sábado, 6 de junio de 2015

Nietos de la ira

No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia intranquila
intentábamos hacerlo lo mejor posible.

El día en que bajaron llorando las palomas
a picotear los ojos de las avispas ahogadas en la fuente
mientras yo con los pies mojados
me desnudaba de diez mil capas de plomo,
me sorprendí al borde de un abismo lleno de monstruos azulados.

Azulados color luz pausada de muerte.

¡Oh Sol de la existencia humana!
¿Acaso nos creas para divertirte
viéndonos vagar a nuestra suerte, a la suerte de los más grandes?
A tientas buscamos siempre
un interruptor en la oscuridad de las paredes.

Una luz menos fría que esa luz azulada, color luz pausada de muerte.

No éramos enemigos,
simplemente éramos.
Y en esa existencia húmeda,
se nos empezaron a pegar los cabellos de algas a la cara.

Al gritar, se nos llenaban las bocas de agua salada;
la mayoría dejó de gritar.
Al resto no se nos escucha.

El mundo es una ciudad de más de siete mil millones de cadáveres (según las últimas estadísticas).

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