos que se afloja. Aún así ella pasa el brazo por su cintura y le mira con un amor añejo que sabe a buen vino. Empieza a llover y se abrazan bajo el paraguas comprado en un viaje a Florencia. Cómo no iba a querer besarte si tienes la sonrisa más profunda que he visto nunca, ninfa de los dientes de mozzarella.


Cae el cielo despedazado y caen los corazones descorazonados y caen poco a poco las horas. El viento frío se cuela en las buhardillas y en los párpados y para combatirlo ella llora lágrimas ardientes que pesan cien siglos y le queman las mejillas.
Jamás he amado a nadie tanto como te amo a ti.
¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Muchas vidas, muchísimas noches.
Debían ser las quiero arroparme con tu piel todas las lunas cuando nos conocimos, pero ya oscurece y tú te vas de este rincón tan exquisito a otro universo. ¿Me has querido? No es una pregunta para mí, sino para ti; yo siempre he querido tus ojos de uva. Estamos solos en la playa, ¿nos ves?, y nos devora la espuma. Te he querido tanto diminuta maga de las oraciones subordinadas. Recuerdo todas las burbujas que bailaban contigo cuando saltabas al agua con tu sonrisa perezosa. Yo aún oigo los ecos de cada vez que te has reído; escucho el ruido de la primera vez que brindamos con copas llenas de champán; ahora tengo que irme. No vas a volver. Lo sé. Sin ti el tiempo me parece confuso y oscuro, ¿a dónde vas? No lo sé, a buscarme en el momento en que nos conocimos supongo. Debió ser ahí cuándo me perdí, entre tus brazos. No podré esperarte. No lo hagas, pero si alguna vez tú también vuelves a aquel momento, a aquella noche de bailes y fuegos artificiales, búscame que yo estaré en alguna parte, echándote de menos.


ESTUDIO SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL LATIDO EN CUATRO TIEMPOS

martes, 20 de mayo de 2014

La noche más larga

El tren iba deprisa; dejaba rápidamente atrás casas, árboles, parques, recuerdos, soles, tardes, noches… En el hilo musical se oía, de manera casi imperceptible, Belle & Sebastian. Él llevaba en la mano su billete, de ida. Lo movía y lo giraba sin parar, nervioso; las lágrimas aflorando a sus ojos. Cuando le comenzaba a temblar el labio lo atrapaba con sus dientes, entre reproches, como un niño al que acaban de pillar con las manos en la masa. De un súbito parpadeo dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Eran lágrimas de mar, calmadas pero que vaticinaban pronta tormenta. Las enjugó con el dorso de la mano libre, mientras en la otra el maltrecho billete perdía su paralelismo y se iba convirtiendo, poco a poco, en un fútil papel arrugado. Para cuando llegó el revisor, la angustia había dejado paso al desasosiego, y no comprendió el porqué del indecible billete. El hombre, con su oscuro y sobrio traje de revisor, se quedó mirándolo: sus ojeras, que acentuaban sus ojos marrones, los cuales yo juraría haber visto verdes en alguna ocasión, el pelo negro y desordenado, la camiseta de The Velvet Underground, arrugada como resultado de pasar días en el fondo del armario. No hablaba; se le había roto la voz. Al no saber eso, el revisor lo halló especialmente antipático. Él siguió su camino, tren arriba, como cada día; y dejó al joven de los ojos tristes solo. Otra vez. Apoyó la mano en la ventana. El cristal estaba insultantemente frío. Recordaba que al dejar el andén caía sobre los hombros un sol ardiente. Ella no había aparecido, aunque tampoco lo había esperado. La semana anterior no los separaba nada. Ahora lo hacían un par de pueblos. Dentro de unos días sería un océano entero y los infinitos segundos entre aquel momento y su último adiós. Es curioso, pensó, cómo un instante puede resultarnos tan real y tan cercano y que sin embargo no vaya a repetirse jamás. Es curiosa la consciencia que tenemos de desplazarnos en el espacio y sin embargo el humillante desprecio que sentimos al pasar impasibles por el tiempo. Hace apenas una hora estaba en Valencia, en la estación. Lo recuerdo; ha pasado. Pero se ha acabado. Existía pero ya no volverá a existir. E, igual que este, todos los instantes que quedan por llegar los dejaré atrás. El tiempo se marchita. Estamos abocados, de forma insalvable, a la nada; a ser el eco de recuerdos en el tiempo y desaparecer después, cuando hayamos caducado. Un momento pasa y se pierde para siempre, y yo no puedo hacer nada; se recriminó en silencio; no pude hacer nada. Pero ya no hablaba del tiempo, sino de ella, la que había sido el amor de su vida y no volvería a serlo más.Conforme fue cayendo la noche fueron cayendo los abanicos de sus pestañas y a Jorge le arrastró lejos de la corriente de sus pensamientos un sueño infinito.

Años más tarde, cuando el pasado había caído en el olvido sin oportunidad de ser rescatado, Jorge abrió la ventana de su entonces nueva y más tarde vieja casa a las afueras de Yorkshire. Lo saludó una fría mañana bañada de colores y el exultante aroma que tenía la Nada. Besó a Hellen, su mujer. La había conocido tiempo atrás, poco después de su llegada a Reino Unido, en el hostal en el que él se alojó y donde ella trabajaba. Ahora Jorge era Community Manager y, como ganaban suficiente dinero, Hellen por fin se había decidido a montar un restaurante. También besó a los niños, que seguían profundamente dormidos. Apenas acababa de amanecer, pero el trabajo estaba lejos y Jorge prefería coger el tren. Le encantaban los trenes. A su primera novia la había conocido en la estación, cuando él volvía de un viaje cargado de maletas y ella, que era activista de cruz roja, no tuvo ningún miramiento en pararle en mitad del andén, incluso aunque estuviese cargado y mantuviera el equilibrio con gran dificultad. También se despidieron allí por última vez, aunque ya nunca pensaba en eso. Era temprano cuando llegó a la estación, lejos del centro y lejos de su casa y lejos de cualquier sitio que pudiese ser catalogado como “sitio”. Pese a estar en mitad de la nada, Jorge la prefería. El silencio no existe. Es un invento, un refugio metalingüístico para los que temen a la nada. Porque el silencio no es más que eso, Nada. Y la Nada, aunque suela negarse, es algo. Y a Jorge le gustaba ese ruido al que todos llamaban silencio. Llegó el tren, levantando ventoleras y haciendo alborotar a las palomas; consiguiendo que los hombres que esperaban apretasen su maletín con fuerza y diesen un paso atrás, sin pararse por un segundo a contemplar la belleza de aquel momento de la madrugada. Casi todos tenían un móvil en la mano. Jorge pensó que se estaban perdiendo muchas cosas, que probablemente pensasen peor, o como mínimo que pensasen menos. Se sentó y cerró los ojos, y mecido por el tren llegó al centro de la ciudad. Hubo alguien sentado en los bancos de enfrente de la estación que, de repente, le llamó la atención. No fue alguien, fue su vestido rojo, sus zapatos rojos y su bolso rojo. Fue ella.
—Hola.
Lo dijo con la misma boca de fresa que besó la última vez en un recuerdo que había olvidado.

El silencio existía, y era atronador.





jueves, 16 de enero de 2014

La historia de nuestros días.

Prólogo


Clara se sentó por fin frente a la máquina de escribir que acababa de agenciarse, con la historia, absolutamente tangible, bullendo por todo su cuerpo. Estaba ansiosa, casi temblaba. Podía sentir como en su mente no dejaban de repetirse una y otra vez las palabras con las que pensaba empezarla. Su historia, la que tanto tiempo llevaba buscando.

Frotó las palmas de las manos contra su pantalón vaquero sin dejar de mirar la máquina, más por nervios que por entrar en calor. Metió el primer folio. La ventana abierta del estudio dejaba entrar hasta el último ruido del último recoveco de la ciudad de Valencia. Ayer le hubieran molestado, pero hoy los sentía sólo como una ligera canción de cuna, que bailaba a su alrededor sin llegar a perturbarla nunca.

Tecleó “La historia de nuestros días” y contempló la hoja casi en blanco, saboreando su superficie inmaculada y la inminencia de lo que estaba a punto de ocurrir.

Se subió las mangas. Agitó los dedos de los pies en sus zapatos. Se crujió los dedos de las manos y se abalanzó sobre el teclado, en el justo momento en que sonó su teléfono.

— Oh Dios, no, no, no… Oh Dios, no…  —Clara se levantó precipitada hacia el teléfono, semi en trance, con la angustia de olvidarlo todo asentada en la garganta — ¿Pero dónde está el maldito teléfono?

En su atropello tropezó con sus propios pies en la alfombra y cayó al suelo; encontró el móvil justo debajo de su chaqueta.

— ¿Quién?  — tronó.
— Eh… hola. Soy Marcos, el chico del tren. Tengo tu libro; ¿llamo en mal momento?

A Clara se le escapó un suspiro, una sonrisa y un murmullo nervioso.